La leyenda del Montaraz

Quizás estas palabras encuentren su rumbo montadas en los vientos del sur, porque es allí donde pertenecen. Poco importa que se hayan juntado en una hoja, sobre un escritorio de una triste aula vacía, porque allí sólo nacieron en la forma. El segundo nacimiento es el que importa, ese que surge en los ojos de quien las lee y las hace andar.

Pretencioso decir que esta es una leyenda, porque por ahora solo cumple con el primer paso, sobre todo a la distancia y en la memoria demasiado débil de quien decide qué y cómo recordar. Sé que una vez que les suelte las alas se cerrará el círculo: se juntarán con otros recuerdos y harán nido en la memoria de quienes lo conocieron.

Pero antes de seguir te pido permiso, hermano montaraz, para contarte al mundo a través de mis palabras.

Sólo digo que lo conocí en épocas en las que los náufragos buscábamos en los libros las armas para enfrentar a un mundo con demasiadas lágrimas. A ambos nos unía secretamente el romanticismo enfermo de llegar a través de la literatura, esa daga herrumbrada y sin filo, a las cabezas de los iniciados con la intención de rescatarlos de la nada misma.

La vida llevó nuestra pelea a diferentes lugares y los senderos al fin se separaron. Supe que luego de sufrir por un tiempo los avatares de la selva de cemento, el montaraz se fue de la mano de su amada a buscar el nombre y el lugar soñado. Dicen que hizo una pequeña escala en la ciudad al pie de las montañas, dicen que construyó su nido con lengas mientras esperaba la oportunidad de subir a ese cerro del que ya nunca bajaría. Dicen también que empezó a regalar su amor por la letras en unas cuantas aulas. Dicen que aun no se sentía pleno con sus pies inquietos en tanto asfalto. También dicen que si uno espera con paciencia de árbol, el cerro te reclama tu paso. Y por fin, cuando obtuvo el permiso de los gigantes, las palabras dicen que anduvo un tiempo por el Wilson dando refugio a los que se aventuraban en sus sendas y que, de vez en cuando, bajaba a las aulas para no olvidarse de ese primer sueño.

Su persistencia y la llegada de los pichones posaron sus pies en las zonas altas del pueblo del molino, en donde construyó su acogedor hogar junto a su incondicional compañera. Piedra a piedra forjó un techo para sus amores, mientras su andar inquieto no dejaba senda sin recorrer.

Quien cuenta esta historia tuvo el privilegio en algún soleado enero, ser invitado del reino montaraz y ver que no solo la barba había poblado su rostro: los sueños cumplidos le habían llenado la mirada con el brillo sereno del que sabe que sus pies pisan el suelo correcto.

Pero, como en toda leyenda, se exige de quien la protagoniza un sacrificio, algo que marque su presencia con el correr de las voces y de los tiempos. Y la montaña reclamó de aquel que la veneraba un guardián eterno. Por eso mandó al sol a que los despojara de su traje humano, para que siempre su alma se convirtiera en el custodio de los parajes del sur.

Nosotros, los humanos, montados en el hermoso egoísmo del abrazo, lloramos a aquellos que se van. A veces el dolor nos nubla los caminos, y no nos deja ver que ciertas sendas, una vez que se abren con el machete de la palabra y de la acción, ya no las puede cerrar ni siquiera el engañoso velo del olvido.

Como en aquel enero, volví con intranquila tristeza a aquellas tierras, para abrazar las lágrimas de quienes se habían quedado en estos pagos. Creí en mi corto entendimiento que transitaría aquellos días con pesar, pero me llevé la sabia inocencia de quienes lo sabían allí, en cada árbol, en cada arremetida del viento, en la pureza de las aguas que no dejan de correr, en quienes recorren los cerros sabiendo que el montaraz está en cada piedra para indicar la senda segura a aquellos que nunca dejarán de andar.

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