La leyenda del que no duerme

Se cuenta que el brazo del rey rodeaba la cintura amable de la reina. También se cuenta que aquel brazo cruento en la batalla de pronto cobró un peso y una frialdad singular. La reina despertó. Sus besos tibios y preocupados no alcanzaron. Dicen que sus gritos erizaron las pieles de los confines del reino. De inmediato aparecieron súbditos y guardianes. Desentendida de sus vestiduras, ella gritaba sobre el cuerpo dormido del rey, que parecía ya lejos de allí.

Fueron convocados los curadores oficiales del reino, quienes descubrieron bajo la piel de mármol un leve hilo que lo unía a la vida. Pero nadie supo cómo traerlo de regreso. Luego fue el turno de los sacerdotes menores y los druidas, por último fueron las viejas que curaban los males de la pobreza. La escena fue dramáticamente idéntica: el fracaso, la furia, la sangre. Los cuerpos arrojados desde la torre se mezclaron en un túmulo que no reconoció jerarquías ni honores. Cuando se terminaban los caminos, la daga amenazante de la reina escuchó un nombre impensado: el desterrado, el que ve más allá de los sueños, el no querido en ningún mundo posible.

La guardia real partió en su búsqueda. Sus voces urgentes y sus espadas arrancaron pronto su paradero: el confín de la Ciudad de las Sombras. La guardia debió atravesarla y pagar el tributo en hombres y precioso tiempo con aquel atrevimiento. Sólo un puñado llegó a destino.

Lo encontraron montado sobre su caballo, esperándolos.  Las armas buscaron refugio ante la oscura presencia del que había quebrado la indulgencia de todos los reinos conocidos. Antes de emprender la marcha sólo pidió que nadie se durmiera en su presencia. No todos pudieron obedecer… El regreso no tuvo descanso ni resistencia alguna. La ciudad de las sombras se ocultó ante su paso; los infranqueables bosques cerraron su vida, los caminos ofrecieron todas sus bondades con tal de convivir lo menos posible con el maldito.

La ciudad completa se encontró con un ser despreciable, pero el amor por su rey los obligaba a aceptar su presencia. Atravesó el alma de todos como una  estaca de hielo. El sufrimiento terminó cuando las pesadas puertas del castillo se cerraron a sus espaldas; la espera dejaría a todos al borde del olvido. Al fin el desterrado se presentó ante la reina. Dicen que en aquel encuentro fue el visitante quien no pudo evitar que sus pies retrocedieran. La imagen de aquella mujer y su mirada reflejada en la sangre de la daga que ya era parte de su mano diluyeron las palabras. El oscuro llegó hasta el cuerpo dormido del rey y extendió su mano; no tardó en descubrir el origen de aquel mal. La misma mano enfrentó los ojos de la reina y transmitió la sentencia. Salvar el alma de su amado implicaba un largo viaje. Allá donde las aguas se perdían en los cielos estaba la única esperanza, la otra punta de la cuerda y la mano que tiraba de la vida del rey, la que se había filtrado en sus sueños para labrar un conjuro indescifrable. El agradecimiento de la reina se diluyó en la urgencia de la partida. La figura del desterrado fue empujada al olvido,  pero en su camino rasgó las pesadillas de unos cuantos, incluido las del rey, quien andaba sin rumbo por tierras sin nombre ahora acorralado por el terror.

Con la guardia diezmada tras el rastro del desterrado, la reina confió el cuidado del rey a los pocos sobrevivientes, únicos dignos de su confianza; ella se puso al frente del grueso de una tropa sólo acostumbrada a la determinación y crueldad de un hombre de mando. La desconfianza hacia aquella mujercita sólo duró dos cabezas rodando a los pies de los caballos. Todos declinaron ante su determinación y se pusieron en marcha.

El camino hacia el mar sería arduo. Las crónicas oficiales cuentan que el paso de la reina fue firme y despiadado; todo lo que implicara un freno de su andar se resolvía con sangre, propia o ajena. Hasta que al fin el primer gran obstáculo frenó su vértigo: el mar le mostró su rostro impasible. Allí su espada no alcanzó, entonces fue el oro el camino. Las arcas del reino hablaron y pronto una flota estuvo a su disposición. Los vientos del otoño parecían haber recibido su parte. Empujaron a la flota mar adentro durante incontables jornadas, hasta que decidió abandonarlos. A merced de las corrientes, la marcha se hizo lenta. Las espaldas de los remeros sangraron la impaciencia de la reina. El sol y la sed quebraron las voluntades y los cuerpos. Noche tras noche la flota disminuía, hasta que solo un barco habitó el desierto.

Abandonada, ya sin sangre que usar como castigo, cuentan que la reina cerró sus ojos con la ilusión de encontrarse por última vez con su amor. Pero el desterrado le habló. Ella reconoció su voz, pero su figura era otra, quizás la verdadera. Bello y luminoso, extendió su mano. La despojó de su daga y la envolvió en un torbellino dulce y tibio. La reina se resistía. Ni los sueños la podían apartar de su obsesión, pero ya no tenía fuerzas. La voz le pedía que entregase el fondo de sus deseos para conocer el camino, bajo la promesa de reencontrarse con la vida arrebatada del rey. Ella aceptó.

El desterrado atravesó su esencia sin piedad, la llevó al límite de sus miedos, le mostró la profundidad de la desesperación, lamió cada hueco de su alma, le mostró el verdadero rostro de las cosas; la reina, al borde de la locura y el dolor, imploraba piedad.

Cuando al fin pudo ver, ya sin noción del mundo que la rodeaba, las lágrimas del rey humedecían sus manos. Intentó incorporarse. Su cuerpo parecía no estar allí. Descubrió con desesperación la que alguna vez había sido su mano inflexible, ahora traslúcida y vestida de fragilidad. Buscó en los ojos del rey una respuesta que la tristeza le ocultó. Ella volvió a cerrar sus ojos, deseando que todo aquello fuese una pesadilla.

Las crónicas oficiales cuentan que la reina una mañana no despertó, que la desesperación del rey lo hizo recurrir a todo lo que estuvo a su alcance para recuperarla, hasta aquello prohibido por las leyes. Durante veinte años aquel hombre desesperado, por consejo del ser más despreciable del reino, llegó hasta las ciudades del otro lado del mar en busca del extremo del conjuro que le había arrebatado a su amor. Veinte años le llevó regresar derrotado a su lado sólo para presenciar el último aliento de quien, envuelta en la bruma de lo que siempre creyó un mundo en el que su palabra otorgaba la vida y la muerte a su antojo, lo dejaba solo en el mundo.

Dicen que la reina, luego de haber dormido por décadas, de haber soñado una desesperada aventura por salvar a su amado, en un último y desmesurado suspiro, mencionó el nombre secreto del único ser que realmente había conocido su alma.

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