Quizás

No hay luz. No sé si tengo los ojos abiertos o cerrados, ni siquiera si tengo párpados que estén impidiendo la entrada de la luz. Sólo un sonido me sitúa en algún lado, algo como una alarma que suena de vez en cuando… y una respiración, un sonido rítmico y lejano. No sé dónde estoy. Sé que estoy en algún lado, quién soy, pero no tengo conciencia de un cuerpo, de algo que me sostenga. No puedo decir que me puedo mover porque no tengo qué mover, o al menos eso creo. Suena raro decir que extraño el dolor, ese que alguna vez sentí intenso, insoportable, en algún momento  antes de esta oscuridad.

Busco algo en lo único que parece quedarme, en esa memoria de un dolor en un cuerpo, quizás ahí esté la explicación de todo. Recuerdo una casa, una familia, una mujer que me sonríe y me besa. Me siento bien con ese recuerdo. Voy en auto a buscar a alguien. Mientras manejo pienso en las vacaciones. Rutina. La escena se repite día tras día, cada vez que comienza la película se agrega una escena, un pequeño hecho, pero cada vez estoy obligado a rebobinar al despertar, y el tiempo pasa. No sé a dónde voy con esto pero quizás encuentre una explicación, una puerta hacia algo. El tiempo ya no importa, la película sigue, se estira indefinidamente, se corta y vuelve a empezar después de un descanso en el que mi conciencia parece apagarse, cansada por el esfuerzo. No puedo decir que eso sea dormir porque ni siquiera sé si estoy despierto. Quizás esto sea la muerte.

Al fin llego en ese recuerdo encuentro a otra persona. Es un anciano al que espero mientras camina lento hacia el auto. Yo no me bajo. Miro impaciente el reloj. Tengo cosas que hacer. Sube al auto y apenas cierra la puerta y arranco rápido. Todo parece cambiar con su presencia. Me ofusco. Todo parece un trámite interminable y odioso. Lo miro y lo obligo a ponerse el cinturón. No puede solo. Descuido el volante para ayudarlo, me grita algo que se me repite como un eco en el tiempo sobre mi manera imprudente de manejar. Vuelvo la vista rápido al camino. Ensaya una disculpa forzada y ahí reconozco la voz temblorosa y enferma de mi padre. Vuelvo a la oscuridad.

Ya no quiero recordar porque a partir de esa presencia todo se estira aún más en el tiempo. La ansiedad me invade pero no puedo canalizarla en un cuerpo que sienta al menos el vértigo del pánico, ese frío que sube por la espalda ante el vacío. Pero necesito volver, en algún momento necesito terminar la historia. Espero.

De repente el recuerdo se acelera. Hay como un salteo, creo que algo falta, como si la cinta de la película hubiese sufrido un corte, porque aparezco en medio de la ciudad. Busco a alguien en la multitud, no dejo de mirar hacia ambos lados de la calle mientras manejo lento. Bocinas, algún insulto al pasar que no me afecta. Parece que encuentro lo que buscaba. Desde acá todavía no sé que es pero estoy decidido. Estaciono mal. Me bajo y le grito a alguien, busco su atención. Una mujer se da vuelta y me mira. Tengo que rebobinar la película para unir esa mujer con la cara de mi esposa que me besa y me desea buen día. No sé cuánto tiempo habrá pasado, cuántas veces tuve que ver la película de nuevo para descubrirlo. Es ella. Llora. Toma la valija que está a su lado, se da vuelta y se aleja. reconozco una estación de tren, un viaje junto a ella se cuela en la película, algo tibio parecido a la felicidad.

Todo se esfuma y ahora veo al anciano, el que creo que es mi padre, también despidiéndose. Esta vez no llega al auto. Me saluda desde lejos, se aferra a su andador y regresa por donde vino, justo debajo del cartel que le pone un nombre patético y culposo a un hogar de ancianos. Manejo. Las piezas no se acomodan, sólo agrego todo el tiempo gente que conozco, que despierta en mí sentimientos, ganas de abrazarlos, rechazo, pero todos me saludan y se alejan, les grito, pero el sonido de mi voz se estira en el espacio, se deforma.  

Mi madre me lleva al colegio, no habla mucho. Su mano húmeda que me aferra, como si no se quisiera caer de algún lado. La miro sin que se dé cuenta. Sé que lloró, que llora seguido y que nunca dejará de hacerlo hasta que un día decida irse y dejar acá un cuerpo vacío, un cuerpo que se marchitó lento, como todo lo que pasa desapercibido hasta que es demasiado tarde. Ella también se despide, me deja en el colegio y ya no la vuelvo a ver, al menos entera, siendo una sola. Sigo manejando. Se repiten en algún lado las palabras del viejo, las lágrimas ante el aviso de su muerte, la cuchillada en el pecho que desgarra. Ese dolor que me avisa que tuve un cuerpo. Ya no quiero recordar.

Por un momento solo me rodea ese sonido que nunca dejó de visitarme de a ratos y la respiración acompasada y distante, hasta que todo se detiene solo queda la oscuridad. Escucho en su lugar algo que parecen piedras o guijarros que caen contra la madera, algo que rueda cerca de mi cara. Quiero gritar. Justo antes de la nada la conciencia del cuerpo parece volver para permitirme por última vez el vértigo de la desesperación. Algo húmedo que rueda por mi mejilla, llega a los labios me permite como un regalo saborear la sal. Pienso en la inmensidad del mar, esa inmensidad a la que alguna vez temí por creerla cercana a la muerte. Un llanto lejano que se apaga bajo una capa de silencio terroso. 

Quizás todo no sea más que esto, retazos de una película que estará completa un rato antes de que las flores tejan raíces sobre mis huesos.

Imagen extraida de https://www.deviantart.com/rashelli/art/Agony-260991601

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