De vez en cuanto se me van juntando frases. La memoria y mis cuadernos las acumulan como un viento a veces frío, a veces tibio. Así se apilan con cada lectura hasta que de pronto se parecen ponerse de acuerdo y organizan una pequeña revolución de susurros en mi cabeza, como una parte de un tejido involuntario si se lo mira del errático andar de los días. Pero yo prefiero pensar en una urdimbre nacida en las oscuras manos de las moiras, quizás por puro capricho divino, quizás por un brumoso designio de sentido lejano e inquebrantable.
Así de simple. Solo bastó con unas palabras sin dueño todavía en una historia de Facebook que se negó a regresar (prefiero ilusionarme nuevamente que algo de magia existe en ese infierno volatil de las redes). Una frase que logró que la proxima página fuese diferente:
«Leer como si se escuchara a un amigo»
¿Anónimo?
Porque si en la palabra leída uno pone la fe, si esa palabra viene de la voz de un amigo esa fe se hace irrenunciable.
Y así se abrió la puerta a varias frases, a un camino que unió lo indisoluble entre lo que se lee, lo que se escucha y lo que se escribe. Y allí aparece una indiscutible y certera:
«Para oír hay que callar»
Úrsula K. Le Guin
Y como si no fuese suficiente esa frase en apariencia simple, la vieja mujer sabia va más allá y lleva la palabra hablada al ejercicio de la escritura como una herramienta que piensa en el oído del lector y, que de la misma manera, vuelve a la calidez de la palabra amiga.
“SI oyes lo que escribes, puedes buscar en el oído la cadencia adecuada que ayudara a que la frase fluya”
Úrsula K. Le Guin
Para cerrar el hilo invisible que unió las frases y que llevan el extremo al comienzo, aparecen frases que reafirman la importancia de la palabra poética como parte necesaria de la construcción de un mundo respirable:
“Porque amasar un pan y escribir un cuento son cosas muy parecidas. Porque repartir un pan entre todos y leer un cuento en voz alta son las más antiguas costumbres del amor».
Liliana Bodoc
Para todos los que entendemos a la palabra en cualquiera de sus formas como los cimientos para la construcción de un mundo más justo, esa palabra debe nacer en la más pura y sincera pasión. Por eso se necesita:
“Haber escrito algo que te deja como un fusil disparado, que aún se sacude y humea, haberte vaciado por dentro de ti mismo, pues no sólo has descargado lo que sabes de ti mismo, sino también lo que sospechas y supones, así como tus estremecimientos, tus fantasmas, tu vida inconsciente y haberlo hecho con sostenida fatiga y tensión, con constante cautela, temblores, repentinos descubrimientos y fracasos, haberlo hecho de modo que toda la vida se concentrara en ese punto dado, y advertir que todo ello es como si no existiera si no lo acoge y le da calor un signo humano, una palabra, una presencia; y morir de frío, hablar en el desierto, estar solo noche y día como un muerto.“
Cesare Pavese
Por todo lo dicho, cada vez que leemos para nosotros o para aquellos que escuchan, en la voz propia o la de un amigo y, sobre todo cuando escribimos, para que el amor de esa palabra se imponga con la ferocidad que acalle la idiotez que nos inunda, basta con recordar y hacer un rezo de las siguientes palabras:
«Sin poderíos ni glorias, por la sola certeza de la pasión».
Macedonio Fernández

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