Noche estrellada de cuarentena…

Y cuando es de noche, siempre

una tribu de palabras mutiladas

busca asilo en mi garganta,

para que no canten ellos,

Los funestos, los dueños del silencio.

Pizarnik – Anillos de ceniza.

Madrugada del día… de cuarentena. La perra baila junto a mi cama para que le abra la puerta. Bajo con ella, busco la llave (nunca la dejo en el mismo lugar) y al fin le abro. Normalmente esta operación se repite al menos una vez cada noche. Cierro, apoyo la cabeza en la puerta buscando algo del sueño perdido, espero su ladrido y vuelvo a abrir. A veces me quedo junto a la puerta, en otras ocasiones sus necesidades me dan el tiempo suficiente para ir hasta la heladera y tomar un vaso de lo que encuentre.

Pero aquella noche no cumplí con mi rutina, porque no pude cerrar la puerta. Y no fue por el hermoso cielo estrellado. No pude porque un silencio más numeroso que las estrellas me lo impidió; un silencio que tenía fuerza, espesor, y que no me dejó cerrar. Di un par de pasos y ahí me quedé. Era un silencio anterior a las estrellas. Ese silencio tenía cuerpo y ahora cobraba sentido, el sentido de lo que alguna vez fue y que nunca debió dejar de ser.

Ahí atrapado me acordé de alguna parada urgente en la ruta, en uno de aquellos viajes épicos al sur que hacíamos con las chicas. ¿Alguna vez se bajaron del auto en plena noche en el medio de la nada? Ahí manda el cielo. O prueben sentarse a orillas de un lago de madrugada a escuchar el agua y a ver los cerros recortados por la luna. Pequeñez absoluta.

Pero este silencio era distinto. Se olía la ausencia, el encierro. Había miles alrededor, pero no había nadie. No es el silencio del cielo que te aplasta o de la insignificancia al pie de las montañas. Es miedo, es imposibilidad, es incertidumbre.

Y para peor es un silencio coronado de voces que no dicen nada, o nada bueno. Voces que amasan más silencio y desencuentro, que se repiten insensatas, que se multiplican en el vacío.

Va siendo hora de apagar esas voces y hacer del silencio un arma que nos vuelva mejores cuando sea la hora de hablar. Porque cuando esto pase, va a haber que hablar para conjurar el silencio que hoy tiene cuerpo, que tiene espesor y que no me deja cerrar la puerta.

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