La alquimia del miedo

El sonido de los papeles y de la llama eterna ya no ocultaban los gritos de sus captores. Sólo contaba con el tiempo que le darían los artilugios que había montado en el sendero para demorar a sus enemigos. Las ilusiones, los reflejos y los caminos falsos solo retrasarían lo inevitable.

A pesar del inminente final sus manos no dudaban. Los años, los errores y la impiedad del fuego le habían regalado la precisión que necesitaba la alquimia para ser comprendida y venerada. Para los últimos pasos ya ni siquiera necesitó de las tablas que le indicaban la justa medida de cada elemento. Tenía todo lo necesario: el azufre, el mercurio y el plomo esperaban la llegada de las manos extrañas.

La música de la violencia estaba demasiado cerca. Él tenía a su alcance todos los secretos, aquellos que cambiaría por la misericordia de un rey que había descubierto en ese humilde servidor de las ciencias a un enemigo que era necesario destruir. Las llamas rodeaban una choza que el bosque ya no podía ocultar. El velo de las leyendas la mantuvo a salvo alimentando la imaginación desmesurada de los habitantes de aquel reino. Todo estuvo a salvo detrás el miedo. Pero aquello ya no bastaba. El viejo alquimista se paró de frente a la puerta y esperó su destino con aparente dignidad.

Pero el primer contacto con aquel mundo que le reclamaba explicaciones no fue el esperado. La puerta cedió ante un ensangrentado joven, aquel que por mucho tiempo lo había asistido en sus travesías y que aspiraba la herencia de sus conocimientos. Ya en sus brazos, el joven alcanzo a pronunciar unas palabras que atenazaron su estómago:

-El rey quiere todos tus secretos y te los va a arrancar quieras o no… y sabe cómo hacerlo. – dijo el joven aprendiz, con el poco aire que le permitieron las flechas que laceraban su cuerpo -Te van a llevar a la muerte por el camino más largo.

La alquimia del miedo, aquella magia incomprensible hasta para el más sabio, se hizo presente. Había sido sometido a torturas indescriptibles cuando la imprudencia lo había convencido de que el mundo sería mejor con ayuda de sus ciencias. Ya había pasado por eso y no se creyó capaz de soportarlo nuevamente. Su nariz le trajo el hedor de los subsuelos en donde los muertos eran recogidos cuando las ratas habían saciado su apetito. Su carne recordó los elementos punzantes que abrieron caminos imborrables. Las marcas de su cuerpo hablaron.

De pronto todo su plan, la romántica idea e entregar todos sus conocimientos a aquel poderoso con la esperanza de no perderlos en los laberintos del olvido, se esfumó como las cenizas en manos del viento.

Con los captores casi sobre su cuerpo, el miedo al dolor guió su mano hacia la sustancia gris, aquella sin nombre, la que enfurecía al fuego. Los soldados vieron con extrañeza el polvo oscuro que caía sobre las llamas. No hubo tiempo para comprender, mucho menos para la huida.

Desde las almenas del castillo dieron la alarma. Los ojos de los guardias no soportaron el furioso resplandor que vomitaba el bosque.

Pero el destino de aquella sabiduría estaba más allá de las debilidades del hombre. Como todo lo destinado a perdurar, una parte minúscula de los secretos del alquimista sobrevivió a las llamas bajo los cuerpos calcinados. Luego, el viento del mar hizo el resto. La chispa del conocimiento milenario ahora reposa en algún lugar, lejos de las miserias y los miedos de los hombres que no saben comprenderla, mientras espera la llegada de aquel que no tema recibir el beneficio condenatorio de su ancestral herencia.

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