Cuando el puente entre los mundos se ablanda

Hace años que me persigue una idea. Cada vez que leo algo sobre la dictadura, cada vez que conozco más de cerca el horror de aquellos años, la idea de los sobrenatural como germen del terror vuelve. Sabiendo a la palabra como un pobre vehículo para reflejar el verdadero infierno por el que pasaron muchos (me refiero a aquellos que pudieron contarlo) siempre pensé que la ficción podía contar esa parte que falta, eso que le diera algo de sentido a aquello que no admite la razón, a lo que rompió «los bordes de la realidad» de muchos para siempre. Y para de alguna forma comenzar a llenar ese vacío llega la obra de Luciano Lamberti.

«Es tu realidad. El pedacito de realidad que te corresponde. Todos vivimos en un pedacito de realidad, y ese pedacito tiene bordes, y después de los bordes uno ya no sabe. Es el vacío»

Luciano Lamberti – Para hechizar a un cazador

Lo que insinuó metaforicamente la oscuridad que vino de la mano de Mariana Enriquez en «Nuestra parte de noche», en donde el marco de la dictadura se convertía en telón de fondo de los excesos que cometían los que buscaban correr el velo hacia el otro mundo, en «Para hechizar a un cazador» se convierte en una realidad cruda e ineludible. Aquí no hay metáfora, aquí las palabras son los filos dolorosos de la pérdida, son la herrumbre de la locura acumulada.

El autor construye una historia alrededor de la no aceptación de la pérdida. A partir de allí desarrolla personajes y situaciones con la precisión y crueldad a la que Lamberti nos tiene acostumbrados en sus relatos. Una precisión que hace que cada hecho contado, que cada gota de sangre se hagan lugar en el mundo de una manera orgánica, como algo que siempre estuvo ahí. No hay golpes de efecto, hay una naturalidad en el relato que es lo que realmente produce horror y nos interroga sobre cómo el hombre puede aceptar la barbarie como algo cotidiano.

En este relato hay encierro y dolor y, cuando parace no haberlo, aparece el ahogo de la vastedad. Las descripciones en las que la soledad del campo, la oscuridad y lo que acecha en ella se convierten en el centro del miedo, porque en ese vacío se desaparece. Y si allí, del otro lado, hay desaparición, de este lado queda solo dolor. Por ello todos y cada uno de los personajes que se construyen encuentran los cimientos en un sufrimiento insoportable. No hay felicidad posible, no puede haber paz, ni en uno ni en otro lado.

Por último, en esta historia en la que la fragmentación le suma al horror una dosis de incertidumbre, el nos saber qué nos vamos a encontrar en la proxima página hace que el relato incomode y que en cada paso, por lo menos a mí como experiencia de lectura, me haga regresar a la pregunta inicial: ¿pueden los horrores de la dictadura haber nacido en una puerta que nunca debió abrirse?.

«Estaba desatados, querida. No eran del todo humanos. Yo vi sus ojos: eran completamente negros. Las cosas que hicieron. Nunca se vio algo así. Yo quiero creer que estaban poseídos por algo más grande que ellos. Que el verdadero jefe, encima de todos los jefes, era él. Era su reino. Él había instaurado su reino sobre la tierra y nadie podía saberlo».

Luciano Lamberti – Para hechizar a un cazador

Quizás simplemente esta explicación nos parezca suficiente para aquellos todavía inocentemente creemos que el tamaño de ese horror no puede nacer porque sí en el alma de los hombres. La historia nos contradice en la repetición de cada genocidio. La aberración parece no tener límites, no nos engañemos: aquello que desata el caos siempre aparece porque la verdadera monstruosidad está y estará siempre en el alma humana. A pesar de ello prefiero pensar en el conjuro literario, en la redención del arte, aquel que busca siempre un poco más allá de la barbarie de la tierra de los vivos, algo que Lamberti maneja con envidiable destreza.

Para cerrar y quizás con un tono de cierta preocupación, veo como resuenan en el aire hechos y voces que toman hace un tiempo con alarmante naturalidad, signos preocupantes: no es inocente colgar bolsas mortuorias, mucho menos mostrar guillotinas como mensajes para los que añoran los días oscuros y para los que fueron víctimas de aquellos horrores. Mucho menos natural debiera ser rendir pleitesía visitando a los demonios que se llenaron las manos con la sangre. No vaya a ser cosa que se nos envalentonen los que tengan a mano la llave que ablanda el puente entre los mundos y que aquellos ojos completamente negros oscurezcan nuevamente el mundo.

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