Treinta y tres

No importaba el calor de un verano que asomaba impiadoso. El saco negro, impecable, siempre estaba allí, enmarcando sus hombros. Tampoco importaba que los años ya no permitieran reconciliar a los botones con sus respectivos ojales.

Trepó del calor pegajoso del subte al infierno de la calle, a los nuevos vapores y a una sensación nerviosa que flotaba en el aire desde hacía unos cuantos días. Se notaba la crispación en cada paso apretado, en cada mirada nerviosa que buscaba en las baldosas un dinero que se esfumaba demasiado rápido. Algo flotaba en el ambiente, algo presionaba. El hombre de negro olía eso y no ocultaba cierto entusiasmo.

Caminó dos cuadras bajo un sol demoledor para cualquier mortal. Entretenía su fatigoso andar mirando los negocios que cambiaban sus fachadas o cerraban sus puertas. Intentaba recordar que había antes en tal o cual local. Volvió a sonreír pensando irónicamente en las grietas que se ocultaban detrás de los nuevos decorados.

Su destino estaba a la vista. La vieja puerta de bronce sin lustre se ocultaba tras el moho de los años a los ojos de todos y de nadie. La atravesó sin esfuerzo, como si no existiera, siempre con un ojo vigilante a sus espalda. Recorrió un largo y apenas iluminado pasillo que se poblaba de cuando en cuando de seres oscuros ataviados de expedientes. Detrás de alguna puerta entreabierta se adivinaban reuniones secretas. Sabía que no se debía mirar más de lo indispensable. Cualquier intromisión podía transformarse en una sospecha peligrosa en aquel mundo repleto de murmullos. Siguió su camino. Llegó al final del pasillo y descendió por una escalera  que se sumergía en una curva interminable hacia el subsuelo. Otro pasillo, otro descenso, cada vez más sombras y más silencio pintado de ecos lejanos e imprecisos.

Al fin la oficina. La misma durante veinticinco años, desde las épocas de acción incesante en donde el teléfono no dejaba de sonar. Atravesó la puerta y llegó a sus dominios. Lo esperaban allí los mismos estantes repletos de carpetas amarillentas, cajas que apenas soportaban su contenido, el viejo teléfono negro, imponente, en su pequeño trono de madera despintada, dos escritorios; el de la izquierda era el suyo y el de la derecha de su viejo compañero, quien como de costumbre leía el diario con los pies enfundados en medias negras aferradas como garras al borde de un cajón. Sus zapatos asomaban por debajo de su silla y el saco negro colgaba en un perchero sobre su cabeza, impecable, custodiando a su amo.

El recién llegado lo miró resignado. En veinticinco más de cuarenta años no había logrado arrancarle esa costumbre de andar descalzo. Ya no tenía ganas de reprenderlo. Sabía que sus palabras se esfumarían más rápido que el humo del cigarro que se consumía casi virgen en el cenicero. Sabía  que a la hora de actuar el hombre de negro era el mejor, el más limpio, el más certero. Eso era suficiente.

-¿Novedades?- preguntó.

-Pronto- dijo el de negro mientras arrojaba el periódico ante la vista de su compañero. Éste miró con desinterés fingido la tapa. No quería reconocer que su amigo parecía tener razón esta vez. Sin decir palabra colgó su saco y se sentó con aire pesimista.

-¿Contaste las veces que todo estuvo por explotar?-. Su compañero negó con la cabeza. El de gris contestó por él.

-No menos de veinte ¿Cómo terminó todo? un par de tiros, gases, dos o tres en cana y todo el resto se esconde. Estos no son como las ratas que corríamos nosotros ¿te acordás?-.

Los ojos del de negro se iluminaron con el recuerdo de los buenos tiempos. No necesitaba palabras para rememorar aquellos días en los que salían sin horario, en busca de esos miserables que se camuflaban entre el ciudadano común para evitar las balas que muchas veces se llevaban al hombre equivocado. “Era una guerra… ellos o nosotros”.

-Nunca va a ser lo mismo- dijo al fin, con la voz inundada de oscuro tabaco – pero me conformo con un poco de revoleo-.

El de gris asintió. “Cargarnos un par”, pensó, “llevarlos a dar una vueltita”. Su mirada recorrió por un momento todos aquellos estantes polvorientos. En cada carpeta datos y más datos de sospechosos, informes de operativos, interrogatorios. Miles de rostros que recordaba borrosos, algunos cientos más claros sólo porque la mirada del ajusticiado quedaba pegada en la retina, los muertos que se fueron viendo la sonrisa burlona de ese hombre de negro cuando apoyaba su arma en la frente de la víctima.

Y en medio de aquella ensoñación irrumpió la estridencia del viejo teléfono.

Se miraron. Ambos esperaban que el otro contestara la llamada. Cuando la incredulidad soltó sus cuerpos, el de negro hizo una reverencia burlona para que el de gris se hiciese cargo. Se sabía triunfante sobre el pesimismo de su compañero. El otro tomó por fin el teléfono,  mientras adoptaba una postura y un tono marcial.

-Señor- dijo, atento a los requerimientos de la voz.

-Si señor- repitió en varias ocasiones mientras hacía gestos a su compañero. Conocía a la perfección cada seña, y en ellas adivinó la urgencia; el dedo índice apuntado a su cabeza y el pulgar a manera de gatillo dijeron el resto.

-Avenida de Mayo… enseguida… perfecto… que llegue el mensaje… víctimas… un informe detallado… Cuente con eso-.

Colgó. El de gris sonrió ante el entusiasmo casi adolescente del hombre de negro mientras de colocaba  saco y  los zapatos y enfundaba a su vieja compañera en la sobaquera, no sin antes acariciarla como al cuerpo de una amante. Cuando al fin cruzaron miradas el de gris dijo:

-Tenías razón. Reventó el hormiguero. Quieren cargarse un par de ratas que están haciendo mucho ruido. Vamos, hacemos lo nuestro y volamos-.

Ya en la puerta, el hombre de gris  se detuvo.

-Esperá- dijo, mientras volvía en un corto trote hacia su escritorio y revolvía unos papeles.

-Haceme acordar de conseguir una carpeta y los papeles que usábamos para los informes que nos pide siempre- dijo,  mientras señalaba con temerosa solemnidad hacia el suelo. El de negro asintió impaciente y apuró la salida:

-Dale, nos vamos a perder lo mejor-

-Sabés que nos pide detalles, números- le recordó el de gris, mientras anotaba en un pequeño trozo de papel blanco fecha y hora de salida.

Al fin ambos desandaron el camino hacia la puerta de bronce. Subieron las interminables escaleras desde el subsuelo y emergieron desde las profundidades del viejo edificio como dos espectros. El largo pasillo hervía de funcionarios que iban y venían en un frenesí enloquecido. Papeles y gritos llenaban el aire de un entusiasmo eléctrico. Algo los había despertado de su letargo. Pero nadie reparó en aquellos hombres oscuros que, con gesto seco e inmutable, salían a hacer su trabajo.

La calle trajo a sus ojos un mundo aún más alterado: sirenas, gritos y estallidos fueron el prólogo de una masa descontrolada, sumergida en el caos. Una erupción de seres vomitaba su furia contra todo lo que representara el motivo de su odio.

Ya en la avenida, parados en medio de aquel río de locura, comprobaron con entusiasmo que la fiesta había comenzado. A un gesto del hombre de gris ambos entraron en acción. Se ubicaron detrás de los agentes que empuñaban las armas de fuego e hicieron su trabajo. Sólo era cuestión de dirigir la puntería de los brazos armados hacia blancos fáciles, susurrar las palabras exactas para infundir el valor suficiente a los gatillos, encargarse de que las balas dieran en los lugares apropiados. Al ritmo de una danza macabra que conocían bien, ambos se movieron en aquel infierno como si estuvieran en su propia casa.

En cuestión de horas la masa se había desintegrado presa del terror. Varios cuerpos malheridos o ya sin vida eran socorridos por propios y extraños en medio de toda aquella locura. Ya era suficiente. La experiencia de los ejecutores dictaba que era suficiente. Ya nada quedaba en pie. En medio de aquel desierto de fuego y sangre  por fin el hombre de negro hizo lo que tanto deseaba: arrojó sus zapatos en medio de la calle.

-Listo- dijo -terminamos-

Su compañero reconoció con una sonrisa que tenía razón, aunque a ambos sabían que les hubiese gustado seguir un poco más, sólo un poco.

Al fin el saco gris cayó junto a los zapatos y a uno de los cuerpos que regaban con su sangre el asfalto gris y caliente de diciembre. Sus camisas impecables ya no disimularon dos pares de alas escandalosamente negras que brotaban de sus espaldas y que los impulsaron hacia los techos de la avenida principal. Con las garras aferradas a un barandal de hierro, los ángeles infernales fueron privilegiados espectadores de cómo las almas de las víctimas se desprendían de su traje mortal y revoloteaban confundidas ganando altura.

-¿Cuántos contaste?- preguntó el de negro.

-Como 20- contestó.

-¿Seguro? yo conté 13-

-Uno más uno menos- dijo el de negro ante la insistencia de un número exacto.

-Acordate que hay que poner todo en el informe- le reprochó el viejo demonio gris.

Nuevamente las alas se desplegaron, regando el suelo con sus sombras tristes y definitivas. Ambos partieron en un vuelo que se entremezcló con el de las treinta y tres almas que se alejaban de la carne muerta.

El ángel negro y el ángel gris volaron en un círculo apretado, cerca de los inocentes, haciendo ostentación de sus filosas garras y sus verdaderos  rostros.  Luego desaparecieron rumbo a su guarida y, en ese corto vuelo, antes de posarse nuevamente sobre el asfalto gris y rojo, recobraron su forma humana. Sólo restaba informar a sus superiores sobre el éxito de la misión y sentarse a esperar con paciencia una nueva llamada que les permitiera soltar los horrores que guardaban con recelo para esos despreciables herederos de una tierra inmerecida.

 

Imagen – Represión policial – Juan Ramón Ávalos

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