Naturaleza humana

El aguacero inoportuno los juntó en el andén de la vieja estación. Uno buscaba sacarse el frío que le abrazaba los huesos, el otro un refugio para su mercancía.

Al viejo Cosme no le costaba ponerse de mal humor cuando algo interrumpía su rutina. Solía cumplir con sus entregas, pero esa mañana cruzaron por el pueblo unas espesas nubes que aplacaron la polvareda y contrariaron al hombre. Para cuidar sus monturas recién reparadas para la estancia de Acuña y el juego de riendas nuevo para el hijo del gringo, no le quedó otra que acomodar su carro en el alero y su cuerpo en la sala de espera de la estación. Allí, como siempre, encontró dormitando a Santiago, viejo y gastado como el pueblo. Siempre algún vecino lo depositaba allí para que recuperara al menos en un lugar cubierto la poca dignidad que la bebida aun no la había arrebatado.

Pero también encontró también algo que no esperaba. A un par de metros, en la penumbra húmeda, unos ojos duros de hambre y frío querían pasar desapercibidos. Y al viejo se le corrió un poquito el alma de lugar, y sintió una compasión que creía perdida en el hueco de los años.

Asomó apenas la cabeza por la puerta para ver cómo seguía la cosa afuera y comprobó molesto que el chaparrón lo retendría allí un rato más. Luego se arrimó a Santiago y lo sacudió un poco, sólo para comprobar que la muerte no se había atrevido a llevarlo en tan indigna situación. Entre los vapores de ginebra el viejo distinguió la figura de don Cosme. Le mostró su sonrisa ahuecada el breve instante en el que pudo mantener sus ojos abiertos y se entregó nuevamente al sueño.

Luego don Cosme se arrimó al pequeño cuerpo anudado en un rincón, protegido por las sombras. El muchacho, acostumbrado al maltrato y al desprecio, le pareció que ese gigante parado frente a él venía a echarlo. Recogió las piernas, deslizó su espalda por la pared y, siempre vigilante, pasó por un costado sin decir palabra. Cosme lo dejó, siguió sus pasos mezclados con el agua que escurrían los techos y sin darse vuelta, le preguntó:

– ¿Tenés hambre? -.

Negó con un tímido movimiento y siguió su camino. Entonces Cosme se sentó y sacó de su bolsillo una bolsa con galletas secas, de las que siempre llevaba en sus recorridos para cuando se hacía largo el regreso a casa. El chico escuchó con el estómago el sonido de la primera galleta partida en dos. Ya no era dueño de sus pies. Se quedó en el vano de la entrada. Pero la vida le había enseñado los bordes ásperos del desprecio y la tajante dureza de la bondad que traía intenciones oscuras. Su piel desconfiaba y odiaba. Ya había sido víctima de la bondad de pronto oscurecida con caricias. Y la única que sabía aconsejarlo era aquella sombra que nunca lo abandonaba y que dictaba los pasos de un odio que se cocinaba lento.

Pasó junto al joven y unos metros más adelante revisó el cielo. Cuando comprobó que ya podía volver a su rutina, giró un poco su cabeza y estiró el brazo para dejar la bolsa de galletas a la vista del muchacho.

Don Cosme retomó su andar dejando el tesoro sobre una pila de maderas. Cruzó la calle.  Revisó que su trabajo estuviese intacto, subió al carro y se perdió lento por el camino que costeaba las vías, rumbo a lo de Acuña. Recién cuando se apagó el sonido de los cascos el chico tomó presuroso la bolsa. Con recelo volvió a su rincón y devoró las galletas.

Cosme terminó su recorrido bien entrado el mediodía, cobró sus reparaciones según lo pactado y, por recomendación del inglés, se dirigió a la chacra de Gauna para retirar algunos correajes que necesitaban reparación. Así funcionaba su sustento. Nunca había sido un virtuoso como los que solía haber en otros tiempos en la provincia, pero sus trabajos se destacaban por resistir la dura tarea del campo. No eran tiempos de filigranas, sino de elementos indispensables para un trabajo cada vez más duro y menos rentable, que no admitía el menor contratiempo. Por eso y por una palabra siempre cumplida, el viejo Cosme, el de las manos callosas, era el más buscado para la reparación y la fabricación de correas y monturas en las interminables leguas del oeste pampeano.

Para ir a lo de Gauna cortó camino por detrás del bañado. Quería llegar a una hora razonable al rancho, comer algo y arrancar la tarea vespertina en el taller. De regreso retomó por el camino de las vías para pasar por la estación. Sólo encontró la bolsa de galletas jugando con la brisa. Siguió rumbo a su casa, distante un par de kilómetros del caserío principal del pueblo. El chaparrón de la mañana dificultaba un poco el andar, los zanjones se desagotaban lentamente en el llano y había que andar con cierto cuidado para no ladearse. A medio camino divisó algo que lo distrajo de la huella. Era demasiado grande para ser un bicho de los que abundaban en la zona. A la distancia se le dibujó una sonrisa cuando comprobó que era el joven de la estación intentando cazar algo que se le escurría entre los juncos del zanjón.

El carro se detuvo a metros del inexperto cazador que entrevió la figura del hombre y se obstinó aún más en conseguir una presa. La frustración iba en aumento. Una violenta torpeza anunciaba sus movimientos a las ranas que parecían burlarse del muchacho, hasta que su último intento grosero lo sumergió en el agua de cabeza. Emergió en medio de un chapoteo desesperado, y la escena arrancó una sonrisa grande del  rostro de Cosme. Una sonrisa perdida en un añoso silencio.

Derrotado, se esforzó por salir digno del agua y  retomar el camino de los álamos. Cosme arrancó y puso el carro a la par del caminante. El viento que ponía a bailar a los viejos árboles le envolvió la piel húmeda. Avanzaba tiritando a un ritmo que le hacía perder el paso. Ese frío se mezcló con un sobresalto cuando sintió la voz pesada del hombre.

– Subí y tapate con esos cueros, este frío es malo – sentenció Cosme, inclinado en el borde del pescante. No tenía alternativa, trepó como pudo y se acurrucó bajo los cueros crudos, en busca del calor. Con el correr de los minutos el temblor soltó sus músculos y entró en un sopor cálido, acompañado por el bailoteo del carro que buscaba la huella firme. El tiempo se le bajó en el camino y la tibieza le trajo un placer somnoliento.

Como la cortesía no tenía cabida en aquellas tierras, un sacudón lo trajo de vuelta. Cosme sacaba las piezas de cuero que lo protegían sin prestarle mucha atención. Pronto se encontró nuevamente desprotegido, pero sus ropas ya estaban secas. Se asomó para ver dónde estaba y descubrió al viejo entrando a su rancho. Ya en la puerta, Cosme se dio vuelta y observó la cabeza de su invitado asomada apenas sobre la parte de atrás de su carro. Sólo hizo un gesto seco invitándolo a entrar. Aquella  era toda la gentileza de la que era capaz.

Cada vez que su pequeño cuerpo debía entrar a un lugar que le resultaba ajeno, la desconfianza le marcaba el paso. Cosme no lo fue a buscar, pero pronto mandó por él. El aroma de un guiso que se calentaba sobre el brasero lo tomó de la nariz y lo arrastró hasta una mesa donde disfrutaría de una de las mejores comidas de su corta y terrible vida.

No hubo ni siquiera una mirada, mucho menos una sonrisa, pero un pacto se había sellado en aquella noche otoñal, una vida silenciosa  que en apariencia beneficiaría a ambos. Así comenzó una larga convivencia en la que a cambio de un plato digno de comida y abrigo por las noches debía mantener aquella casa sencilla en orden y proveer al viejo de lo necesario para que pudiera dedicarse sin interrupciones a su trabajo. El mate siempre listo, las cobijas preparadas por la noche y el piso de tierra siempre prolijo alegraban secretamente al viejo.

A veces, cuando el trabajo era mucho, compartían el recorrido por las estancias. Pedro se encargaba del trabajo pesado y el viejo cerraba los tratos. Y con el tiempo, cuando las manos de Cosme comenzaron a hacerse lentas y debía trabajar más horas para cumplir con los pedidos, su aprendiz hacía el recorrido solo. Decirle aprendiz es sólo una forma de nombrarlo, porque el viejo nunca pudo lograr que terminara un sólo trabajo en el cuero. La impaciencia del anciano para enseñar sumada a la torpeza y la poca voluntad del joven completaban un muro imposible de superar. Pero pronto demostró otras habilidades: el trato con los clientes, de quienes siempre obtenía algún beneficio. A menudo volvía al rancho con una ganancia extra o con más pedidos, montado en una sonrisa triunfal cada vez que le mostraba sus logros al viejo. Pero este siempre le devolvía una mirada sospechosa, mientras le advertía que no debía engañar a nadie, que la palabra estaba ante todo. Intentó mil veces explicarle que sólo convencía a los cliente de pagar lo que realmente valía el trabajo, que él era a quien estafaban los que conocían su buena voluntad y abusaban de ella, pero la necedad del viejo lo llenaba de un enojo que no le permitía hablarle abiertamente. Entonces se iba a volcar sus broncas lejos de allí, cerca de alguna botella siempre dispuesta a nublar el odio. Mientras tanto, la sombra, sosegada por la tranquilidad de los buenos tiempos, esperaba paciente una grieta para sembrar la discordia, resquicio regado por la aparición oportuna del alcohol.

Los años pasaron para ambos. El hombre de las manos hábiles y de los incontables caminos se debilitaba, mientras el muchacho cargaba sus músculos de casi hombre con deseos de nuevos rumbos y experiencias. El tiempo también se llevó la poca paciencia en la que se sostenía su pacto en direcciones opuestas. Cosme reprochaba cada cosa que consideraba fuera de lugar, y lo que más lo irritaba era la actitud cada vez menos sumisa de su protegido, que pronto comenzó a desoír la voz quejosa del viejo. Cuando los huesos de Cosme le anunciaban su retiro, la cantidad de trabajos que terminaba no era la suficiente para llenar dos platos de comida. Pero Pedro seguía usando sus habilidades para conseguir siempre algo más de los clientes en viajes que cada día, de a poco, se extendían un poco más. Ante el pedido a veces violento del viejo dé explicaciones por las frecuentes demoras, aparecieron siempre excusas creíbles, pero que con el tiempo se agotaron, sobre todo cuando los vapores del alcohol acompañaban al viajero en sus regresos nocturnos y el dinero celosamente administrado era cada vez menos.

Llegaron los tiempos en que el viejo Cosme, el mejor talabartero de toda la región, ya no pudo seguir con su labor. Sólo se tendía en su catre largas horas, deseoso de que la muerte lo visitara pronto y terminara con esa indigna condición.

Las ausencias del aprendiz se prolongaban, sólo volvía a tiempo para no dejar al viejo sin comida, situación que acentuaba la vergüenza y el  odio. La sola convivencia de ambos en el rancho producía una tensión insoportable que los alejaba cada día, mientras la sombra consejera agigantaba su poder en el odio sordo del joven. El muchacho deseaba desaparecer, pero un hilo de gratitud cada vez más delgado lo obligaba a cuidar a don Cosme, a la espera también de una solución definitiva. Pero la crueldad del destino le cerró la puerta al desenlace que ambos esperaban, y convirtió a la vieja casa en un recipiente de odios que se desbordaban, alentados de un lado por la vejez senil y por el otro por el vino que suele soltar la lengua de quien se deja envolver por sus engañosas caricias.

Todo se precipitó una madrugada en la que Cosme esperaba como siempre la llegada de su enemigo para insultarlo por la tardanza. Pero esta vez el enemigo no volvió solo. Las risas anunciaban la presencia de una mujer. La puerta del rancho se abrió violentamente para presentarle a Cosme un espectáculo grotesco. Apareció ante él una muchacha semidesnuda, totalmente ebria, que ostentaba el título de nueva habitante del reino. Era una de esas muchachas que solían caer en el prostíbulo de los fondos del pueblo en busca de un pedazo de pan y que traía sobre su piel el olor cientos de manos curtidas por el deseo.

Imposibilitado de toda reacción, Cosme fue testigo del amor de lo que se amaban sin pudor a metros de su catre, como queriendo demostrarle que ya nada de lo que estaba allí le pertenecía. Sólo cerró los ojos, pero no pudo evitar que los sonidos inundaran su cabeza completando aún con más odio su pobre alma. En aquel momento, por primera vez, el viejo también escuchó aquella risa profunda proveniente de las sombras que se burlaba de su vergonzosa condición y parecía incitarlo a una decisión extrema. En esas condiciones debió soportar días enteros, abandonado como un perro, en medio de las botellas vacías que tapizaban el rancho y de la suciedad que todo lo invadía, sólo mal aconsejado por la voz que salía de las sombras y que lo incitaba a una decisión extrema.

Los amantes dormían hasta entrado el día y desaparecían con el sol hasta la madrugada, en donde la pesadilla se repetía noche tras noche. Don Cosme no podía irse de este mundo sin poner las cosas en orden.

Una noche del mes de enero, esas en donde el calor pone grave los ánimos y alienta las tragedias, el viejo decidió juntar fuerzas para levantarse de la cama por última vez. Sabiéndose con tiempo suficiente, se tomó con obligada paciencia el trabajo de limpiar la casa. Debía, mejor dicho necesitaba ver todo en orden, como como en los buenos tiempos. Dos  largas y penosas horas le llevó lavar todo rastro de aquellos seres que habían profanado su lugar con una pasión ahogada en alcohol. Luego se sentó a esperar.

Despuntaba el alba cuando la pareja llegó. El escandaloso alboroto de cada noche se detuvo cuando el joven bajó del carro y, a pesar de tener sus sentidos envueltos por la bruma, notó dos cosas fuera de lo común. La primera una luz encendida en el interior de la casa, lo que le indicó a su alterado razonamiento el desvelo. Y la segunda lo trasladó por un momento a los días silenciosos en los que don Cosme lo arrastraba de las narices a la mesa, seducido por el sabor del guiso calentándose sobre el brasero. Por un instante se apartó del mareo y se le dibujó una sonrisa melancólica, como extrañando los buenos tiempos. Pero las brumas volvieron acompañadas de caricias insistentes para el amor, y en medio de risas y groserías se acercaron a la casa.

El primer disparo no les permitió ni siquiera pasar el vano de la puerta. Luego vino un segundo eterno de confusión de los sentidos y la visión del viejo sentado en la penumbra, aún rodeado por el humo del cañón. Los vahos del alcohol se fueron de la mano del terror y una confusión que ni siquiera le dio tiempo a darse cuenta de que su amante había caído fulminada por el disparo. Al joven le bastó ver la sangre que se abría camino por el pido de tierra para darse cuenta de la precisión del tiro.

La voz de Cosme se desdibujó entre el aturdimiento del alcohol y la explosión.

-La bala era para vos, esa puta tendría que estar corriendo del susto. Ahora me queda una sola, la que era para mí-

Un odio irracional se apoderaba de cada músculo de quien a esas horas ya debía estar visitando otras tierras, mientras la sombra, ya reina del lugar, restregaba sus manos en espera del festín que había organizado con la paciencia que dan los  años. El odio acumulado en cada golpe de su infancia, un rencor  escondido durante años no había estallado sólo por la poca gratitud que aún conservaba hacía el viejo. Pero aquel ser senil ya no era el hombre brutalmente vital y trabajador que no sabía sonreír, sino un ser despreciable que había intentado acabar con él.

Lo miró como buscando en los ojos del viejo una salida, una solución a tan terrible dilema, pero solo  reconoció parado junto al anciano a la misma sombra que derramaba muerte en sus oídos, la misma que lo había acompañado en sus momentos aciagos y  que alimentaba su odio desde niño. Y en aquella sombra solo relumbró  por un instante la hoja del machete de Cosme. Los ojos del viejo solo le devolvieron desprecio y un profundo arrepentimiento por aquella noche de la estación, en la que su alma dura y solitaria había visto en el desamparo a alguien con quien compartir un pedazo de su vida, alguien que se quedara con su pobre y digno hogar, para no irse del mundo tan sólo como lo había caminado.

Pedro giró su cabeza y miró el cadáver de su compañera una vez más. Luego se dirigió hacia la mesa y olió profundamente el guiso tibio. Como en los viejos y buenos tiempos todo estaba dispuesto de la misma forma, como cada noche de aquellos años. Se sentó y comió. Disfrutó cada bocado bajo la mirada filosa del viejo que deslizaba su dedo cada vez más cerca del gatillo. Cuando la luz se apagó  la última bala silbó en la oscuridad. Fue el último sonido que atravesó aquella noche aciaga de verano mientras la sombra festejaba en el silencio su triunfo.

Las ausencias son notorias en los pueblos chicos, donde las noticias corren montadas al viento. Muchas fueron las teorías teñidas de alboroto y consternación. Sólo un rumor a medias voces contó que cuando la ley se acercó al viejo rancho, ya la naturaleza le daba de comer a sus hijos con la carne de tres cuerpos casi irreconocibles. Dos víctimas de fríos y certeros disparos de escopeta y un tercero, con el camino de un filoso machete abierto en el pecho, evidenciaban que los monstruos ocultos en las sombras de la soledad y el silencio habían terminado con éxito su paciente trabajo.

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