Me veo tentado a contar esta historia desde el principio. Podría contarles que aquella mañana un solo rojo me recibió apenas di vuelta en la esquina, allá sobre los árboles del otro lado de las vías, es esa tierra intramuros que guarda aún las voces de muchos muertos. Pero eso poco importa, a no ser que estas difusas líneas algún día sean parte del libro de ese lector anónimo que me sorprende, ese hombre que tiene su cuerpo sumergido en un colectivo de la línea 440, y sumergida su mente en un libro del que no alcanzo a divisar detalles que quizás le darían otro rumbo a esta historia.
Ese lector borró la pobre lírica del sol rojo y de los árboles sombríos que guardan secretos, en una caminata absorta, bajo una música del siglo pasado que apaga el atronador sonido de un mundo apurado antes de despertar.
Fueron solo los segundos que tardó el colectivo en recoger un par de pasajeros, lo suficiente para ver cómo una mirada se sumergía seriamente en un libro de tapas azules. Mirada que buscaba algo ahí adentro, algo que yo conozco, un lugar que frecuento.
Porque yo estuve ahí:
Bajo la ventana del vampiro que invocaba a sus criaturas con un grito de amor traicionado.
En el milagro de la bala que se detiene frente a su víctima
para concederle la gracia de la eternidad.
En la fanática lectura de un evangelio que sacrifica un hombre
en la fe ciega de los inocentes.
Con los ojos en un cielo opacado por la sangrienta lucha
de un dragón blanco y un dragón negro.
Detrás de un árbol mirando la encarnizada lengua
de un brujo que hablaba con la tierra a través de sus manos.
Saludando al hombre que había entregado su cuerpo al río
para salvarse de las maquinarias asesinas de un mundo
espejo del presente.
Leyendo el sueño de traición de una mujer
que no pudo lavar la sangre de sus manos.
Observando tras una lámpara sorda
el horror y la muerte de un ojo velado.
Cerca de la sangre que alimentaba un mullido almohadón
con la inocencia de la infortunada doncella.
Impotente ante la ceguera de un parricida involuntario.
Absorto por la mano furiosa que, cegada por un sol impiadoso,
no dejó una sola bala fuera del cuerpo de su víctima.
Testigo de la hamartía y la hybris
que no dejan de escribirse en todas las formas posibles.
Seguramente el camino de mi lector del transporte público sea muy distinto al que me trazaron mis lecturas en apariencia desordenadas y casuales (no hay hojas que no sean parte de un destino que los dioses no hayan trazado con algo de capricho y, con suerte, con algo de demencia divina). Estoy seguro que él se siente a salvo en ese laberinto, ya que afuera ya no hay nada, ni más acá ni más allá, de lo que dejamos que alguien haya decidido dibujarnos en una pantalla dedicada a narcotizar el deseo.
No te atrevas a desviar la vista, querido lector,
a veces es mejor perseguir al conejo blanco,
o quedarse del otro lado del espejo.

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