Elogio del fracaso

Este texto intenta dejar constancia y, en lo posible, hacer justicia (intento destinado de antemano al fracaso del olvido) sobre la existencia de una casta, de un grupo para nada privilegiado que habita estas tierras mucho antes de que algún aspirante a profeta anduviese gastando sandalias por las áridas tierras bíblicas. Un grupo notablemente esforzado, dedicado a empresas cercanas  a lo épico y que hizo un culto de la constancia  y de un método envidiables para fracasar en todo aquello que intentaron.

De nada vale buscar sus nombres en las vastas enciclopedias, tarea propia que podría emprender cualquier miembro de este selecto grupo. Para poder reconocer su histórica presencia existe un método sumamente sencillo, que consiste en rastrear en cualquier ciudad, pueblo o aldea cercana aquellas marcas que dejaron sus en ocasiones trágicos intentos de trascendencia. Aquí y allá nos dejan su rastro con orgullo, en ruinas que nos hablan de su irremediable y demencial sentido del infortunio.

Se rumorea que alguna vez intentaron formar una especie de sociedad secreta que se dedicara a dejar en sus rastros la plena vivencia de la ilusión truncada y que cada fracaso dejara en su sitio de catástrofe una marca reconocible por el resto de los conjurados, y que aquello se convirtiera en un sitio de culto para su estirpe. De más está detallar el fracaso de la organización  de aquella sociedad de soñadores. Al parecer cada una de las invitaciones enviadas secretamente a sus potenciales iniciados llevaba direcciones diferentes, por lo que aquella primera reunión para sentar las bases de su poético proyecto nunca pudo llevarse a cabo. En consonancia también quedó en la nada misma la idea de una marca distintiva del fracaso.

Se sabe que lo han intentado todo, y se sospecha que en algunas excepcionales ocasiones consiguieron cierto éxito en sus empresas, pero la sola idea de notoriedad se convertía en una potencial traición para sus colegas, lo que hacía que se llevaran el secreto de su éxito hasta la muerte. Nada más indigno y vergonzoso que la exposición del éxito, sabiendo que entre los envidiosos espectadores habría en toda ocasión al menos un par de conjurados que observarían con melancólica tristeza la pérdida de uno de sus aliados, y se alejarían del desdichado compadeciéndose de su éxito. Nadie podrá negar tanto su valentía como su irremediable falta del sentido de la oportunidad, combinada con la mala sombra de un destino afecto a jugar bromas de mal gusto en los momentos claves que marcaban el fracaso seguro de cualquier empresa.

Amores imposibles, construcciones irrisorias, viajes inalcanzables, doctrinas y religiones impracticables, inventos sin ningún tipo de sentido práctico, novelas que dejarían a Proust en el olvido;  todos los intentos fueron su credo y su razón de ser, en la que muchos dejaron sus cenizas. Mientras que otros tantos, ante la impavidez de la derrota, se retiraron dignamente y en silencio (en ocasiones antes de que llegara la policía, los bomberos o la ambulancia del hospital psiquiátrico), con sus manos hundidas en los bolsillos, con sus ojos desconcertados buscando la explicación del fracaso entre los escombros, sólo hasta que otra idea brillante les inundara la voluntad y los empujara a un nuevo delirio.

Ellos están cobijados en el olvido y en la risa de los triunfadores y sus ejércitos de adulones. Suelen a menudo arrastrar en sus desgracias a las gentes de buen corazón que se apiadan de sus derrotas y que no hacen más que ahogarse con ellos en el mismo remolino de la derrota. Pero más allá de sus conductas a veces cercanas al crimen, siempre se les reconocerá por su valentía, su sentido épico del fracaso, su frente alta ante el infortunio y la incomprensión.

Dejo testimonio de su existencia, sabiéndome orgulloso poseedor de su sangre y de su ímpetu, siendo quien escribe víctima de humillantes derrotas deportivas, económicas y amorosas, pero siempre superadas de pie, sabiéndome diferente de los simples mortales, orgullo que en este momento me ha llevado hasta la guardia del hospital en la que seguramente enyesarán mi tobillo izquierdo, quien no entendió de la limitaciones de la física y de la edad e intentó una jugada maradoniana con la que el dos del equipo contrario no estuvo muy de acuerdo.

Espero que mi testimonio sea camino para las futuras generaciones de fracasadores seriales, para que sigan construyendo ilusiones sobre las bases románticas e incurables de la belleza del sueño imposible.

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