Metamorfosis

Todos salieron a la calle. Todos juntos, casi al mismo tiempo. No importaba a dónde ir. Todos dieron algunos pasos, caminaron. Todos en diferentes direcciones, cuidando no acercarse demasiado a nadie. Ningún tipo de sonido. Evitaban hacer ruido, llamar la atención de los demás. Se cruzaban con gente que no recordaban haber visto en el barrio. Caminaron un poco más, algunos unos cientos de metros, pero las piernas empezaban a doler y el aire escaseaba. Aquello fue un esfuerzo enorme. Todos miraban a menudo sus pantallas; los medidores no indicaban sustancias nocivas en el aire, pero mejor era no arriesgarse y regresar pronto a casa.

De pronto volvieron como si de repente hubiesen recibido una orden, guiados por la pura imitación del miedo. En cuanto una persona decidió regresar, los demás temieron que hubiese recibido alguna lectura anómala o alguna señal de riesgo. En minutos la calle volvió a ser lo que era hace décadas: un desierto surcado por el silbido de los motores eléctricos autoinducidos.

Todos se sintieron a salvo de vuelta en casa. Apenas traspasaron la primera barrera presurizada se desnudaron por completo. Ambos dejaron sus ropas en los recipientes sanitizantes y se sumergieron en las duchas para eliminar cualquier posible impureza. Mientras tanto, los medidores de toxinas devolvían valores normales. Los aliviaba no haber sentido ninguna alarma en el vecindario, ese sonido agudo que podía invadir cualquier hora y que marcaba el destino de algún individuo descuidado los protocolos.

Ya vestidos, limpios, a salvo de todo, se sentaron frente a sus pantallas. Cataratas de informaciones decían que al fin no se había detectado en la última semana ninguna infección, ningún tipo de elemento nocivo. El mensaje gubernamental había sido claro. Era oficial: se permitía la vida al exterior, salir de los refugios, obviamente tomando todos los recaudos que los protocolos actualizados cada 48 horas habían indicado. Pero ¿para qué? ¿estarían siendo sometidos a algún tipo de experimento? Esos rumores habían circulado desde siempre. Hasta algunos afirmaban que el encierro era un engaño, que no había nada peligroso afuera, que sólo era una manera de mantenernos bajo control. Habría que escuchar los mensajes de los gurúes, ellos sabían, ellos tenían la verdad.

El gobierno anunciaba oficialmente como finalizada la trigésimo cuarta ola pandémica. Los registros históricos en las pantallas contaban algunas cosas de las primeras olas, del descontrol, la desobediencia, la confusión, las oleadas de la muerte en todas sus formas. Más de una centena de años que desembocaron en un cierre total ante el riesgo de exterminio definitivo, al miedo, a la supervivencia a través de las terminales y de los autómatas que proveían con eficiencia lo que se necesitaba para subsistir sin riesgo. 

Muchos habían ya nacido en ese mundo y no conocían otro. El afuera, el pasado tenebroso, lo traían las redes y era más que suficiente. Pero ahora se podía salir, conocerse, comunicarse, estar cara a cara con desconocidos. ¿era necesario? Nunca lo había sido ¿hablar con alguien? ¿pasear? ¿Ir de compras? Absurdo, inútil.

Su madre envió un mensaje desde la cocina. El almuerzo había llegado. Allí esperaban sus padres. Los alimentos líquidos y los intercomunicadores estaba listos. Padre comenzó la conversación. Su pantalla se encendió con el mensaje ¿Cómo estuvo todo afuera? Él y madre enviaron mensajes simultáneos ¿bien? Pero él en realidad había pensado otra cosa y su padre lo leyó en el control biométrico. Lo miró extrañado. Él tuvo de repente ganas de contarlo todo, pero para eso hubiese tenido que aprender a articular  esos sonidos que representaban lo que sólo sabía escribir para contarle a su padre cómo se había sentido afuera. ¿Cómo sería una palabra emitida a través de las valvas que hace años le habían dado una forma nueva al rostro humano? ¿Podría contarle a su padre lo que había visto, hablar del aire fresco que había acariciado sus ojos? Pensó en el esfuerzo de conectar la idea con el aparato bucal, con la frustración de un sonido ahogado detrás de aquella metamorfosis caprichosa que cubría más de la mitad de su rostro.

Cuando termine el almuerzo buscaría la forma en las redes.

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