- Dante y Virgilio en el infierno – William Adolphe Bourgeureau – 1850. El cuadro representa el octavo círculo del infierno, lugar de los falsificadores. Cappoccio, mordido en el cuello por Gianni Schicchi, quien había usurpado la identidad de un hombre ya fallecido, con el fin de desviar su herencia.
«No Johnny, nosotros somos imposibles. Él es lo que era hace millones de años. No ha cambiado. Nosotros y la tierra cambiamos, nos hicimos imposibles. Nosotros«
Ray Bradbury – La Sirena
Tengo un ritual. Cada vez que termino una lectura, mucho más si se trata de una novela que puede acompañarme por un tiempo, suelo buscar para las últimas páginas un momento de mucha tranquilidad y, una vez que cierro el libro, suelo dejarlo un largo rato aferrado contra mi pecho, mientras suelto un agradecimiento silencioso al aire. Me suele pasar con aquellas historias que me regalan vuelo e inspiración, mucho más allá de las tristezas y terribles verdades que puedan encerrar. En otras ocasiones me produce tal admiración la inventiva del autor o los giros imprevistos que mi cabeza queda presa obsesivamente por ese maravilloso uso del artificio. Pero esta vez sucedió algo diferente.
Una vez terminado «El ojo de Goliat» de Diego Muzzio, caí en un desconcierto pocas veces visto, aplastado por un gran signo de pregunta que me tendría apresado por un tiempo. Que no se malentienda: ese desconcierto no se produjo por el desencanto de la historia que rompe la magia con un desafortunado final o con un giro desesperado por reencausar una trama que se diluye. Todo lo contrario. Fue tal la sensación de haberme perdido algo, un mensaje cifrado que me permitiera dar sosiego al tamaño de preguntas que, en definitiva, habían quedado en mí con una intención que pude entrever más tarde. Todo era parte de un plan del que es imposible salir indemne; se habían abierto puertas hacia un lugar oscuro e inquietante.
«Al empujar las puertas del inconsciente, el hipnotizador pagaba su precio y, en ocasiones, se trataba de un precio muy alto. El hipnotizador era un medium, la voz que convocaba a los demonios, un exorcista con el poder de comandar legiones pero expuesto, también él, a los peligros de la alienación y de la omnipotencia».
Diego Muzzio – El ojo de Goliat
Entonces, en la vuelta atrás que requería mi incertidumbre (o mejor dicho convencimiento de encontrarme ante algo monstruosamente genial), revisé aquellas parte que había subrayado, releí fragmentos para reafirmar con entusiasmo que había sido engañado. Leí por ahí que las grandes historias muchas veces no son lo que parecen, sino que ocultan en el artificio algo que, en esta ocasión resultó algo parecido a estar parado ante un abismo que de una u otra forma siempre estuvo a la vista.
La historia toma cuerpo en boca de varios personajes, y no para de expandirse a nuevos caminos que mantienen como eje la experiencia del horror; los lentes se alejan o se acercan, a veces distraen, pero todos conducen a lo peor del ser humano, a conductas que se explican solamente en lo irracional. Juan Mattio dice en el prólogo del libro «Damas de lo extraño» que el imaginario del gótico, centrado en la figura de, por ejemplo, el vampiro, corrió en la actualidad ese eje del miedo hacia otro monstruo: el ser humano. Creo sin temor a equivocarme que en esta historia Muzzio encontró exactamente el estrecho y brumoso puente entre aquel horror y nuestros nuevos miedos. Ese puente cruza exactamente la experiencia humana a través de las trincheras de la primera guerra mundial.
«Una generación que todavía había ido a la escuela en tranvía tirado por caballos, se encontró súbitamente a la intemperie, en un paisaje en que nada había quedado incambiado a excepción de las nubes. Entre ellas, rodeado por un campo de fuerza de corrientes devastadoras y explosiones, se encontraba el minúsculo y quebradizo cuerpo humano».
Walter Benjamin – El narrador (1936)
Los rastros de las lecturas del autor en forma de homenaje constantes, visibles, y no por ello dejan embellecer el texto. Todo en él, en estructura y estilo, es un gran homenaje a la novela decimonónica, por ello se dejan ver los rastros del cuadro de Bourguereau, de la Divina Comedia, de la historia bíblica, de Stevenson, Carrol, Coleridge y Quiroga en la temática y en la lengua, en el recurso del diario, de bitácora y de notas periodísticas. Pero sobre todo el homenaje se ve en la construcción de personajes como Pierce y sus incursiones innovadoras en la psiquiatría, en la inevitable figura de un asistente llamado Hastings, casi fantasmal y, sobre todo, en la construcción de los pacientes que debe atender, todos ellos víctimas de diferentes traumas derivados de esa «gran cerrajera del abismo» que había sido la guerra. Cada uno y sus sobrenombres y sus dobles (todos lo tienen) invitan a recorrer sus pequeños infiernos a los que se agrega el de un personaje que en apariencia nada tiene que ver con la guerra, pero que funciona como disparador de aquello escondido en las sombras. Evans lleva su propio infierno y los desplega en aquel solitario ojo de Goliat.
«Pues las consecuencias derivadas de un largo período de exposición al terror son impredecibles. Uno olvida. Olvida quién es y por qué está allí. Olvida a los otros. Olvida material indispensable. Olvida su propia alma».
Diego Muzzio – El ojo de Goliat
Finalmente, luego de volver sobre mis pasos y resolver (o no) el enigma que toda novela que transite las inestables aguas de finales del siglo XIX y principios del XX debe tener, la incertidumbre creció en forma de miedo, pero no hacia el interior de una historia maravillosamente contada (para contradecir a Benjamin y la muerte del narrador) sino hacia afuera, hacia el mundo que se construyó sobre las ruinas del espanto de la primera guerra, en esas trinceras inundadas de cuerpos destrozados, de barro y de terror. La locura demencial que engendró la contienda mundial tiene un por qué, cada historia es parte del laberinto que, al igual que las trincheras, moldeó la forma de un nuevo miedo que no se puede separar de un todo, porque cada hecho contado en la novela al fin y al cabo no puede ser tomado como un hecho fortuito y aislado del que aún somos víctimas. Todo tiene una razón siniestra en esta novela, desde la mención de hechos y personajes inquietantes de nuestra historia hasta el albatros negro que desdibuja las noches insomnes de Bradley y Evans.
No hay mucho más que decir. Estamos frente a una novela trascendente, única, que recupera una tradición desde el estilo y que nos dice que el golpe de efecto que nos sobrevuela no tiene por qué anular la belleza del lenguaje. Solo resta leer, si andan con ganas de asomarse al abismo interminable que hay detrás de la locura humana.
«¡Dios te salve, anciano marinero,
Samuel Coleridge – La rima del anciano marinero
de los demonios que así te atormentan.
pero, ¿por qué me miras así? Con mi ballesta
muerte dí al albatros.

Increíble. Simplemente increíble. Esas reflexiones tienen una profundidad única, y provocan miedo. Una conclusión muy interesante, y excelentemente escrita!
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