Eclipse (texto escrito en sus vísperas)

Esta noche, dicen, habrá un eclipse. Una luna teñida de rojo recortará de a poco su silueta detrás de nuestra sombra. Ella quedará a ciegas un rato, feliz de no tener que soportar los ojos que no dejan de alucinar con su influjo, ella que quizás sólo quiera no ser más que polvo brillante bajo la luz del sol.

Por un rato los mares y los sueños dejarán de seguirla y los ríos amansarán sus rutinas. Es probable que los hombres, aquellos que parecen desatar su voz al ritmo de la gravedad lunar, se sofoquen bajo el peso de aquellas palabras que alguna vez soltaron al aire. Quizás algunos mueran aplastados bajo sus pesadas mentiras, quién sabe. Otros tantos nos iremos a dormir, desconfiados de las promesas astrológicas de nuevos aires, aquellas que escuchamos en las lenguas que le saben hablar a nuestros sueños rotos.

Quiero creer (o soñar) que el influjo de Hécate y sus oscuros descendientes sople bajo esa brisa de tibios fulgores rojizos y dé una alivio a los pesares de los soñadores, que al menos dibuje una sonrisa maligna en el andar del sueño de los oprimidos, y que ponga por un rato la espada en sus manos para que haga con ella lo que soñó sin culpa en el cuello del verdugo (la sangre en los sueños a veces se limpia con facilidad). 

Mañana, cuando la luna haya seguido su camino y nuestra sombra esté buscando otro lugar para dibujar sus tristeza de planeta perdido, todo volverá a teñirse con la rutina cepia de los días. Pero algo habrá cambiado: tengo la secreta esperanza de que el paso del verdugo, aquel que mata en silencio y sin piedad el estómago vacío de los pobres, se cruce con el inocente que soñó con la redención de la sangre, que reconozca en su sonrisa el mismo rostro que en la noche de la luna roja asoló sus sueños y recuerde con horror el filo de la espada en su cuello.

Solo para que sepa que nunca estará del todo a salvo, ni siquiera en la miseria de sus sueños de verdugo.

Buenas noches

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