El mundo en mis ojos

Let me show you the world in my eyes

Depeche Mode

No puedo considerar una casualidad que sus miradas se cruzaran por primera vez en una librería. El encuentro era inevitable. Él y sus ojos de luz mortecina; ella y su mirada capaz de absorber las maravillas del mundo. Él no podía creer que aquella belleza extraña perteneciera al  mismo mundo repleto de inmundicias monstruosas que su mente solía frecuentar. Ella intuyó en esos ojos  desesperadamente apasionados la necesidad de un remanso, de un oasis en el infierno. Sintió que sólo su mano podía llevarlo allí.

Definitivamente los encuentros dejaron de lado la fortuna y se hicieron cada vez más frecuentes. Las sonrisas tímidas dieron paso a breves saludos, luego estos cedieron a comentarios casuales, hasta que por fin una mesa de café los juntó en una apasionante charla sin horas.

Pero sepan los ocasionales lectores que lo que aquí resumo en un acercamiento casi novelesco fue sólo el desenlace de un tiempo de largos insomnios repletos de posibles encuentros y desencuentros definitivos, de idas y vueltas cargadas de esperas. Lo que en ella eran encuentros cargados de magia y romance, en él fueron horas de sufrimiento y angustia que solo admitían el rechazo o el desencuentro definitivo.

Cuando al fin las barreras se rompieron ya nada de este mundo pudo separarlos. Dos campos de batalla alimentaron la pasión. En orden indistinto, el combate se libraba en uno u otro terreno como consecuencia de haber luchado despiadadamente en el otro. Resultaba notable que la misma pasión literaria que los mantenía vivos pudiera enfrentarlos. Ella lo veía todo desde su torre inexpugnable de marfil y cristal, donde cada ser pertenecía a una esfera totalmente ajena a las leyes naturales. Bajo su mirada el simple mundo de los mortales parecía inerte. En sus ojos el sol siempre brillaba en las armaduras de los más notables caballeros, y sólo se opacaba con la silueta de algún majestuoso dragón que surcaba aquellos cielos de oro y terciopelo.

Él no podía concebir en su mundo de monstruos abominables seres tan puros y abnegados. En sus tierras alimentadas por la más profunda miseria humana, el odio y el resentimiento tomaban forma en los personajes más siniestros, siempre marcados por la despiadada realidad de un mundo que los marginaba a laberintos de los que solo era posible con sangre en las manos. Cuando él defendía encendido a sus bestias, ella sentía cierto temor, pero a la vez una profunda ternura por quien consideraba tan bellamente idealista. Como siempre, aquellas batallas épicas de ideas y convicciones terminaba cuando la misma pasión con la que se defendían se apoderaba de sus cuerpos. Ella podía llevarlo hasta lo más alto; él se aferraba ese bello cuerpo para no caer del todo en el abismo insondable de la locura.

El tiempo separados era sufrimiento, entonces decidieron compartir también un techo, con la única condición de mantener sus templos de escritura aislados del otro. Entonces el amor encendido sólo se interrumpía por la intervención súbita de ese misterio llamado inspiración y que los hacía recluirse en sus propios reinos sin que el otro sintiera el más mínimo recelo. Ella volvía a sus dominios desbordada de poesía, siempre con la ilusión de un pronto encuentro con su amante. Su pluma flotaba mágicamente sobre el papel. Él volvía a sus oscuros laberintos en donde su sombría mano volvía a cincelar dolor y muerte. Sabía que cada encuentro con aquella luz podría ser el último, y que no por mucho tiempo podría detener la misma naturaleza destructiva que alimentaba sus páginas.

Y de pronto el mundo con su monstruosa maquinaria encontró una fisura para modificar definitivamente sus vidas. Sus historias fantásticas habían sido muy bien recibidas por una editorial. Le proponían su publicación, y le aseguraban  un casi inmediato rédito económico. La felicidad de la pequeña princesa fue compartida a medias por su compañero. Él recibió la noticia y fingió una alegría que apenas pudo dibujar en su rostro, pero en su interior mantenía una postura inquebrantable con lo que él consideraba un negocio que no apreciaba el verdadero valor literario de una obra. Esos buitres sólo alimentaban sus bolsillos con obras que no brindaban nada bueno a lectores. Él había sufrido esa incomprensión en incontables intentos por publicar sus escritos, por lo que había desistido en sus intentos. Nadie comprendía su talento. Pero por supuesto no compartió tan tajante postura con su amada, a quien no quiso derrumbar su ilusión con sus brutales argumentos.

Y al fin el  éxito sus vidas. Aquellas historias fantásticas se vendían por miles y el público esperaba con ansias cada nueva entrega. La voracidad del mercado pedía más y brindaba riquezas inimaginables. Pronto su humilde hogar compartido se convirtió en una formidable mansión en un lugar no menos soñado, que mantenía la condición original de sus refugios únicos para seguir con sus escritos. La única diferencia era en que ahora se encontraban en los extremos opuestos de aquella laberíntica mansión. Pero esa distancia no era la verdadera muralla que comenzaba a separarlos. Los compromisos hicieron de sus vidas se alejaran sin remedio.

Mientras tanto, la soledad hacía su trabajo en la mente atormentada del escritor. Su imaginación se pobló de fantasmas que susurraban desconfianza y odio sin fundamentos hacia una mujer que seguía amándolo, pero que estaba atrapada en la telaraña dulce de un éxito que devoraba su vida. En sus largas esperas él llenó sus páginas de un odio alimentado por la abundancia de alcohol, que no hizo otra cosa que agigantar sus monstruos y hacerlos dueños absolutos de sus horas, hasta que sintió que todo aquello debía terminar.

Sus últimos escritos habían alcanzado el nivel de oscuridad tan ansiada, algo que ni él mismo podía percibir y que comprobó con malvado placer cuando su amada, en una de sus breves estancias en su hogar, leyó sus últimas páginas con cierto temor y preocupación. Sintió que el mismo infierno se reflejaba en esos escritos, y sugirió temerosa que debía controlar de alguna manera sus obsesiones. Pero no encontró oídos que escucharan lo que tenía para decirle. Aquel era un ser que por primera vez se mostraba ante ella despreciable.

Ella se retiró envuelta en un silencio triste a su refugio. Sus historias reclamaban finales urgentes y debía cumplir lo pactado con los nuevos dueños de su imaginación, mientras que sus personajes perdían página tras página la frescura de sus sueños. Él se quedó solo en la gran sala, en una completa oscuridad interrumpida por los relámpagos de una tormenta que se aproximaba montada en nerviosas ráfagas. No había más que decir.

Él regresó a su refugio preso de sus sombras. Buscó amparo en la última botella de whisky que pronto también se mostró tan vacía como su alma. Entonces decidió volcar la poca humanidad que le quedaba en sus páginas definitivas. Tomó sus últimas líneas, escritas en la más absoluta desesperación, que pedían un final los suficientemente atroz como para que el mundo reconociese en él, de una u otra forma, de lo que era capaz.

En su última creación había combinado en uno solo a los seres más siniestros, a los perversos, a los olvidados que saltaban a la vidriera del mundo de la mano de sus atrocidades. Pero como siempre era una historia inconclusa. Se necesitaba de un alma pura, buena, un héroe o un mártir reconocido y amado por todos que alimentara la voracidad de sus monstruos o que los desterrara para siempre. En su desesperación, recordó a uno que detestaba especialmente, uno que recorría muy a menudo las exitosas páginas de las novelas de Laura. Aquel ser refinado, altruista hasta el aburrimiento, el conde Ormand, encajaba perfecto en su nueva historia. No se detuvo a pensar ni un segundo en las consecuencias y encaminó su relato hasta el mismísimo corazón del reino del conde, con la intención de redimir sus fracasos bebiendo la sangre del héroe. Y el asesino por fin salió en busca de su víctima.

La madre creadora de reinos fantásticos dormía profundamente sobre sus escritos, como en un vano intento de proteger con su cuerpo a los hijos de su imaginación. Era tarde. La escalofriante sombra del asesino crecía desde el piso del pasillo y tomaba dimensiones abominables sobre la puerta de entrada, recortada por los destellos eléctricos del temporal.

Luego abrir las puertas del reino con infinita paciencia, el monstruo traspuso los límites amparado por la tormenta. Sus ojos se movían con soltura en la más completa oscuridad. Adivinaba cada forma con precisión y no le fue difícil divisar la silueta de su víctima, que dormía el mismo sueño profundo de su madre. La paz que le brindaba su vida intachable se mostraba en su rostro sereno. Se sabía seguro y a salvo de sus enemigos, quienes ya  habían intentado todo para destruirlo. Pero esta vez ese sueño reparador y sin culpas se convirtieron en el peor traidor. La muerte inquieta acechaba al héroe y no tenía tiempo para disfrutar ni siquiera un poco del dolor de su víctima. Necesitaba un golpe certero, luego tendría tiempo para el morboso placer de descuartizar el conde y desparramar sus restos por todo el reino, acción absolutamente necesaria para paralizar el alma de los pobladores y para presagiar lo que tenía planeado con muchos de ellos.

El brazo ejecutor buscó al fin en la altura el impulso necesario para que el puñal se hundiera profundo en el pecho del conde, pero una voz desesperada detuvo el golpe. En un intento por detener al asesino, la madre de todo lo que existía allí quiso imponer con su palabra el poder que le confería ser la creadora. Pero la perversa sagacidad del monstruo sabía que debía cerrar sus oídos a esas palabras, y que no debía mirar a la bella mujer a los ojos, en los que podía perderse definitivamente. Su creador le había advertido sobre aquel extraño poder del que él también era víctima.

El movimiento fue preciso, quirúrgico. El brazo describió un arco en el aire, mientras todo su cuerpo giraba regalando el impulso necesario para dar el golpe mortal. En ese movimiento su mirada apenas se cruzó con aquellos ojos hechiceros que buscaban un por qué a tanto odio. Ese segundo fue suficiente para cargar su oscuro corazón de arrepentimiento y comprobar el poder de la magia que en ese momento estaba destruyendo. Fue sólo un instante antes de que la sangre brotara a lo largo de su cuello. Ella no  pudo articular palabra. Cayó de rodillas y pronto su rostro besó violenta y definitivamente el suelo, a centímetros de los pies del verdugo.

Preso del odio, no cedió tiempo a las dudas y giró para terminar el trabajo que le habían encomendado, el objetivo que lo convertiría al fin en el vencedor de la historia, con el mundo a merced de sus oscuros deseos. Pero el conde Ormand ya había emprendido una furiosa carrera contra el cuerpo del asesino. Tuvo tiempo de acomodar el filo para clavarlo con el mismo impulso del enemigo hasta la empuñadura. El atacante sintió el ardor en sus entrañas, sabía que la estocada era mortal, pero la fuerza de su furia arrastró a ambos hacia el ventanal que no resistió la violencia del impacto.

El abrazo mortal los acompañó en el trayecto del primer piso hasta el suelo, bañados por la violenta tormenta que se había desatado como presagio de la tragedia. Ambos llegaron a su destino mirándose a los ojos, ambos sabiéndose vencidos por distintos motivos. El conde, preso del dolor de haber perdido la mano creadora de la bella madre; el monstruo, inundado por la desazón de haber sido vencido al borde de su victoria definitiva. La intensa lluvia ahogaba el rostro dormido del monstruo. El violento golpe había destrozado sus huesos y sólo se mantenía unido al mundo por un finísimo hilo de vida. El conde no había tenido ni siquiera esa dudosa fortuna. Se encontraba boca abajo, junto al asesino, y su sangre ya se mezclaba con el agua de la tormenta. El verdugo penas pudo abrir los ojos invadidos por la abrumadora y dolorosa confusión que dominaba sus sentidos. Sólo distinguía sombras informes.

La lluvia cesó. Sólo el sonido lejano del agua que se escurría  acompañaba la música oscura de algún trueno que seguía fiel al aguacero. Sus sentidos parecían aclararse de la mano de un dolor que crecía sin medida. No podía mover sus extremidades, pero su vista se aclaró lo suficiente como para divisar unos ojos heridos que lo observaban desde el primer piso, enmarcado por los cristales astillados del ventanal. Pronto esa mirada insoportable que en el fondo parecía redimirlo, se perdió en el cielo tormentoso, como esperando algo, y ese algo pronto se hizo presente. Un sonido estridente perforó sus oídos. Poco importaba qué era aquello, ya no podía defenderse. Pronto todo desapareció en las sombras. Algo ominoso se interponía entre el asesino y la luz de una luna temerosa.

La muerte le dio un minuto más para que conociera qué había del otro lado, en ese mundo que había herido de muerte y en el que sus leyes mortales quedaban de rodillas. Sólo llegó a divisar unos ojos encendidos que los traspasaban sólo con su furia y un soplido caliente que cargaba con la fuerza inmemorial del mismo miedo humano. No pudo soportar tanto poder. El asesino cerró los ojos invadido por el mismo terror por el que había vivido. Ya no tuvo fuerzas para ver cómo el dragón batía sus alas y levantaba vuelo con el cuerpo del conde delicadamente tomado entre sus garras. Tampoco vio que detuvo su vuelo en el  de vidrios destrozados y tomó con la misma delicadeza el cuerpo de la madre de aquel reino en el que todo era posible.

El monstruo alado al fin se alejó y perdió su forma entre las nubes de la tormenta, seguramente en busca de un lugar donde ambos cuerpos pudiesen descansar.

Las luces del día dejarían al descubierto una escena horrorosa e incomprensible. Los diarios se encargarían de alimentar incógnitas a partir de la aparición del cuerpo de un desconocido escritor, quien había tomado cierta notoriedad cuando se había unido en matrimonio con con la escritora del momento. Aparentemente su afición al alcohol y sus reiterados fracasos editoriales lo habían conducido al suicidio.

Pero lo verdaderamente misterioso, lo que despertó miles de hipótesis, fue la desaparición de la afamada escritora, de la que nunca volvió a conocerse su paradero y de la que solo quedaron los manuscritos de su obra póstuma que, como suele suceder cuando el morbo y los hábiles publicistas entran en escena, en poco meses rompería records de venta y no mucho tiempo después sería llevado con el mismo éxito al cine. Pero aún más inquietante fue encontrar esos manuscritos desparramados en el estudio de la mujer, desde donde en apariencia se había arrojado su marido, muchos de ellos de dificultosa lectura por la presencia de abundantes e inexplicables manchas de sangre.

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