Confesión

Un hombre en cuclillas. No despega sus ojos del suelo. Juega con algo que pasa de una mano a otra en un ritmo lento y constante, algo que apenas brilla con la luz oblicua de la media tarde. El hombre, sin dejar ni un momento de mirar el piso, habla:

– Veintiséis de octubre ¿te acordás? Tercer año de secundaria. Teníamos el calendario lleno de cumpleaños de quince hasta fin de año. Nuestras primeras salidas. Durante la semana el colegio era un revuelo. Las chicas hablando de lo que se iban a poner el sábado. Algunas nos espiaban de reojo. Nosotros estábamos en otra. No les aguantábamos la mirada. Unos boludos que se contaban los pelos de la barba. Andábamos a los golpes, haciendo chistes tontos, buscando cómo molestar al otro. Mientras, las chicas crecían, se redondeaban. Todo aquello fue lindo. Todo fue realmente lindo hasta el cumpleaños de Marita. Era linda Marita. Nos gustaba a todos. A todos no sé. A nosotros dos seguro.

Veintiséis de octubre. Era el día. A mí y a Beto nos alcanzó mi viejo. Vos vivías cerca y del Tano la verdad que no me acuerdo. Por suerte nos habían puesto a todos juntos en un rincón, lejos de las miradas y con la ventaja de poder ver sin ser vistos. Mesa dieciséis. Todo estaba lindo, pero quedaban dos sillas vacías en la dieciséis. Pensamos en algún otro compañero invitado. Repasamos la lista de los que conocíamos y no quedaba nadie. No duró mucho el juego de adivinanzas. Llegó la comida, la música y ya no importaron los huecos de los ausentes.

Pero al rato cayeron los dueños de esas sillas y todo cambió. Los dos del Nacional. Un año más grandes que nosotros. Nunca se nos hubiera ocurrido. Los que nos dejaban sin una mina. Me acuerdo de tu cara, te los querías comer. El aire cambió, todo se puso tenso, como a punto de cortarse, de explotar. Cruzar una mirada con ellos era declarar la guerra. Ya no fue lindo. Encima se decía que uno, Aldazabal, andaba atrás de Marita, y viste cómo eran las chicas con los más grandes. Marita lo veía y se le multiplicaba esa sonrisa tan linda que tenía. Y él lo único que hacía era mirarle las tetas. Un sucio. Si era un ángel. Esos ojos. Te miraba una vez y chau, te perdías. Y ese turro le miraba las tetas. A vos también te daba bronca, no me lo podés negar.

Y llegó el momento del vals. La oportunidad de verla de cerca. A mí me temblaban las piernas. Nos pusimos en la cola. Me acuerdo que vos fuiste primero, siempre seguro.  

La agarraste de la cintura y se reían. Nunca me dijiste de qué se reían. Me dio un poco de envidia. Pero como buen tipo que eras, me buscaste con la mirada y me ofreciste la mano de la princesa. Era mi momento.

Apenas pude dar un par de pasos. Fue como si me hubiese atropellado un camión. Caí entre la gente. Cuando me quise acordar vos estabas tratando de levantarme. No podía mover el brazo. Ese turro del Nacional, Aldazabal, me había pasado por encima y ahora bailaba con Marita. Ni se dio ni vuelta. La agarró y se puso a bailar. Creo que ella tampoco se dio cuenta. Me tuvo que ir a buscar mi viejo. Una vergüenza.

El médico le dijo a papá que había sido una mala caída, pero que no había fractura. Dos o tres semanas de yeso y listo. Pero la verdad yo estaba todo roto. No quería volver a ver a nadie. Sólo tenía en mi cabeza la sonrisa triunfante de Aldazabal y las risas escondidas de quienes presenciaron mi desgracia. Creo que solo el odio me mantuvo vivo. Mi cabeza ideó mil muertes para mi enemigo, mil formas de hacerlo desaparecer del mundo, como si eso pudiese volver el tiempo atrás y devolverme mi baile con Marita.

No me da culpa confesarte que se me escapó una sonrisa cuando llegó la noticia del accidente. Un choque tremendo. No quedó casi nada del Opel que le había regalado su viejo para los dieciocho. Me acuerdo que más de una vez te frené la mano para que no le pegaras un piedrazo cuando pasaban por la puerta de nuestro colegio canchereando. Porque a vos también te daba bronca. A vos también te gustaba Marita. Nunca me lo dijiste para no hacerme sufrir, porque eras mi amigo.

Lo que no sabés es que unos años después, cuando volvía del laburo te vi desde el tren de la mano con ella. Entiendo que la distancia te sacó la culpa. Vi cómo se besaban. Te odié mucho. Tardé un tiempo largo en perdonarte. Casi estabas en la categoría de Aldazabal, pero a vos no te podía desear una muerte desgraciada. Eras mi amigo, la vida nos había llevado por distintos lados. A vos te dejó cerca de Marita, a mi aquel veintiséis de octubre me había empujado fuera de la vida. Fuera de toda posibilidad de ser feliz. Tardé en aceptarlo, pero no tenías por qué darme ninguna explicación y yo no tenía derecho a pedirla.

Siempre tuve ganas de contarte que te había perdonado. Pero no te contesté los llamados ni las invitaciones porque no quería compartir con nadie ni un momento en el que se recordara mi desgracia como una anécdota de viejos borrachos. No quería

que volviese todo aquello. No quería revivir mi odio hacia Aldazabal, porque a él nunca lo perdoné.

Y justo ahora que me decidí a buscarte te me morís. Lo que es el destino. También en un accidente horrible. Yo te busqué para contarte que te había perdonado. Quería contarte muchas otras cosas de mi vida. Cómo fue reconstruir todo a la sombra del odio. Años con el barro hasta las rodillas, esquivando las miradas, muriendo de miedo a quedar expuesto a la vergüenza. En cada esquina el miedo de caer entre la gente. Me llevó mucho tiempo, pero lo logré. Y de ahí en más todo fue más fácil.

Pero sobre todo quería contarte lo fácil que es hacer un corte chiquito, imperceptible, en una manguera de frenos con un cuchillito como este… -.

El hombre en cuclillas que no aparta la vista del suelo, deja el objeto brillante sobre la tumba fresca y se pone de pie. Pronto su silueta triste se pierde entre los árboles del cementerio, en las sombras oblicuas de la media tarde.

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