Haserot

Pues en verdad ocurrirán muchas cosas, 

y se sabrán cosas secretas,

 y pasarán muchos siglos

 antes de que los hombres vean este escrito.

Sombra – Edgar Allan Poe

No tenía ganas de quedarse solo en la quinta. Hubiese preferido volver aquella noche a la tranquilidad de su casa, comer algo y tomarse una copa de vino. Quizás, si se daba, compartir una película con Azul y emprender esas épicas discusiones sobre tal o cual personaje, sobre la música, las actuaciones… Para Nico era maravilloso mirar el apasionamiento con que su esposa emprendía aquella batalla de sentidos e interpretaciones sin rendir jamás sus convicciones. En aquel estado simplemente se iluminaba, e iluminaba el mundo.

Pero esa noche no sucedería el milagro. Sus suegros estaban de vacaciones y la quinta no podía quedar deshabitada por muchos días. Azul estaba de viaje, alguien tenía que darle de comer a Mauri y sobre todo se debía marcar la presencia humana ante la curiosa mirada de aquellos que solían merodear distraídamente la zona cuando las sombras y el silencio pintaban un cuadro perfecto para el saqueo.

Sin embargo todo aquello tenía su lado positivo: no había nada de aquellas multitudes ruidosas que tanto lo incomodaban, la reserva de vinos de su suegro siempre estaba disponible (lo ponía orgulloso saber que sus conocimientos sobre varietales le había dado a ese rincón secreto la altura que se merecía) y una interminable biblioteca que siempre lo esperaba con alguna sorpresa. Y así comenzaba el ritual.

La carne se asaba sobre un fuego paciente, una ensalada austera esperaba, mientras que el vino elegido destellaba sus tonos oscuros en una copa sobre la mesada (un malbec era adecuado para aquella carne jugosa); era hora de recorrer la biblioteca.

Su suegro se jactaba de sus colecciones médicas antiguas, algunas anteriores al siglo XIX conseguidas en sus viajes por la cuna de la medicina occidental. Lo había visto sentado en el sillón de su biblioteca, recorriendo con sus manos aquellas disecciones detalladas no sólo con la vista, sino con la yema de sus dedos, como si sintiera en esos recorridos el camino de cada arteria, de cada nervio. Alguna vez había oído el breve murmullo de la enumeración de cada elemento estudiado, a la manera de una plegaria antigua. Su pasión era infinita, así como su conocimiento y su renombre en el estudio de esa delicada e inigualable arquitectura llamada columna vertebral.

Pero más allá de aquellas piezas mezcla de ciencia y arte que no seducían en lo más mínimo el interés de Nico, sabía que el doctor Rizzi, en aquellos viajes, había adquirido algunos volúmenes que guardaba celosamente. Supo por comentarios al pasar en alguna cena de la adquisición de algunos ejemplares inhallables de viejas enciclopedias y bestiarios, compendios en donde la ciencia y la razón se ahogaban en el mar de creencias que llenaron de pavor a los hombres antiguos. Pero el más mínimo interés por inspeccionar aquellas joyas era anulado por alguna anécdota de viajes que, cambiando escenografías e idiomas, siempre eran más o menos las mismas. También había notado en esos acercamientos un código secreto entre sus suegros, una mirada o algún gesto que era la puerta al desvío intencional sobre cualquier interés sobre el tema.

Pero la curiosidad del periodista era inagotable. Su olfato le decía que había algo por allí oculto detrás de las evasivas. Solo bastó repasar los gestos de su suegro cada vez que él entraba a su biblioteca. Siempre se las arreglaba para alejar a cualquier invitado de un rincón específico de aquella pared de interminable conocimiento, un rincón al que obligatoriamente se accedía con una pequeña escalera que le era negada a todo el mundo, en ocasiones con la absurda excusa de la vejez de aquellos peldaños y la peligrosidad de una caída. Nada difícil de sortear para alguien acostumbrado a encontrar información en los oscuros pasillos del conurbano.

Cuando se sintió listo corrió la escalera y la dejó justo debajo del lugar secreto. Cada peldaño crujía como un aviso, en un idioma lejano y desconocido. Pero Nico ya no podía volver atrás. Finalmente llegó al último estante. Afirmó su mano izquierda en el borde de madera, estiró su cuerpo en la dirección contraria y sumergió la derecha en los libros antiguos.  Corrió los primeros volúmenes y su mano tanteó en la oscuridad profunda buscando algo, no sabía exactamente qué, algo fuera de lo común. Un miedo ancestral llegó a su pecho cuando perdió de vista su mano en aquel hueco sin fin. Había dejado de sentir lomos de libros y el polvo que se adhería a los dedos; parecía no haber nada. El miedo le decía que si asomaba la cabeza por ese hueco hubiese encontrado con un abismo rocoso, húmedo y asfixiante. Fue suficiente.

Pero en el momento en el que su mano comenzaba a buscar la luz, algo cayó sobre ella. El instinto le hizo apurar el movimiento, pero apenas pudo retirarla la curiosidad le hizo volver en busca de aquello con lo que había tropezado. Su suposición encontró respuesta en grueso volumen de tapa rústica, sin ningún tipo de signo o referencia visible. Allí arriba sería imposible examinar el antiguo volumen. Entonces, con aquel viejo monstruo contra su pecho bajó con cuidado la escalera y se dirigió a la cocina. 

Dejó el libro sobre la mesada, junto a la copa de vino, sacó la carne del horno y se sentó a comer. Mientras lo hacía, en cada bocado, en cada sorbo de vino, sus ojos pasaban por el libro. En ese tiempo lento de la cena pensó todos los posibles contenidos. Sabiendo los gustos y pasiones de su suegro, imaginó un compendio de medicina antiquísimo, de los tiempos en los que la magia todavía tenía un lugar. O quizás se trataba de un bestiario único, con todo tipo de animales fabulosos producto de las profusas creencias ancestrales. Era hora de develar aquel juego que realmente disfrutaba. Volvió al estudio llevando el tesoro prohibido y la copa de vino en busca de un sillón apropiado para disfrutar lo que en apariencia sería un largo y jugoso examen de aquella pieza única.

Con el pesado libro sobre sus piernas, al fin se animó a la primera página. Y la primera decepción llegó a sus ojos: una tras otra las primeras estaban en blanco. Llamaba la atención la textura pesada y la dificultad para encontrar la forma de pasar de una a otra. Sin fortuna, su impaciencia intentó llegar a la mitad del volumen. Pero el libro se negaba. Todo indicaba que la única manera de acceder a sus secretos, si es que los tenía, era la paciencia de correr una a una las resistentes puertas de papel. Pero eso no lo inquietó en un principio, la situación solo animaba su curiosidad; quería seguir el juego, aunque su sonrisa de niño curioso se fuera borrando con cada paso hacia el centro del secreto sin que él lo supiera.

Se detuvo cuando llegó a la primera página con una marca. Aquello era una especie de mojón, un aviso. Su mano no pudo evitar llegar hasta el centro, recorrer esas líneas y sentir como una especie de corriente subía por su brazo y llega a su centro con un rayo lento que a cada paso iba dejando una furia eléctrica clavada en su carne. Pero no pudo parar. Cuando retiró la mano sus ojos comenzaron a percibir la forma de unas manos que brotaban de ambos bordes. Ambas sostenían una antorcha que apuntaba al suelo, que ahogaba su luz contra y apenas emitía los últimos vestigios de una llama. Cuanto más observaba aquella figura parecía ofrecer más detalles, sobre todo en la forma de las manos ahora monstruosas aferradas a la antorcha invertida. 

Quiso, mejor dicho necesitó, pasar de página. Lo que había visto cobraba cada vez más nitidez y se apoderaba del entorno, sobre todo los dos profundos ojos negros y abismales que venían desde el fondo de los tiempos. Pasó con mucha dificultad a la siguiente página, pero esta vez no por la resistencia de aquellas extrañas hojas, sino por el freno que ponía su propia voluntad a descubrir lo que vendría. Pero era demasiado tarde.

No era un idioma que al menos él conociera, pero aquellas formas no le resultaron del todo desconocidas: algo en ellas le hablaban. Sus ojos recorrían las formas extrañas al mismo tiempo que su mente encendía conexiones desconocidas como si fueran ramas de un gran árbol de navidad. Y mientras esto mantenía a Nico preso en una lectura inevitable, a unos pocos cientos de kilómetros de allí, el dueño y señor de aquel secreto, percibió que algo cambiaba en la composición y la densidad del aire. Y supo leer aquel mensaje. Se levantó rápidamente en busca de su teléfono. Del otro lado, el móvil de Nicolas sonaba insistentemente sobre la mesa de la cocina, pero su dueño no lo escuchaba, o mejor dicho, si hubiese podido atender, ya su voluntad estaba sumergida en la voluntad del libro que le dictaba con voz espectral un conjuro que pronto estaría listo para repetir:

“Estas, mis últimas palabras, o quizás las primeras de un nuevo tiempo, fueron escritas con la misma sangre que se derrama por los surcos de mi rostro descompuesto en forma de lágrimas negras, las lágrimas de la traición.

Tengo muchos nombres, como todos aquellos a los que le dimos forma al mundo. Fui Azrael, Sariel, o Samael para los pueblos antiguos. En los vastos desiertos aún sin bautizo en los que fui un paciente leopardo tendido al sol,  fui Malak al-mawt. Pero en todos los casos mi presencia no era temida, porque era quien venía a terminar con el sufrimiento de la vida terrenal”.

Al mismo tiempo de aquellas palabras el aire se enrarecía en un viejo y triste cementerio de Ohio, que a esas horas inciertas, solo posibles en un antiguo y sagrado lugar poblado de guardianes de piedra y bronce, escucho el crujir de un cuerpo encerrado en el metal.

Mientras tanto, la mente de Nicolás recorría sin dificultad cada línea sería necesario pronunciar, mientras la tierra emitía bajo sus pies una súplica en forma de pequeño temblor, solo perceptible en el ir y venir inquieto del líquido en la copa de vino, hasta que todo se detuvo. Entonces las palabras comenzaron a fluir como un torrente lento e inevitable.

“Mis hermanos me asignaron esa noble misión que fue cumplida durante siglos, sabiendome parte del equilibrio que sostiene el universo. Mi signo fue la antorcha encendida que los viajeros desahuciados de la vida veían extinguirse con alivio en su último suspiro. El ritual siempre fue simple y sencillo: el llamado de un alma que ya no puede refugiarse en la carne, una mano piadosa en la frente del moribundo, la luz tenue en la antorcha ahogando su esencia contra el suelo.

Pero la imperfección propia de los humanos, aquel veneno que abismó desde siempre su existencia, resultó ser heredado desde la misma creación inspirada en la imagen y semejanza de los dioses. La soberbia resultó ser la esencia de aquellos que pensaron en una criatura hecha para sostener la propia imagen en la adoración. Pero cuando aquellos que fueron creados olvidaron su función esencial, la soberbia del creador creció en ellos sin control. Y fue en el momento en el que Dios y mi hermano Luzbel entraron en contienda, enfermos ambos del mismo mal con diferentes y engañosas vestiduras. Vieron la imperfección y el pecado en la carne de aquellos seres. Luzbel reclamó las almas imperfectas para castigarlas con el fuego eterno. y el creador vio un desafío a su poder en aquel reclamo. En aquella batalla irreconciliable, Lucifer fue expulsado de los cielos. El inframundo fue su nuevo reino.

Y mi cetro fue el centro de la nueva disputa.

Dios dejó que los hombres usaran mi nombre como un castigo para el que no cumpliese con sus preceptos, entonces me convertí para muchos en “El veneno de dios”; la sed de Luzbel necesitaba estar cerca de mi para alimentarse de las almas liberadas. Me negué a ser cómplice. Mi función era la liberación más allá del pecado o la virtud, no el castigo. Entonces Dios y el diablo actuaron juntos por última vez: si no era aliado no debería ser nada. Sabían que mi mano piadosa acudiría al llamado de cualquiera cuya vida estuviese a punto de cortarse, y ese fue el cebo que me llevó directamente a la trampa, y a mi perdición. 

En la región desértica de Haseroth, un pueblo castigado dejaba todas sus fuerzas en busca de la tierra prometida. Cerca de Ain Khadra, los israelitas  acamparon ya sin fuerzas para seguir en su doloroso éxodo desde Egipto hacia la tierra de Canaan. Sus captores, al verlos entrar en aquella interminable región amarilla, decidieron dejarlos en las manos de la arena impiadosa. Sólo la promesa de Dios les quedaba, pero aquello ya no era suficiente para curar sus labios castigados por la sed. Ya vencidos, pidieron mi clemencia. Pero en realidad las malas artes de Luzbel sediento fueron la voz de aquellos pobres. Dios también hizo su parte: abatió sobre los pobres que habían confiado en su promesa una tormenta descomunal que hizo desaparecer en un torbellino ardiente a más de la mitad de la caravana, cuidando que quedaran los suficientes ojos para ser testigos del paso final del macabro plan. 

Cuando el viento dejó de soplar, quedó al descubierto la obra del todopoderoso: una alfombra de cadáveres se desplegaba hasta donde el ojo humano alcanzaba y en medio de aquel horror el mismo Lucifer, encarnado en mi figura, devoraba las pocas almas que aún quedaban atadas a la carne. Vociferó engañoso uno por uno mis nombres para que no se borraran nunca de la memoria de los testigos del horror. Mi llegada fue inútil. La obra estaba hecha y mi nombre manchado para toda la eternidad. Los sobrevivientes se encargarían de divulgar el horror a mí como único culpable. Y no pude con el triple conjuro: la furia de Dios, la traición de Luzbel y el miedo de los hombres me transformaron en una figura abominable y temida. Mi nombre primigenio, pronunciado al unísono por los tres me convirtieron en el mal en la tierra, en el cielo y en el infierno según los preceptos de los traidores.

A partir de allí fui solo una sombra vagando por el mundo.  Quedé atado a un nombre,  cuya sola mención era sinónimo de perdición. Pero en la paciencia que sólo da la eternidad supe que los nombres volverían en el tiempo para rescatarme. Y también supe que mi vuelta sería la extinción total de la vida«.

El mundo ya no era el mismo alrededor de Nicolás. Mientras su cabeza leía con fluidez el idioma antiguo del “Veneno de Dios”, un silencio de mundo olvidado se apoderaba de todo. Hasta las partículas de polvo invisible que viajan con la respiración y con cada movimiento del universo entraron en una especie de espera nerviosa. Algo despertaba.

Y esa inquietud del mundo que se sabe en peligro nacía lejos, en un cementerio de Cleveland, la vieja estatua del ángel apoyado en un antorcha invertida crujía desde lo profundo,  y hacía que cada gota de vida derramada en los viejos sauces guardianes contara sus últimos latidos en la tierra.

«Simplemente esperé abrigado en el sufrimiento de mi humillación. Los hombres ya no eran dignos de mi piedad y destruirlos sería también destruir el poder de los traidores, quienes ya no tendrían quienes se postraran ante su poder. El siguiente paso, el de recuperar mi forma física, comenzaba a gestarse.

Entre las tantas cosas que aprendí en la paciencia de la eternidad, la más importante fue la de observar y aprender a utilizar las armas que permitirían mi regreso. Entendí que no había forma de irrumpir en el mundo sin llamar la atención de los que me habían traicionado, por lo tanto debía hilar un entramado sutil e imperceptible. También entendí que el mismo miedo supersticioso del hombre sería mi aliado. Sólo era cuestión de susurrar en los oídos apropiados con la voz de los sueños cercanos a la muerte. Así fue que, apropiándose del miedo de los hombres a mi figura, construí en sus horas oscuras el mito de un libro secreto que me conjuraba, pero que también era la única llave para mi regreso«.

A esa altura de la noche plena y sin luna, la cena del doctor Rizzi y su esposa no era particularmente tranquila. Ambos estaban nerviosos y atentos a la devolución de una llamada que nunca fue contestada. En la terraza del hotel en el que se hospedaba, la brisa fresca del mar de pronto se detuvo. Pero ese hubiese sido un detalle menor si junto con la huida temerosa del viento, las olas también decidieron un silencio sepulcral. El doctor miró a su esposa, quien también había percibido que todo retenía el aire a su alrededor. Ambos se levantaron y fijaron la vista en la negrura de un horizonte unos minutos atrás pleno de una vida secreta oculta bajo la noche. No era simplemente una presencia. Aquello era un mundo agazapado en un rincón, asediado por el olor de una muerte antigua.

«La obsesión hizo el resto. Dicté el comienzo de mi historia en los oídos apropiados, un pobre hombre perdido en el desierto de Haserot. Deseoso de que la muerte acabara con su sed, soñó mi historia. Palabra por palabra puse en su cabeza la traición, mi espera y le di como regalo el camino que le permitía escapar con su alma a cuestas. Él se encargaría de, con devoción absoluta, plasmarlo en la eternidad secreta del papel y proteger mi camino de regreso.

De allí en adelante la historia secreta del mundo se encargó de llevar entre sueño y sueño de los desesperados, cada parte de una historia que se multiplicó en seguidores fieles y aquellos que, bajo el influjo de Dios a través de sus hombres en la tierra, hombres muy a menudo afines a Luzbel en secreto, tuvieron en sus manos un libro que no pudieron destruir por la ilusoria idea del poder sobre mi. Lo único que hicieron fue escribir, entre los sueños y la vigilia, paso a paso, el fin de todo vestigio de vida en el mundo«.

El doctor Rizzi volvió presuroso a su habitación. Abrió la valija. Resguardado de todo y de todos, bajo un fondo falso, encontró lo que buscaba. Con su pequeño secreto guardado en el bolsillo interior del saco, regresó a donde su esposa lo esperaba. Ambos miraron con miedo aquella negrura quieta nuevamente. Del bolsillo al fin emergió una pequeña libreta de con tapas de cuero, muy antigua, adornada con un símbolo extraño para cualquier mortal que no hubiese recibido en los sueños de Dios su significado. La libreta se abrió y finalmente el doctor pronunció los sonidos de una antigua lengua perdida en el tiempo.

A unos cientos de kilómetros de allí, mientras Nicolás seguía atrapado en la historia que corría en su mente y que pugnaba por usar sus labios como una llave, una antigua bestia sagrada escuchaba el llamado ancestral.

«Cuando mi historia se había susurrado por una cantidad más que considerable de oídos, cuando las traiciones y las vidas entregadas al secreto ya contaban por miles, supe que había llegado la hora de adoptar una forma física y para ello era necesario la mano de un artista.

En aquellas tierras fundadas sobre el dolor y la sangre que los hombres comunes llaman Europa, un hombre perfeccionaba su arte. El señor Herman Matzen buscaba la perfección en la escultura. En sus sueños vi la obsesión por los textos sagrados. Jugaba con las figuras recreadas en divinidades en las que se fundaban en la mentira y el miedo. Supe entonces que era la persona indicada. Sólo restaba acercar su obsesión a mi historia.

Fue fácil atrapar su devoción por mi figura. Pronto se dedicó por completo, en el sueño y en la vigilia, a recabar toda la información posible sobre el ser de los mil nombres. Estudió cada grabado, cada texto que refería mi historia, pero nada lo conformaba. Los hombres que habían imaginado mi figura estaban  atados a los mandatos de Dios y Luzbel, y a sus propios miedos. El mundo me había representado de mil formas: fui guerra, peste, locura, mandato divino, bruma alada, pero todos ellos no eran más que el reflejo del terror primigenio infundido por las víctimas del engaño y, en ocasiones, por su propia conveniencia.

Herman Matzen se acercaba poco a poco en sus bocetos, hasta que por fin pudo tener mi historia en sus manos«.

El jardín del doctor Rizzi también había percibido el desequilibrio del mundo. Justo en medio del reino natural y lo no permitido al ojo humano, una antigua criatura escuchó el llamado. Su pelaje naranja y suave adquirió una tensión y un tono diferente. Sus ojos fueron pronto una profundidad insondable que lo conectó con sus antepasados y con su mandato original. Figura guardiana de los dioses que volvía a responder al llamado. Mauri se incorporó y fijó su vista en el ventanal. Desde allí pudo ver a Nico, inmóvil, con los ojos hacia el otro mundo, atrapado en la voz que dictaba paso por paso el regreso. Sabía perfectamente cuál era su misión.

«Fue en ese momento, no en otro, en el que los dioses decidieron dar rienda suelta a la locura, aquella gran cerrajera del mundo. Por segunda vez Europa se convirtió  en el centro del infierno. Pudo el señor Matzen huir gracias a sus influencias y su nombre al otro lado del mundo, con sus secretos y obsesiones a cuestas. Después de un largo y doloroso viaje, llegó a una ciudad en la que su talento fue reconocido. Allí recibieron sus conocimientos con beneplácito, y pronto pudo establecerse en un lugar en el que el infierno de la guerra parecía quedar muy lejos. Un puesto respetable en la universidad le permitió continuar con sus estudios y concretar el sueño de  darle forma a la mítica figura de sus desvelos y ensoñaciones.

Los caminos se unían de forma incomprensible y secreta hasta para los traidores. Aquello que pareció destrozar mi plan no hacía más que unir las piezas hacia un final  inevitable. Pero aún el hilo del destino necesitaba una última hebra.

Fue entonces que llegó a mis oídos el llanto desconsolado de un hombre por la muerte de su esposa. Su dolor y su deseo de acompañarla al otro lado llegaron a mi, pero los caminos del accionar piadoso me estaban vedados y seguramente, víctima del desconsuelo, aquel pobre hombre caería pronto en una muerte deshonrosa para el amor que lo atormentaba: Luzbel lo esperaba. Pero su nombre abrió una de las últimas puertas a mi regreso. Quien lloraba por su amor perdido era el señor Francis Henry Haserot.  El nombre de la tierra que me había conjurado volvía, esta vez para rescatarme de mi forma etérea«.

El guardián de la noche buscaba la forma de acercarse a Nicolás. Los ventanales estaban cerrados, pero él cargaba en sus espaldas la sabiduría de una raza ancestral y las habilidades necesarias para encontrar la forma de llegar al hombre y traerlo de regreso al mundo. También sabía que con cada palabra que se desgajaba en boca de Nicolas el mundo estaba cada vez más cerca de caer en un abismo si regreso.

«Finalmente, vencido por el cansancio de un llanto interminable, la tierra de la ensoñación dolorosa fue el lugar fértil en el que pude actuar. Alejé fácilmente la idea del suicidio y del abandono. Aquella mujer a la que tanto había amado el señor Haserot merecía un descanso en un lugar acorde al amor que había profesado en vida, custodiada por quien velaría por ella eternamente. Cuando él partiese a su encuentro, aquel lugar debía ser el adecuado para unirlos. Por ello debía buscar a quien pudiese construir la tumba perfecta con el guardián indicado para su descanso.

Tentados por la fortuna que ofrecía el señor Haserot, muchos fueron los que acercaron proyectos colosales, estructuras funerarias para albergar los restos de la mujer amada. Ninguno lo convencía, ninguno se acercaba a lo que su esposa merecía. Hasta que ya al borde de la rendición llegó a sus manos el boceto del escultor Herman Matzen. La figura del ángel de la muerte victorioso lo emocionó, ya que era tal como la había imaginado en sus dolorosos sueños. Un monumental hombre con sus alas desplegadas, empuñando una antorcha que extinguía su luz contra el suelo, construido del material adecuado para contener y expandir mi poder. El imaginario de la muerte de aquel hombre al que  había inspirado distaba de una forma que nunca había conocido en verdad, pero era más que suficiente para imponer la última visión de los hombres en el mundo«.

La tierra consagrada a un cementerio siempre fue un lugar especial por muchos motivos, pero en esta ocasión el cementerio de Lake View en Ohio había pasado a otro plano. El páramo solitario parecía contraerse sobre sí mismo, víctima de un miedo profundo, como si todos los huesos que habitaban sus entrañas en cada tumba y en cada antiguo mausoleo, pujaran por salir de sus prisiones. Y en el epicentro del extraño suceso se encontraba la monumental estatua del ángel victorioso, apenas contenida por un trono de mármol que empezaba a resquebrajarse; un ángel que ya mostraba signos terribles en la tersura y el gesto. El río negro de la muerte brotaba por primera y, quizás, por última vez.

«Por fin fui emplazado en mi trono terrenal. La ceremonia fue breve. El señor Haserot estaba profundamente conmovido por el resultado monumental de la obra. Sabía y lo aliviaba conocer que los restos de su esposa estaban bajo mis alas, y que un lugar había sido preparado para acoger sus restos. Pero todo aquello era solo un paso más para mi paciente regreso. Restaba entronizar mi forma etérea dentro del recipiente para que, llegado el momento, pudiese poner los pies sobre el reino de los traidores. 

Finalmente, el escultor Herman Marzen invitó al señor Haserot a descubrir el manto y su ilustre apellido a mis pies. Cuando al fin fue presentada mi forma al mundo, no pocos notaron la presencia de algo que contrajo sus almas: los surcos propios del metal que me daba vida daban paso un pequeño torrente de lágrimas negras: el llanto mismo del mundo.

Sobre el mismo nombre de la tierra traidora, ahora mis pies se asentaban nuevamente. 

Y ahora están en tus labios las palabras que tomaron forma a lo largo del tiempo, para que cada hombre pueda cumplir con su parte para mi triunfal regreso. Quien sea bendecido con el don de leer estas últimas palabras tiene en sus manos la llave para mi regreso. Sólo resta que pronuncies todos mis nombres en las lenguas que me llevaron al exilio, uno por uno, y finalmente el nombre que cerró y que ahora me abre al mundo, para que al fin la luz de mi antorcha apague por siempre todo signo de vida«.

Nicolás era solo una voz antigua, completamente entregada a la lectura del conjuro final. Con cada nombre que pronunciaba todo a su alrededor tomaba formas y colores diferentes. Y con cada nombre la estatua al otro lado del mundo también lo hacía.

Pero como sucedió en infinidad de ocasiones, aquel mundo irracional apenas sostenido por un hilo, estaba resguardado por fieles y pecadores que se aferraban con fe demencial a la promesa y al miedo, y que guardaban una última llave.

La llamada del doctor había llegado a los sentidos inmemoriales Mauri, quien en realidad estaba ya lejos en forma y color de ser aquel gato tranquilo que disfrutaba de las siestas en el regazo de sus amos. La bestia ya había logrado entrar a la casa por uno de los tantos accesos que él solo conocía.  Estaba sentado frente a Nicolás, quien lejos de este mundo, no notó su presencia. Las palabras surgían de su boca en todos los antiguos idiomas posibles. Ya al borde de la última palabra, cuando solo restaba pronunciar el nombre de la tierra que había devuelto al ángel a la tierra, el fabuloso animal saltó sobre el regazo de Nicolas y clavó las garras sobre las manos que leían el conjuro.

No fue el dolor de las manos ensangrentadas lo que detuvo la lectura, sino lo que se agazapaba detrás de él. Aquellas garras y un maullido aterrador le mostraron a Nicolás la muerte del mundo, el páramo desolado, la desaparición de todo lo conocido reducido a cenizas. No era una venganza por la traición, no era un castigo al terror reverencial de los hombres. No era ni siquiera la muerte, sino la extinción total. Nicolás cayó en un profundo sueño. Y el último nombre no pudo ser pronunciado. 

Con la excusa de una intervención urgente que necesitaba de la presencia del doctor Rizzi, las vacaciones fueron interrumpidas. Encontraron a Nicolás profundamente dormido en el sillón de la biblioteca. El libro fue devuelto a su lugar sin que él se diera cuenta. No quedaban rastros que indicaran ningún tipo de desorden en la casa. Mauri recibió como era su costumbre con interminables gestos de cariño la llegada de sus dueños.

Nico aún se sigue preguntando en las brumas de su memoria qué sucedió aquella noche. Recordaba el comienzo de le lectura furtiva que no podía compartir con nadie, y también recordaba fragmentos de un sueño en el que una figura alada lo acechaba en un viejo cementerio y unas palabras sin sentido en la boca del ángel que se repetían en la suya. Lo demás, más allá de las pequeñas y dolorosas marcas en sus manos, era niebla.

No fue nada cómodo enfrentar el regreso de sus suegros, cargados de miradas inquisitivas que buscaban algo, un signo que afirmara algo que todos sabían pero que no querían o no podían explicar. La siguiente cena en familia estuvo como siempre cargada de conversaciones triviales, hasta que el doctor Rizzi comentó al pasar que había decidido hacer unas modificaciones en la biblioteca y vendería gran parte de sus libros antiguos a un coleccionista que le ofrecía por ellos mucho más de lo que valían. Aquel comentario, lejos de ser inocente, buscó la reacción de Nicolas, quien supo mantenerse inmutable.

Días más tarde, mientras desayunaba con Azul en su departamento y revisaba casi mecánicamente en su celular los principales portales del mundo, un pequeño titular lo paralizó. En un cementerio de Cleveland, una vieja estatua que representaba al ángel de la muerte había renovado misteriosamente sus ya célebres lágrimas negras . También se sostenía, este último dato apoyado por escalofriantes fotografías,  que el gesto adusto y marcial de la estatua original se había trastocado en una sonrisa maligna y una mirada espectral que ningún ojo humano podía soportar.

«Es justo que, estimado y atento lector de esta historia traída desde los inicios de los tiempos sepa que, como lo fue el joven que supo leer estas líneas en los antiguos idiomas ya olvidados, hubo otros cientos que contribuyeron a mi causa, y que usted se ha convertido en un hilo más en la trama que teje mi regreso. Su pluma y su palabra mantendrán viva mi historia. Mi hora está cerca. Solo bastará con que alguien, deseoso de terminar con la atroz mentira de Dios y de Luzbel, se atreva a pronunciar la última palabra«.

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