La sed eterna

«Como se descuenta de lo dicho, para nuestro autor estos seres simplemente existen, y el lector debe precaverse de ellos».

DIccionario universal de criaturas fantásticas – Luciano Hernández

Hacia el cierre del 2021 escribí una reseña sobre los vampiros del cine y la literatura que habían alimentado mis sed por este tipo de historias. Sobre todo puse especial énfasis sobre las criaturas vernáculas, habitantes de una Buenos Aires que, con matices, siempre se mueven en las sombras de una ciudad que alimenta en la soledad y la derrota de sus noches la presencia de vampiros. En esa oportunidad hice referencia a «Los Anticuarios» de Pablo de Santis y a «La Sed» de Marina Yuszczuk. Ahora, si se me permite, sumo a la lista un nuevo hallazgo (tardío) a mi oscura lista. En este caso se trata de «El conserje y la eternidad» de Ricardo Romero.

El diario de un ser que habita la ciudad, que se fusiona con la misma a través de sus diferentes tareas como conserje y que busca en la escritura reconstruir lo que la eternidad le va quitando: las formas propias y ajenas, la memoria hasta de su propio cuerpo. La soledad de la noche le permite el método y el cuidado para alimentarse, mientras que al mismo tiempo reflexiona sobre la relación que establece con sus víctimas a medida que las consume.

No es un vampiro más, es un ser que muestra sus temores, sus repulsiones y que experimenta todo el tiempo con los límites de sus propias habilidades. Transita en un afuera significativo desde las fechas elegidas, de las que casi no acusa registro (podría estar en cualquier lado, en cualquier tiempo) porque su propia eternidad no se lo permite. Y esa atemporalidad que no es gratuita, lo obliga a modificar sus métodos de subsistencia, lo acorrala y le muestra su peor cara retorciendo los pliegues de su pasado. En definitiva, un digno habitante de las sombras.

Una lectura más se suma a la tradición vampírica. Una lectura que le da a Buenos Aires aun mas misticismo sobre sus largas noches y que condiciona nuestro andar nocturno, los fieles lectores de estas historias. Porque cualquier casa de antigüedades puede ser una simple fachada, porque el cementerio de la Recoleta ya no se camina sin un esclofrío prendido en la espalda y, con esta nueva historia, ningún conserje nocturno quedará al margen de nuestras sospechas. En cualquiera de los casos, nuestros pasos solitarios o el latir apurado de nuestros miedos podrán ser, en cualquier momento, una puerta para la sed eterna.

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