«Nos vamos a cagar muriendo»

Te encontré en la pared de un aula, un jueves frío de una noche más fria que el mismo jueves, mientras un café y unas gomitas de eucalipto aliviaban mi espera por entrar a la ultima función, a la última clase, a decir lo mismo rascando el entusiasmo del fondo de mis ganas y mi cansancio después de tantos años de hablarme de lo que me gusta (de vez en cuando me descubro no creyendo lo que digo).

Pero te encontré ahi en la pared y esa noche eso hizo la diferencia, porque vos me llamaste diciendo «nos vamos a cagar muriendo», y eso no es cualquier cosa. Porque todos sabemos que nos vamos a morir, pero «cagarse muriendo» es otra muerte, mucho más lejana e indigna en tu trazo desesperado, en esa pared que siempre es un grito sordo de lo monstruoso.

Porque tampoco sería lo mismo si lo dijera yo o lo escribiese de cien maneras diferentes a la vuelta de cada hoja que escupo al mundo, en esas historias que pretenden burdamente alejar a la muerte con la ilusión de la eternidad. Porque yo estoy mucho más cerca de que algo en mi se rompa definitivamente y que ya no haya vuelta atrás. Pero lo dijiste vos, un pibe que tiene las alas pegadas a las paredes frias de esta aula que también es cárcel de tu frase negra. Porque en lugar de estar pensando en el partido con tus amigos, en la joda del fin de semana o en invitarla a salir, tu mano trazó una frase que se hizo lápida de esperanza a una pobre pared amarilla.

Y me salen preguntas ¿qué hicimos con este mundo tuyo para que escribieras eso? ¿en qué lugar te dejamos flotando con la mierda al cuello para que sólo te alcancen las fuerzas para sacar una mano y escribir eso antes del naufragio? Se me ocurre un maltrato, una frase de tu viejo que te llenó el camino de piedras, el no poder decirle a él que lo besarías sin culpas ni vergüenzas ajenas, o la maldita telaraña virtual llena de odios que se rio de tu foto. Pueden ser mil cosas en este mundo de vidrios rotos. Pueden haber sido muchos los motivos para que tu mano flaca lo haya escrito en el abismo de tus años, ese tiempo donde todo es definitivo, brutal, filoso.

Pero lo escribiste y, aunque no lo creas, aunque nunca leas esto, resonó el eco de tu letra en una astilla que se me clavó en estos días y que se me hizo letra en un cuaderno. Porque de eso se trata, de salvavidas invisibles en medio del mar inmundo de la mentira, al menos para sacar la cabeza y tomar aire y saber que otros trazan telarañas con el mundo inasible de las palabras para no caer y, por lo menos, para no cagarse muriendo.

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