Los inviernos de Ricardo Romero

Dice Luciano Lamberti en una nota para la Agencia Paco Urondo: «A mí no me gusta esa literatura que trata de ser como la vida. Para la vida ya está ella misma. La literatura tiene que tener un plus, que no sea como la vida. Para el caos y la nada ya está la vida misma. Es necesario que la literatura nos lleve a un lugar». Lugar al que justamente apuntan los inviernos de Ricardo Romero.

¿Por qué hablo de los inviernos? Porque después de leer varios libros del autor, puedo ver que la profundidad del invierno que arde en cada paso del Pampa Asiaín ya se vislumbraba en otros tantos personajes de obras anteriores. Por eso pido permiso para referirme a ellos.

Mi primera aproximación a la obra de Romero fue la trilogía que comienza con El síndrome de Rasputín. Los tres protagonistas, Abelev, Muishkin y Maglier, unidos por el síndrome de Tourette como carta de presentación, pero también como una postura ante un mundo hostil y distópico, no tan lejano de nuestra realidad, habitan un invierno en el que el límite entre el mundo de los vivos y de los muertos se desdibuja (leyendo la última parte me imaginé mirando la pared del cementerio de la Chacarita, bajo esa lluvia que no cesa, preguntando si en esa ciudad hay diferencia entre uno el otro lado).

Los tres protagonistas y otros tantos personajes secundarios (vivos y muertos) conservan un nivel de heroismo romántico que los mantiene ¿cuerdos? o al menos del lado «correcto» de las vida en una ciudad irremediablemente hostil. Para sobrevivir allí no queda otro camino que el espíritu de los personajes de Roberto Arlt, y estos muchachos están a esa altura.

Un poquito más acá en el tiempo me encontré con El conserje y la eternidad. Si en la trilogía los protagonistas cargan con el romanticismo de la derrota, el conserje está sumergido en una melancolía insoportable, en una necesidad de entender una condición y un mundo que no son suyos y en el que sobrevive como un depredador involuntario. Su invierno es profundo y la velocidad con la que cambia la ciudad que habita lo ahoga y limita su condición de vampiro. Para sobrevivir documenta todo en su diario, mientras que la historia del país que habita parece ser nada en su eternidad. Una nada sin pasado ni futuro.

Por fin el último invierno, el del Pampa Asiaín, el más reciente y el más inquietante. Tiene un pasado que lo atormenta: «el Pampa tiene cicatrices en su cuerpo que nadie conoce», un padre con una pierna amputada y una muerte misteriosa, pero por sobre todas las cosas lo definen sus acciones. Se enfrenta a situaciones en las que cada decisión parece no ser la adecuada pero que sí lo son en el Pampa y su historia pasada.

Lo que en las otras novelas citadas era la ciudad, ahora es ese campo interminable, eterno, que encima se cubre de una nieve que hace todo más pesado. La sospecha de ese límite difuso entre lo vivo y lo muerto se acentúa en esa pesadez. Esa inquietud que la ciudad ocultaba en el cemento la llanura la convierte en certidumbre: «en la llanura los vivos y los muertos se confunden facilmente», dice Irina mientras calienta su cuerpo con cruces robadas del cementerio.

Y para completar la escena invernal, cada personaje que se va sumando a la escena, todos ellos parados de un lado u otro de esa línea desdibujada entre la vida y la muerte, cada uno con sus propios demonios y miserias, completan una cadena de sucesos demencial que en algun momento me hizo recordara a esa arma descargada sin sentido aparente en El extranjero de Camus.

Para finalizar este pequeño homenaje a estos seres invernales que ya son parte de uno como lector, me quedo con la sensación que me dejaron los personajes de Yo soy el invierno, mucho mejor explicada en las palabras de otro personaje, esta vez de Abelardo Castillo, quien en Crónica de un iniciado dice: «Como nadar en un barrizal, pesadamente. Otros le llaman vivir. La vida no le sienta bien a todo el mundo. Una laguna oleosa, y sobre todo el cansancio, pero un cansancio como se abrirse paso en un pantano».

En definitiva y un poco volviendo a la definición inicial de Lamberti, los inviernos sin orillas de Ricardo Romero nos llevan a ese otro lugar más allá de la nada.

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