Un hombre mira una pantalla.
Ve a un hombre que busca
en la desesperación de los años
que se acortan.
El hombre que mira se ve
en ese hombre que busca.
Un hombre escucha una canción
sobre un hombre que busca
en la desesperación de los años
que pasaron.
El hombre se escucha
en la desesperación del hombre
que canta.
En los huecos de un tiempo
de relojes salvajes,
en los miedos,
en los papeles,
en los números,
en el letargo,
un hombre lee sobre un hombre
que escribe
y que busca en esos signos muertos
el camino perdido.
Los signos le cuentan lo que es,
lo que pudo ser y lo que nunca será.
El hombre intuye
en cada uno de esos signos
su soledad
y el grito abismal del mundo.
El hombre cansado de ver, de escuchar, de leer,
camina entre los árboles.
Se detiene frente a un viejo roble.
Sus manos transitan las arrugas
que vieron pasar incontables caminantes
desde el comienzo de los tiempos.
Sus yemas siguen las vetas antiguas,
baja a través de los nudos
que se mezclan con la tierra
y que pronto desaparecen en la hierba
y abren caminos invisibles
a través de la espesa negritud
de los subsuelos ciegos
a los ojos humanos.
El hombre se pregunta
hasta dónde podrá llegar
aquel camino invisible.
Imagina.
Sigue esa ruta oscura.
Su vista llega a otro roble
no muy lejano.
El hombre esboza una sonrisa tardía,
triste.
Parece entender.
Regresa a su hogar.
Atraviesa el bosque y sabe
que camina sube una red infinita
de vida antigua.
Ya en su hogar el hombre pasa
frente al espejo
y encuentra a un hombre
encerrado en los años que se acortan
y en los años que pasaron sin aviso,
que vio,
escuchó
y leyó todo lo que pudo
para al fin entender
frente a un viejo árbol
que está solo,
que aquellos signos muertos
eran igual que las viejas raíces del viejo roble.
Y que todo se había perdido irremediablemente
en un yo
que debió ser nosotros.

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