Tamangos

Escuchame, pero escuchame bien. Atenti a lo que te voy a contar. No es chamuyo. Nos conocemos desde que éramos pibes y a vos no te voy a mentir. Yo sé que como sos gomía no te vas a cagar de risa de mi, pero si te querés reir no me voy a enojar con vos. Lo que te voy a contar me pasó posta.

¿Te acordás de la Eugenia? La que vivía en la cortada que daba a la vía. La hermana del Quique. Ese si que era medio bobina. Le hacíamos de todo a petiso. Bue, hasta que creció y me metió de cabeza en el tacho de aceite. ¿Pero te acordás de la hermana? Si, esa, la colorada. La flaquita. Nadie la tenía junada porque era chiquita, como un palito, y encima le ponían esa ropa de vieja. Parecía una muñeca como las que tenía la Paula, esas que le quemamos con los petardos. Otro quilombo. Me acuerdo la patada en el culo que me dio el viejo con esos tamangos negros. ¡Ahí está, de los tamangos te quería hablar!

Bueno, te la hago corta, resulta que cuando terminamos el colegio todos arrancamos para donde se podía. Vos te fuiste a estudiar porque eras, o mejor dicho sos el único de todos los pibes al que le funciona el bocho para el estudio. Decí que sos estudioso porque con esa cara de naipe no zafabas. ¡Bueno! Fue una joda. Sigo. Yo me fui a laburar a taller con el Tano, el amigo del viejo que arreglaba los bondis, esa ya la conocés. Le fui a dar una mano y al final me entusiasmé, fui aprendiendo y me quedé. Los fierros me gustan. También me gustaba la hija del Tano. Pero eso es otro yeite, para otro día.

La cuestión es que yo ya estaba grande y me armé un bulo cerca del taller. De vez en cuando me pegaba una vuelta por el barrio para ver cómo andaban los viejos. Ya tenía mi autito, el 128 rojo, ¿te acordás?, una máquina. Bue, los llevaba al médico, les hacía los trámites, esas cosas que ellos no podían. El viejo se estaba poniendo medio chivo con el asunto de sus piernas, le costaba andar y encima se ponía cabrero con todo el mundo, pero bueno, siempre anduvo solari y de pronto el chasis se le puso duro y, viste, se entiende. Nunca tuvo buen carácter, pero yo lo sabía llevar. Eso sí, cada vez que lo llevaba a algún lado me cagaba a pedos porque no me lustraba los tamangos. Me tenía los huevos llenos con eso, pero bueno, era su berretín y yo siempre lo llevaba para el lado de la joda. Se calentaba, pero no le quedaba otra que bancarme.

¿Qué tiene que ver con la Eugenia? Ahora vas a ver.

La cuestión es que el viejo se puso mal, ya no se podía mover y al poco tiempo le encontraron ese bicho en los pulmones. Me dijo el tordo que era por el laburo en la fábrica. La cuestión es que espichó rápido. Un bajón. A la vieja se la llevó el Aldo a Córdoba un tiempo para que no se quede sola en la casa, entonces yo pasaba de vez en cuando por ahí para que por lo menos se viera un poco de barullo en la casa.

Bueno, te la hago corta, la cuestión es que un domingo a la tarde me vine al barrio, piqué algo de la parrilla del manco y después fui a la casa de los viejos. Cuando llegué vi que el pasto estaba un poco largo, así que saqué la cortadora del galpón y le pegué una lavada de cara al jardín. Estaba en eso cuando la ví pasar. No sé cómo decirte esto. Un minón. Una colorada hermosa, potente. Caminaba como si fuese la dueña del mundo. Me hice el boludo mientras seguía cortando y la relojeba de costado. En eso bajo la vista y cuando miro para la calle me la encuentro de frente. Me miraba y me decía algo que no llegaba a atender por el ruido de esa máquina de mierda. La apagué y me acerqué al portón. Vos sabés que yo con las minas nunca fui corto, pero esta me agarró en orsai y se me notaron los hilos. Se dio cuenta que la miraba con ganas y tomó la posta. Me arrimé para ver qué necesitaba, capaz andaba perdida. Me tiró ¿no te acordás de mí?. Yo, en bolas. Hasta que me dijo. ¿Sabés quién era? Si señor, la pegaste. La Eugenia, el palito colorado ahora era un racimo de uvas que chorreaba por todos lados. Al final nos pusimos a charlar, le pregunté por el hermano, me dijo que se había llenado de guita haciendo no sé qué orto del marketin, o algo así. Y después volvimos a lo nuestro.

Bueno, te la hago corta, quedamos en encontrarnos esa noche para ir a tomar algo. Yo no tenía mucha pilcha ahí y no me daba volver al bulo. Tampoco la podía invitar a la casa con la mugre que había, pero bueno, me la rebusqué con lo que tenía en el bolso, pero me faltaban los tamangos, me había ido con unas zapatillas de mierda y las ojotas y, la verdad no daba ir así con el programón que se me venía. La cuestión es que revolviendo me encontré en una caja los tamangos del viejo. Un poco sucios, pero le pasaba un trapito y listo. Por el número no había problema porque calzábamos lo mismo.

Al final me pegué un baño, me vestí, calcé los timbos para arrancar con la colorada y ahí fue che. Sentí un ruido raro en la cocina cuando me estaba yendo. Pensé que era uno de los gatos de la vieja del fondo que siempre andan rompiendo las bolas por ahí, entonces me fui como para echarlo a la mierda. Prendí la luz y ahí estaba. Ahora te podés reír si querés, te juro que no había escabiado, es más, ahora me acuerdo y me vuelve el cagaso. ¿Podés creer que sentado en la cocina estaba el viejo? Y adiviná qué hizo. Me miró los tamangos y me cagó a pedos porque no estaban lustrados.

La colorada todavía me andar buscando para putearme porque la dejé de cuelgue, y de paso también colgué los zapatos del viejo arriba del ropero. Eso sí, lustraditos, para que no se me ande quejando. 

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