A todos aquellos que pintaron su rostro en la memoria de un muro.
“¿Pero, es ejemplar una
tragedia que enarbola
en la lanza no la bendita
cabeza de un monarca
sino la cabeza piojosa
de un vendedor de yuyos?”
Presagio de Carnaval – Lilliana Bodoc
Con el correr de los años, de andar barrios, de pasar por pueblos de nombres que salen a la luz solo con la desdicha, vi como el suburbio fue sumando rostros en los paredones. De a poco, siempre tiradas por el carro de la tragedia, las ochavas se pintaron con los que ya no juntan recuerdos a la sombra de un árbol de plaza. Motivos varios que siempre desembocan en la desaparición, en tragedias que se aferran siempre a las manos pobres.
Vinieron a mi memoria caras y frases que recorro a diario. Conozco algunas de las historias que se unen con esas caras, otras las puedo imaginar. Y también vino a buscar a mi memoria una ficción: la historia de Sabino Colque, un inmigrante boliviano intentado sobrevivir en un lugar en que marrón no se puede mezclar con el blanco, «porque se hace barro».
Entonces la línea entre realidad y ficción se desdibuja y la tragedia teje su sudario a ambos lados del río. Y un hilo común que va y viene. Del lado de la vida teje desgracias que se cuentan por cientos; del otro lado del espejo un reflejo de esa desdicha silenciosa que pretende volver aumentada para que algo cambie, con palabras que nunca alcanzan.
En común de un lado y del otro: la muerte vistiendo uniforme. Muchos de esos rostros que vi y sigo recorriendo, los que leo, los que me traen las pantallas desde lugares lejanos tienen en común presencia del exceso de la fuerza, del abuso que da el poder y el silencio. Una persecución fatal, un golpe impulsado por el odio de clase, un disparo mal hermanado con la palabra “accidental”, un muchacho que dicen huía y desoyó una orden, un arma en una mano que nunca había disparado. Siempre la tragedia golpea al que se alimenta del que no se puede defender. Y las caras pintadas en una pared para decirnos todos los días que algo anda mal en el mundo, por más que alrededor de ese rostro no haya más que el amor hecho mural de quienes se quedaron ya sin lágrimas.
Del otro lado del río, allá donde la ficción sabe magnificar las tragedias humanas, Sabino Colque también fue víctima de los que su madre llamaba “ángeles arcabuceros”. La única diferencia es que la soledad del pobre desterrado no permitió siquiera un mural para recordarlo.
La ciudad convertida en un cementerio que no permite borrar la memoria, adornada por libros que nos hacen sentir un poco más o un poco menos desdichados, con “el retintín de la desgracia” siempre presente: “es cosa de cada quien hacerse el sordo” (1).
(1) Bodoc, Liliana – Presagio de Carnaval

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