Homenajes

Borges se puso la diez

Escribir sobre Borges siempre es un riesgo: fácil es caer en lugares comunes, en interpretaciones demasiado transitadas, en excesos de admiración artificiosa, o en los interminables tentáculos de su implacable albacea, ya dignos de ser protagonistas de un relato fantástico. La intención de estas líneas no será aportar una nueva mirada ni mucho menos fundar una nueva línea de interpretación sobre sus textos. Si se quiere conocer en profundidad ese mundo complejo y fascinante aconsejo al lector leer los brillantes ensayos de Sarlo o las profundas interpretaciones de Martín Kohan, sin contar los homenajes de otros tantos escritores (hace poco encontré un texto hermoso de Ursula Le Güin sobre la influencia de la Antología de la Literatura Fantástica en su obra). Sólo me referiré a una anécdota pequeña, a una frase que sin querer unió dos mundos en apariencia irreconciliables.

Vamos al contexto: clases virtuales de literatura en plena pandemia (dejo de lado la tentación de entrar en el mundo de interpretaciones sociales, económicas y filosóficas; para contribuir a la confusión general están los expertos televisivos). Mis alumnos de sexto año se preparan para un examen oral. Entre los posibles temas aparecen tres cuentos de Borges: Funes el memorioso, El milagro secreto y El Sur. Para cada uno debo explicarles al menos dos o tres ejes de análisis que se puedan justificar con citas textuales. Las generalidades del mundo borgeano ya estaban sobre la mesa, los tópicos más que recorridos, solo faltaba sumergirse en los tres textos intentando que ninguno de mis alumnos se perdiera en esos laberintos tan temidos. Para eso no encontré mejor manera que compartir el texto en pantalla y desarrollar cada recorrido con la mayor claridad posible.Primero fue Funes, con su formato de crónica, con la presencia de ese narrador casi autobiográfico, con todo lo que se pueda decir sobre la memoria y el recuerdo. Luego le tocó al Milagro Secreto, el sufrimiento de su protagonista que sabe fecha y hora de su muerte, su interminable agonía, el Dios que le concede el tiempo para terminar su obra, la bala que se detiene frente a su víctima (una escena digna del mejor director de cine) y que seguirá su implacable camino. Y por último El Sur. Pieza única. Otra vez la referencia autobiográfica en el bibliotecario y su devoción por La Mil y Una Noches; el accidente, el destino deseado y el inevitable, la muerte… y aquí llegamos al punto crítico, la duda en el lector ¿Dahlmann muere en el hospital? ¿Muere en el duelo? ¿Muere realmente?. Más allá de la adjetivación perfecta, de de los indicios puestos con fingido descuido, la incertidumbre parte de un solo verbo. Dahlmann, yendo hacia una muerte inevitable que nunca se confirma, dice “sintió que si él, entonces, hubiera podido elegir o soñar su muerte, ésta es la muerte que hubiera elegido o soñado”… Hubiera elegido o soñado… ¿qué le sucedió entonces a Dahlmann?.Creo que me excedo un poco en mi apasionada explicación. Del otro lado de la pantalla, silencio. No me atrevía a preguntar si habían entendido, pensé con una inocente esperanza que había evitado mi fracaso gracias a un corte del wifi, y que mi clase había naufragado en el vacío. Nada de eso. Pronto surgen algunas preguntas más que pertinentes, veo a algunos tomando apuntes febriles y una sola voz que me salva del naufragio: Juan Cruz, como quien rinde una reverencia ante el inevitable vencedor de un duelo, dice: “Borges se puso la 10”. Lo que a tantos estudiosos les llevó años, tantas muertes intelectuales en los laberintos de citas apócrifas devorados por ese Asterión ciego e ingenioso, para que todo se resuma en una metáfora que une de forma inexorable dos mundos en apariencia (sólo en apariencia) distantes, encima engendradas en la boca certera y tantas veces subestimada de un adolescente. No mucho más que agregar. Borges y la diez, nuestro Aleph en una frase.

El cocacolero de Dios

Según me cuentan, parece que un día le mostraron a Diego Maradona la foto del momento exacto en el que está por finalizar su obra cumbre: el segundo gol a los ingleses. También me contaron que el periodista le preguntó qué le llamaba la atención de esa foto. Como era costumbre apareció la gambeta de palabras que solía utilizar siempre para sorprender: había encontrado en la tribuna, en un lejanísimo segundo plano, eclipsado por la maravilla que pasaba en la cancha, a un vendedor de Coca Cola de espaldas al césped, haciendo su trabajo. Parece que en una especie de chiste dijo que le había dado pena que se perdiera el gol, pero no fue así, no me lo perdí. No hace falta decir que el estadio era un infierno: el calor que subía desde la cancha después del primer gol, por el ardor de la tribuna y la temperatura normal de esas épocas del año. Ya era mi tercera vuelta, me quedaba una sola botella. Venía caminando para el lado que atacaba Argentina, por la parte baja de la tribuna. Estaba muy cansado y me distraje un momento con el partido justo en el que Diego arrancaba. La voltereta que hizo entre los tres jugadores ingleses me clavó los pies al cemento caliente del Azteca. Algo iba a pasar, se sentía en el aire. Comencé a caminar casi a la par de la jugada. Bueno, a la par es un decir, porque solo por un momento tuve a la altura de mi vista a esa flecha azul que salía disparada hacia el arco, y justo en el momento que sentí una voz que me invocaba desde la tribuna. Dudé por un momento, pero tenía que vender la última botella para poder irme a casa. Mientras subía los escalones que me separaban de mi cliente vi en la cara de la gente algo que nunca había visto, sobre todo en los ojos de quien me había llamado. Momentos después todo pareció detenerse en el tiempo antes del estallido. De más está decir que la última venta quedó en la nada, confieso que no me importó. Perdí a mi cliente en medio de la locura, de brazos y rostros que se confundían en algo indescriptible. En realidad preferí no hacerla. Seguí escalando hasta lo más alto de la tribuna, me di vuelta por última vez y ahí lo vi a Dios festejando. En ese momento lo supe: había visto a través de los ojos del espectador una especie de milagro. Ni siquiera me hizo falta ver la repe, no quise porque tenía grabado aquello paso a paso en los gestos de ese hombre. Lo único que tuve claro a partir de ese momento fue que esa última botella de Coca la guardaría para brindar, cuando llegara el momento, con Dios.

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