Dos viajes

2015. Viaje muchas veces postergado a la Quebrada de Humahuaca. El norte era una deuda. Queríamos andar, saborear, oler, llenarnos los ojos de color y la cara de viento, ver lo que no te daba la foto o la anécdota, salvo en la letra de algunos pocos que la escribieron desde adentro y entendieron la voz seca de la piedra, el ritmo del aire y de la palabra.

Y todo aquello fue más de lo esperado. Meterse en el norte es meterse en lo profundo de un país que desde Buenos Aires poco se comprende, sólo se roza en un imaginario difuso, con el color de y para el turista. Pero cuando se recorre, a medida que se trepa y el verde fuerte de la yunga se ralea, ahí suena otra música. La piedra desnuda, el cambio brusco de color contra el celeste único del cielo, el vértigo de una curva cerrada que da al vacío, la bienvenida a un paisaje lunar. Y el aire que se te empieza a negar de a poco, que escasea y que te hace entender en un rato el caminar de la gente que se lo sabe guardar para las palabras justas y necesarias. Todo inunda, sobrecoge, porque hay algo que sobrevuela y que no tiene nombre.

Lo que se ve desde el auto es eso, la postal que se traga todo lo que anda suelto. Pero al otro día, ya descansado, cuando las ganas sobrepasan a las fuerzas y uno se larga a caminar, los ojos no pueden absorber todo aquello, cualquier palabra se divorcia del entendimiento y obliga a mirar, nada más que a mirar ese mundo de paredes anchas y de gente que esconde otra vida y que te recibe con la sonrisa que obliga el turista y el estómago. Los días pasan. Se anda, se camina, se saluda con cortesía. Los olores de la comida llaman y obligan a la siesta, a sentarse a apreciar despacio cada arruga del cerro, cada lugar que se arrima y que avisa lo sagrado. Allá se pide permiso para pisar la tierra de los muertos y se agradece siempre que te dejen estar, porque todo te deja en claro que no sos de ahí, que estás de paso.

Una tarde cualquiera sentado en la plaza de Humahuaca, después de comer, la sombra fresca invita a mirar todo como en un sueño. Ahí se ve a los verdaderos dueños de ese páramo sagrado, a los que saben de yuyos, los que te dicen qué conviene para al dolor de muelas, los que saben tratar con el sol y la luna, los que conocen qué permiten los dioses y las cosas que se castigan. Los de ojos profundos y bocas que guardan la coca, como guardan los secretos que nunca compartirán con nosotros, los de afuera. Y un día se vuelve de allá y quedan las anécdotas para contar, las fotos. Pero también a los que nos gusta mirar nos queda el sabor de haber transitado por algo profundo, único y secreto.

Pero algunos de esos interrogantes que no se hubiesen resuelto en mil regresos, se abrieron ante mí en un segundo viaje, el día que llegó a mis manos una novela engañosamente breve. Digo engañosamente porque era difícil imaginar que en tan pocas páginas había una historia tan grande, contada a través de un personaje que en su andar me hizo entender todo aquello que me fue esquivo en la mirada furtiva de los días. Gracias a “Presagio de Carnaval” de la querida Liliana Bodoc, conocí a Sabino Colque, yuyero boliviano, emigrado forzoso de la miseria. Sabino, aquel que se ganaba la vida vendiendo unos poquitos secretos heredados de sus tíos brujos me llevó de paseo por un norte profundo que no se entiende así nomás, el norte de los ancestros, en donde se saluda al sol cada mañana. Sabino me mostró el camino de los verdaderos dueños de la tierra seca, de la lluvia brutal del verano, de las mañanas heladas y del carnaval son desde hace rato convidados con las sobras de la fiesta blanca. Un hombre que tenía prohibida hasta la mirada de la belleza, que entendía como nadie los dolores de adentro y los de afuera y que fue capaz de plantarse con el orgullo perdido de su estirpe sagrada bajo los indescifrables signos de la tragedia.

Hice dos viajes. Si se da el volver algún día mis ojos ya podrán entender un poquito más allá de lo que se ve, sólo un poco. No sé si mis pies tendrán el honor de pisar nuevamente aquellos suelos, por eso de vez en cuando vuelvo a visitar a Sabino para que me cuente cómo se saluda al sol, que me lleve a dar una vuelta por su triste pasado y me cuente cómo se soporta con honor ser un visitante en tu propia tierra.

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