Ilustración de Ralph Steadman
En el prólogo de «Cronicas marcianas», Borges dice que Ray Bradbury puso en ese «libro de apariencia fantasmagórica, sus domingos vacíos, su tedio americano, su soledad».
Entonces me pregunto, luego de releer y redescubrir Faherneheit 451, ¿qué puso el oráculo de Illinois en esta novela? Porque más allá de su mirada premonitoria sobre el futuro de algunos avances tecnológicos del siglo XXI (airpods, televisores gigantes por los que vemos la «realidad», cerraduras inteligentes y robots), el oráculo vio las consecuencias sociales y políticas de esa avalancha tecnológica.
A través de Clarisse, esa muchacha que no deja de observar y sorprenderse con el mundo, nos habla de lo que significa ser diferente en un sistema que no admite las diferencias, de la velocidad que impide pensar y de la incomunicación:
Clarisse
«-¿Por qué no estás en la escuela? Cada día te encuentro vagabundeando por ahí. -¡Oh, no me echan en falta! -contestó ella-. Creen que soy insociable. No me adapto. Es muy extraño. En el fondo, soy muy sociable. Todo depende de lo se entienda por ser sociable, ¿no? Para mí, representa hablar de cosas como éstas. -Hizo sonar unas nueces que habían caído del árbol del patio-. 0 comentar lo extraño que es el mundo. Estar con la gente es agradable. Pero no considero que sea sociable reunir a un grupo de gente y, después, no dejar que hable. Una hora de clase TV, una hora de baloncesto, de pelota base o de carreras, otra hora de transcripción o de reproducción de imágenes, y más deportes. Pero ha de saber que nunca hacemos preguntas, o por lo menos, la mayoría no las hace; no hacen más que lanzarte las respuestas izas!, izas!, y nosotros sentados allí durante otras cuatro horas de clase cinematográfica. Esto no tiene nada que ver con la sociabilidad. Hay muchas chimeneas y mucha agua que mana por ellas, y todos nos decimos es vino, cuando no lo es. Nos fatigan tanto que al terminar el día, sólo somos capaces de acostarnos, ir a un Parque de Atracciones para empujar a la gente, romper cristales en el Rompedor de Ventanas o triturar automóviles en el Aplastacoches; con la gran bola de acero. Al salir en automóvil y recorrer las calles, intentando comprobar cuán cerca de los faroles es posible detenerte, o quien es el último que salta del vehículo antes de que se estrelle. Supongo que soy todo lo que dicen de mí, desde luego. No tengo ningún amigo. Esto debe demostrar que soy anormal. Pero todos aquellos a quienes conozco andan gritando o bailando por ahí como locos, o golpeándose mutuamente. ¿Se ha dado cuenta de cómo, en la actualidad, la gente se zahiere entre sí?»
«-Hablas como una vieja. -A veces, lo soy. Temo a los jóvenes de mi edad. Se matan mutuamente. ¿Siempre ha sido así? Mi tío dice que no. Sólo en el último año, seis de mis compañeros han muerto por disparo. Otros diez han muerto en accidente de automóvil. Les temo, y ellos no me quieren por este motivo. Mi tío dice que su abuelo recordaba cuando los niños no se mataban entre sí. Pero de eso hace mucho, cuando todo era distinto. Mi tío dice que creían en la responsabilidad. Ha de saber que yo soy responsable. Años atrás, cuando lo merecía, me azotaban. Y hago a mano todas las compras de la casa, y también la limpieza. Pero por encima de todo -prosiguió diciendo Clarisse-, me gusta observar a la gente. A veces, me paso el día entero en el «Metro», y los contemplo y los escucho. Sólo deseo saber qué son, qué desean y adónde van. A veces, incluso voy a los parques de atracciones y monto en los coches cohetes cuando recorren los arrabales de la ciudad a medianoche y la Policía no se mete con ellos con tal de que estén asegurados. Con tal de que todos tengan un seguro de diez mil, todos contentos. A veces, me deslizo a hurtadillas y escucho en el «Metro». 0 en las cafeterías. Y, ¿sabe qué?
¿Qué?
-La gente no habla de nada.»
En la figura de Beatty, el jefe de un cuerpo de bomberos devenido en un órgano de control estatal, el oráculo transmite una mirada alarmante sobre la manipulación de la minorías, la conformidad, el mercado y la muerte de los libros:
Beatty
«-Ahora, consideremos las minorías en nuestra civilización. Cuanto mayor es la población, más minorías hay. No hay que meterse con los aficionados a los perros, a los gatos, con los médicos, abogados, comerciantes, cocineros, mormones, bautistas, unitarios, chinos de segunda generación, suecos, italianos, alemanes, tejanos, irlandeses, gente de Oregón o de México. En este libro, en esta obra, en esta serie de televisión la gente no quiere representar a ningún pintor, cartógrafo o mecánico que exista en la realidad. Cuanto mayor es el mercado, Montag, menos hay que hacer frente a la controversia, recuerda esto. Todas las minorías menores con sus ombligos que hay que mantener limpios. Los autores, llenos de malignos pensamientos, aporrean máquinas de escribir. Eso hicieron. Las revistas se convirtieron en una masa insulsa y amorfa. Los libros, según dijeron los críticos esnobs, eran como agua sucia. No es extraño que los libros dejaran de venderse, decían los críticos. Pero el público, que sabía lo que quería, permitió la supervivencia de los libros de historietas. Y de las revistas eróticas tridimensionales, claro está. Ahí tienes, Montag. No era una imposición del Gobierno. No hubo ningún dictado, ni declaración, ni censura, no. La tecnología, la explotación de las masas y la presión de las minorías produjo el fenómeno, a Dios gracias. En la actualidad, gracias a todo ello, uno puede ser feliz continuamente, se le permite leer historietas ilustradas o periódicos profesionales. -Sí, pero, ¿qué me dice de los bomberos? -Ah. -Beatty se inclinó hacia delante entre la débil neblina producida por su pipa.- ¿Qué es más fácil de explicar y más lógico? Como las universidades producían más corredores, saltadores, boxeadores, aviadores y nadadores, en vez de profesores, críticos, sabios, y creadores, la palabra «intelectual», claro está, se convirtió en el insulto que merecía ser. Siempre se teme lo desconocido. Sin duda, te acordarás del muchacho de tu clase que era excepcionalmente «inteligente», que recitaba la mayoría de las lecciones y daba las respuestas, en tanto que los demás permanecían como muñecos de barro, y le detestaban. ¿Y no era ese muchacho inteligente al que escogían para pegar y atormentar después de las horas de clase? Desde luego que sí. Hemos de ser todos iguales. No todos nacimos libres e iguales, como dice la Constitución, sino todos hechos iguales. Cada hombre, la imagen de cualquier otro. Entonces todo son felices, porque no pueden establecerse diferencias ni comparaciones desfavorables. ¡Ea! Un libro es un arma cargada en la casa de al lado. Quémalo. Quita el proyectil del arma Domina la mente del hombre. ¿Quién sabe cuál podría ser el objetivo del hombre que leyese mucho? ¿Yo? No los resistiría ni un minuto. Y así, cuando, por último, las casas fueron totalmente inmunizadas contra el fuego, en el mundo entero (la otra noche tenías razón en tus conjeturas) ya no hubo necesidad de bomberos para el antiguo trabajo. Se les dio una nueva misión, como custodios de nuestra tranquilidad de espíritu, de nuestro pequeño, comprensible y justo temor de ser inferiores. Censores oficiales, jueces y ejecutores. Eso eres tú, Montag. Y eso soy yo.»
Finalmente, en Faber, el profesor de literatura desocupado (ya no se enseñan humanidades en los colegios del siglo XXI) habla de las consecuencias del silencio:
Faber
«Mr. Montag, está usted viendo a un cobarde. Hace muchísimo tiempo, vi cómo iban las cosas. No dije nada. Soy uno de los inocentes que hubiese podido levantar la voz cuando nadie estaba dispuesto a escuchar a los «culpable», pero no hablé y, de este modo, me convertí, a mi vez, en culpable. Y cuando, por fin, establecieron el mecanismo para quemar los libros, por medio de los bomberos, rezongué unas cuantas veces y me sometí, porque ya no había otros que rezongaran o gritaran conmigo. Ahora es demasiado tarde…»
Montag, el bombero que se dedica a quemar libros, le pregunta Faber qué es lo que falta para ser felices si lo tienen todo. Recordemos que la primera pregunta sobre la felicidad salió de los jóvenes labios de Clarisse, una pregunta inicial que desmoronó el castillo de naipes que sostenía su vida. El profesor enumera los tres elementos que faltan:
Faltan tres cosas. »Primera: ¿Sabe por qué libros como éste son tan importantes? Porque tienen calidad. Y, ¿qué significa la palabra calidad? Para mí, significa textura. Este libro tiene poros, tiene facciones. Este libro puede colocarse bajo el microscopio. A través de la lente encontraría vida, huellas del pasado en infinita profusión. Cuantos más poros, más detalles de la vida verídicamente registrados puede obtener de cada hoja de papel, cuanto más «literario» se vea. En todo caso, ésa es mi definición. Detalle revelador. Detalle reciente. Los buenos escultores tocan la vida a menudo. Los mediocres sólo pasan apresuradamente la mano por encima de ella. Los malos violan y la dejan por inútil.
-¿Y lo segundo? -Ocio. -Oh, disponemos de muchas horas después del trabajo. -De horas después del trabajo, sí, pero, ¿y tiempo para pensar? Si no se conduce un vehículo a ciento cincuenta kilómetros por hora, de modo que sólo puede pensarse en el peligro que se corre, se está interviniendo en algún juego o se está sentado en un salón, donde es imposible discutir con el televisor de cuatro paredes.. ¿Por qué? El televisor es «real». Es inmediato, tiene dimensión. Te dice lo que debes pensar y te lo dice a gritos. Ha de tener razón. Parece tenerla. Te hostiga tan apremiantemente para que aceptes tus propias conclusiones, que tu mente no tiene tiempo para protestar, para gritar: «¡Qué tontería!»
Y la tercera: el derecho a emprender acciones basadas en lo que aprendemos por la interacción o por la acción conjunta de las otras dos.»
Setenta años después de la publicación de Fahrenheit, las proyecciones del oráculo de Illinois nos abrazan en silencio con miles de tentáculos invisibles a través de pantallas que nos dan todo lo que necesitamos para ser una de las tantas minorías conformes.
La pantalla nos alimenta, nos educa, nos dice qué necesitamos, cuándo y dónde; nos responde las preguntas que ya no nos hacemos y usamos esas afirmaciones como propias. No hay dudas, fue un plan perfecto: presos sin necesidad de celdas.
Como alguna vez Tiresias le reprochó a Edipo que él era quien estaba verdaderamente ciego, y que, a pesar de su don profético, no había visto la verdad que estaba delante de él; como alguna vez le predijo un futuro de amargura y desgracia que acabaría en el exilio, nuestro oráculo de Illinois nos predijo un camino que nadie tomó por cierto, quizás solo porque estaba en un libro de ficción.
Es hora de volver a abrir las páginas, de buscar las ideas allí, en los poros de una vida que late en cada personaje y que requiere de nuestro esfuerzo por comprender, en las hojas que respiran historias memorables. Pero sobre todo habrá que empezar a leer en voz alta para que la vida que mana del papel no sea un susurro en las avenidas electricas que nos conducen a la tumba confortable y fría del olvido.
«Nadie nos advierte, pero el infierno vive en nosotros bajo la forma de la indiferencia».
Leila Guerriero

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