Travesía urbana

Siete de la mañana. Estación Los Polvorines. Debo ser el único que piensa en lo ridículo del nombre. Siempre lo mismo, siempre uno piensa que es el único.

El frío envuelve, invisible, silencioso. Se muestra en la dureza de los rostros. De tanto en tanto alguno se aventura con pasos cortos y apretados hasta el borde de las vías. Espera impaciente la llegada del tren que lo libere del abrazo invernal. Se apuran las últimas pitadas. Alguno calcula cuánto falta. Quizá alcance para una más, profunda, como si fuese la ultima. La colilla al piso, la ves morir bajo la suela. El tren que se aproxima. Es así, las cosas mínimas se diluyen como el humo que baila entre los cuerpos apurados.

Y enseguida la montonera. Hay que posicionarse, ganar un lugar lo más cómodo posible para el largo viaje. Importa poco quién esté al lado. Se lo corre, disimuladamente en un principio, y, si hace falta, ante el cierre abrupto del espacio, algún empujón inocente bastará para marcar el territorio. Leyes de la selva urbana.

Yo espero detrás de la manada, paciente, que todo siga su curso. Una vez arriba, cuando pasen las primeras estaciones y la presión de los que se suman, me acomodo en algún lugar. Sólo necesito lo suficiente para sacar un libro y que la ficción, con su propio reloj, se devore al implacable cronos.

Pero, mientras tanto, se sufren los empellones de una masa que se asfixia a sí misma. Y ves por la ventanilla como la estación de nombre ridículo se despide lenta, ocupada por los que prefirieron esperar el próximo tren. Se mienten. Se creen libres de decidir su destino sólo porque no hicieron pie en este. Y se va el quiosco, y los bancos y el perro que siempre espera y que estarán al regreso, avisando que todo seguirá allí, en su lugar, diciendo que estamos a salvo en esta opaca celda gris.

Al fin logro un lugar más o menos aceptable. Busco en mi bolso, que coloqué frente a mí apenas me acomodo (uno aprende a desconfiar de las manos anónimas que pueden tentarse con lo ajeno), y aparece don Julio, y de la mano trae a un Horacio Oliveira que camina distraído y siempre disconforme por París. Seguro que pensaba en la Maga. Él se escapó, pero sólo para comprobar que el mundo se le hundía también allá. Así cualquiera, con la torre Eiffel de fondo y con uno Gauloises a mano. Claro, no es lo mismo que hundirse mirando pasar el Reconquista bajo un oxidado puente con unos Marlboro arrugados en la campera de jean. Me entristeció la escena. Guardo a Horacio para otra ocasión. Él sabrá esperar junto a su inconformismo en algún puente parisino.

Levanto la vista y compruebo que no era el frío. Las caras seguían duras, impasibles. No, no era el invierno, era la coraza que nos obliga a llevar el mundo. Pero los ojos no mienten. Son una puerta que jamás se cierra, que delata. Algunos recorrían las páginas del suplemento deportivo. Boca no levantaba cabeza. Otros miraban sin ver el rápido paisaje que se marchaba. Alguna conversación se mezclaba, entrecortada por el sonido del tren.

Ella hablaba de los problemas con un hijo adolescente que se le perdía sin remedio tras el humo dulce y el alcohol. La otra, mientras oía el triste relato, emitía de cuando en cuando un lamento o una invocación a ese Dios que parecía ausente. Pero no la escuchaba. Sus ojos estaban en otro lado, quizá buscaban a su hombre ausente, el que se marchó un día tras la promesa de un trabajo mejor, al que durante un tiempo esperó por las tardes con el mate listo, mientras lo chicos, vaya a saber dónde andarán esos malagradecidos a los que les di todo, esos que sólo aparecen cuando necesitan plata, corrían entre las paredes a medio levantar de un sueño en construcción que se truncó a mitad de camino.

Todo se leía. Las frustraciones, el desgano, la ilusión, las ganas de escaparse y no volver más, de mandar a todos todo a la mierda, con sus miserias que no son las mías, porque yo tengo las propias, las que los demás detestan y yo finjo no ver.

En Boulogne se logra con suerte algún asiento. Y cambia la fauna. Se dispersan apurados los empleados de las fábricas y aparecen los oficinistas. Lo sacos y las corbatas, los maletines, las blusas y los trajes entallados, el perfume. Y sale algún libro sobre cómo tener éxito en los negocios. Sonrío. Como si fuese tan fácil. Abundancia de auriculares y suplementos económicos. Es importante estar al tanto de los vaivenes bursátiles.

Y ellos, jóvenes, calzados en unos trajes que ostentan con suficiencia, pero todavía con los zapatos del último año de la secundaria y la mochila deportiva, disimulan que los espera una fotocopiadora y largas caminatas por la city. Encima le tengo que pagar las cuentas al turro de mi jefe. Pero, ¿qué voy a hacer?, me prometió un puesto cuando se haga un lugarcito. ¿La facu?, eso puede esperar.

Y ellas, angelicales, con sus tacos, sus medias finas, sus corpiños de encaje que en la oficina saldrán a relucir gracias a la calefacción y a un par de botones sueltos, harán las delicias del viejo baboso del gerente, que seguro me va a llamar veinte veces para que le lleve el café y le agende las reuniones, en las que comentará con sus socios sobre lo buena que está la nueva asistente de contaduría, mientras se retuerce la corbata mirándome la entrepierna. Y le sonríe.

Estación del Valle. Una multitud abandona el tren y se dirige apurada hacia las escaleras de salida. Arriba esperan cientos de colectivos que los moverán a las próximas ocho horas de trabajo. Los demás seguimos hasta el final, cómodamente sentados hasta el final.

Y aparecen caras que no había notado, y el diariero que ahora se puede desplazar con libertad, pregonando las buenas nuevas de un año electoral, y la oferta de alfajores, y la lapicera con tinta azul documental, que en cualquier comercio del ramo abona cinco pesos por unidad, la lleva, sólo por hoy, acompañada por dos unidades más a elección, por la módica suma de dos pesitos. Vea que oferta, una oportunidad, que si no vendo bien hoy esta noche no sé que van a comer los pibes. Y lo peor va a ser aguantar las quejas de aquella, que por qué no me busco un laburo mejor, que hace dos años no me puedo comprar ni un par de medias, que el marido de la vecina se está por comprar un auto. Mejor me bajo antes y me tomo un tinto con los muchachos, llego tarde, cuando ya todos duerman. Y te hundís en la almohada, y mañana será otro día. Y no me quedan ni ganas de sonreír.

Falta poco para Retiro. Algunos caminan para ganar el primer vagón y hacer punta en el control de boletos. Quedamos pocos. Algunos duermen,  vaya a saber uno con qué sueñan, o sólo recuperan algunos minutos de descanso robados a las horas nocturnas. Siempre hay que despertar a alguno que, sobresaltado, agradece ofuscado por el sacudón. Estiro las piernas, busco el boleto en el bolsillo de la campera y un pucho para prender apenas toque tierra.

Lenta entrada en el andén uno. Se largan los apurados con el tren en movimiento, y yo espero otra vez que la manada se acomode. Caminan con paso firme hacia la salida, subidos ya al febril ritmo de la ciudad. Yo voy con tiempo. Es la única que me queda para sentirme un poco libre. Cuando salga de la estación cruzo la Plaza de los Ingleses. Otro tramo duro por el viento helado que sopla del lado del río y que te golpea el rostro sin compasión. Y ahí nomás el hall de entrada, el ascensor, el reloj, el saludo rutinario, las horas delante de la computadora. Todo igual. Las charlas sobre los partidos del domingo, las cargadas. Y Boca que no levanta cabeza.

Y por fin las seis de la tarde. El camino inverso. La espera en el andén, la ultima pitada, los empujones para ganar un asiento, la estación que se va. No tengo ganas de compartir el viaje con don Julio. No me da la cabeza. Mejor cierro los ojos, no vale la pena observar el alrededor. La misma dureza en los rostros, ahora agravada por el cansancio de la jornada.

Y esos ojos que nunca mienten, que cuentan historias todos los días a los que las saben leer, esas ventanas que no se cierran y que nos delatan.

Y allá esperan el andén, el quiosco y el perro, que mañana estarán para recordarnos lo seguros que estamos abrigados de monotonía. Hasta que el espejo nos golpee el rostro una mañana, con las canas que juramos que ayer no estaban, y la muerte nos cambie la rutina.

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