El alimento de los sueños

La hilera se perdía entre el cielo de plomo y las ruinas. Las piernas atrapadas por el  invierno se movían lentas, bajo el vapor de las débiles respiraciones que formaban un techo endeble que se esfumaba en el aire helado del amanecer. La infinita serpiente hecha de humanos seguía su camino lento y nervioso. Allá en la cabeza del monstruo, incesantes, llegaban camiones que vomitaban su carga de alimentos, lo único que quedaba en una ciudad desbordada por el hambre, las pestes y la miseria. Con cada ración, al menos cuatro seres extendían su agonía unos pocos días, si la muerte no los alcanzaba antes en una de las innumerables revueltas callejeras, o alguna de las tantas enfermedades que flotaban en el aire se les filtraba en sus  cuerpos, silenciosa y mortal.

Mientras tanto ella, pequeña, insignificante, una parte más de la serpiente, pensaba que ya había pasado demasiadas horas fuera de su nido, y que sus tres hijos corrían riesgo estando tanto tiempo solos. La búsqueda de alimentos se hacía cada vez más larga y peligrosa. El barrio donde sobrevivían no era seguro, en realidad ya ningún sitio lo era en aquel infinito enjambre de muerte. Salía de su refugio bien entrada la noche para que nadie notara su partida, siempre en horas distintas. Sus niños sabían mantener en secreto su ausencia para no despertar la maliciosa curiosidad de ningún vecino. Ya habían perdido mucho, no podían permitirse descuidar lo poco que les quedaba.

Mientras pensaba en ellos, los empujones y los insultos se multiplicaban a su alrededor. La proximidad del botín aumentaba la ansiedad y la desconfianza hacia todo potencial enemigo. Ella era una mujer diminuta, pero era una madre que sabía qué tenía que hacer para no dejar a sus cachorros morir de hambre. Nadie pudo desplazarla de su lugar. No necesitaba una fuerza con la que no contaba, la suplía con una notable habilidad para escabullirse por los sitios menos pensados, como un verdadero fantasma de piel y hueso.

En el último tramo se sumaron los golpes y las descargas de los bastones oficiales que se empeñaban por estrechar la hilera a no más de dos personas, hasta que sólo uno de los miles de mendicantes llegara a su destino. Y al fin llegó su turno.

-Identificación- gritó el oficial a cargo sin mirarla. Entre sus infinitas capas de tela raída que la abrigaban su mano encontró la tarjeta con todos sus datos y de quienes tenía bajo su cuidado. La pantalla confirmó la información al operador, quien con una señal habilitó la entrega de la ración. La caja fue arrojada desde el camión sin reparo. Ella apenas pudo retenerla. Trastabilló, pero el premio era demasiado valioso como para dejarlo caer y que los acechadores se apropiaran del botín. Se repuso rápidamente y, aferrada con fiereza a la caja, y con una mano cerca de su pecho, en el que ocultaba como último recurso una filosa salvación. Pero no fue necesario, el caos la ayudo a alejarse sin pausa hacia el suburbio donde vivía.

A los pocos pasos una voz acompañada de una música estridente la detuvo. La abigarrada multitud frenó también su lucha. Todos se vieron obligados a prestar oídos, temerosos de esa voz que les pedía atención.

-¡Ciudadanos! El gobierno central tiene importantes novedades para ustedes-.

Estas primeras palabras alejaron por un rato a los hambrientos de su objetivo. Todos apuntaron sus ojos hacia las bocinas ubicadas en las maltrechas columnas que mal iluminaban las calles de aquel infierno. Miles de pies se arrastraron sin resistencia hacia el sonido. La voz volvió a llamar:

-Su gobierno, padre protector de la comunidad, ve con preocupación el aumento de la población de los centros urbanos, causado por las migraciones forzosas de los conflictos armados y la destrucción de las fuentes productoras de alimentos. Nuestras reservas han disminuido considerablemente y las condiciones sanitarias de los ciudadanos elevan los riesgos de serias enfermedades. Son necesarias medidas extremas para salvaguardar sus vidas-.

El entendimiento nublado por el hambre no impidió el murmullo nervioso. Pero pronto la tensión cedió ante una música festiva que hervía en cada altavoz. El anuncio dio un giro inesperado en tono y contenido.

-¡Ciudadanos, un nuevo horizonte nos espera! Reconstruiremos nuestras vidas no muy lejos de aquí, en una ciudad nueva, limpia y segura para todos. La nueva metrópolis está en marcha. Muy pronto todos podremos vivir allí dignamente.

Los rostros cambiaban de a poco. El entusiasmo y la esperanza movían sus hilos y generaba algunas sonrisas en rostros que se iluminaban aún desconfiados, endurecidos por la barbarie. Querían más, pedían más. Pero pronto las esperanzas se opacaron.

-Lamentablemente no todos podremos acceder a la nueva ciudad en una primera etapa. Todavía hay mucho por construir. Por eso los gobernantes que velan por todos ustedes han ideado un método sencillo para seleccionar a los primeros afortunados en habitar nuestro nuevo hogar, a nuestros primeros héroes. En las cajas que reciben semanalmente con los víveres para sus familias, en alguno de los alimentos envasados encontrarán una clave reservada a los primeros elegidos. Los que la obtengan pronto serán visitados por nuestros funcionarios para organizar su pronta partida hacia el futuro. Repito, al principio serán pocos, pero pronto cada familia tendrá el lugar donde merece vivir-.

Las voces de euforia se multiplicaron en miles de preguntas que nadie respondería. ¿Quiénes serían los afortunados? ¿Qué sucedería con el resto? ¿Qué pasaría con las familias? Pero la voz acalló el murmullo por última vez, contestando algo que daba vueltas en la cabeza de la pequeña mujer:

-Sólo el afortunado que abra el envase y estampe su huella en el lugar indicado tendrá derecho al viaje. En una segunda etapa se priorizará la reunión de los grupos familiares. Todos estarán acompañados por expertos que cubrirán todas las necesidades de los que se van y los que se queden sólo por un breve tiempo en la vieja ciudad ¡Corran en busca de una nueva vida!-.

Todo terminó con una violenta desconcentración de la multitud que ya había recibido su ración semanal, ansiosos todos por llegar a sus hogares y revisar el contenido de las cajas en busca del  premio. Nadie notó que el grupo que aún esperaba su ración fue abandonado por los encargados del reparto que ni bien terminado el anuncio, quienes dejaron de distribuir provisiones y se retiraron escudados por una lluvia impiadosa de golpes sobre los mendicantes.

La pequeña madre volvía llena de dudas, casi sin rumbo, arrastrada al principio por la marejada humana que buscaba con desesperación regresar a sus casas. De a poco las calles  recobraron algo de lo que era normal por aquellos tiempos. Atravesó con indiferencia las consecuencias de la locura: cuerpos pisoteados, grupos que luchaban por las cajas arrebatadas, gritos y golpes llenaban el horroroso paisaje. Ella siguió su camino deseando ser invisible a los diabólicos ojos de la locura. Una hora de larga y penosa marcha llegó a su fin. Sus brazos ya no resistían el peso y sus piernas sólo se movían por la inercia de la obstinación. Los últimos escalones que la llevaban a su vivienda fueron eternos. Su hijo mayor anticipó su llamado y salió a socorrerla. Con dolor rescató a su madre al borde del desmayo.

Ya en la cocina, la mujer recuperaba su aliento, mientras su hijo adolescente dirigía a los más pequeños en la tarea de ordenar lo víveres y asistir a la madre en todo lo posible. A pesar del agotamiento sus ojos siguieron cada elemento que salía de aquella caja. ¿Dónde estaría el premio, si en realidad existía? ¿Cómo sería la nueva vida en la futura ciudad? “Sólo el afortunado que abra el envase y estampe su huella en el lugar indicado tendrá derecho al viaje”. Esa frase resonaba una y otra vez en su cabeza. Ya recuperada, relevó a sus hijos y se dispuso a prepararles la cena. Se dirigió a la pila de víveres ya ordenados y sus dedos recorrieron las provisiones. Saber que entre ellos podía encontrarse la puerta de salida del infierno alejaba al menos las preocupaciones inmediatas.

Voces llegadas desde el exterior la regresaron de los sueños. Alguien salía a la calle gritando,  mientras agitaba algo en su mano derecha. Pronto algunos curiosos emergieron de sus refugios y rodearon al hombre que no paraba de gritar y saltar, mientras mostraba algo que en la lejanía le resultaba familiar. También notó que los seres a su alrededor no compartían su alegría y estrechaban un círculo amenazante a su alrededor. Pronto se abalanzaron sobre él y lo golpearon con la intención de apoderarse del motivo de tanto alboroto. La lucha prosiguió entre los usurpadores mientras el tesoro, que ya a estas alturas la pequeña mujer adivinaba, pasaba de mano en mano. Todo finalizó abruptamente. Dos vehículos de seguridad cerraron el paso de los asaltantes. Todos quedaron atrapados bajo la amenaza de las armas oficiales, obligados a cerrar filas en un pequeño espacio.

Cuando estuvieron bajo completo control, otro vehículo apareció en la escena. De él descendieron dos individuos vestidos de negro que con prontitud recuperaron el tesoro origen de tanta violencia. Luego de una breve deliberación se dirigieron a la víctima del robo y lo ayudaron a ponerse de pie. Se lo notaba bastante aturdido,  intentando frenar la sangre que brotaba de sus heridas.

Cuando lo confirmaron como dueño del premio, fue llevado amablemente hasta un tercer hombre que lo felicitaba calurosamente. En la muda y lejana conversación la pequeña mujer intuyó la confirmación de su identidad. No había duda que estaba ante uno de los primeros afortunados en renacer en un nuevo mundo.

Mientras los usurpadores eran alejados de la zona bajo amenaza de más golpes, el afortunado corría con dificultad hacia su hogar. Los hombres armados montaron guardia en la misma entrada. Minutos después el hombre salía de su casa con un pequeño bolso y era escoltado hasta uno de los vehículos. Antes de desaparecer en su interior, ensayó un último saludo de despedida a los suyos. Una mujer y dos pequeños quedaban solos, desamparados, sólo unidos al delgado hilo de una promesa descabellada de un futuro encuentro en la tierra prometida.

Las manos de la pequeña madre sostuvieron durante la escena una lata de alimento deshidratado, mientras su cabeza no paraba de construir miles de mundos posibles, todos ellos infinitamente mejores que la realidad. A punto de activar la apertura automática del recipiente, la voz de su hijo mayor deshizo el embrujo:

-Mamá, tenemos hambre-.

Un odio hacia sí misma la inundó con la forma terrible de la vergüenza. ¿Cómo se había permitido soñar con una vida mejor? Su mano raída por el frío y la miseria se estiró y sin mirarlo y le pidió que abriera la lata. En ese gesto resignó en su hijo la única oportunidad que tendría de escapar del infierno.

Los ojos tristes del muchacho se iluminaron por un instante. Era bueno serle útil a su madre, aunque fuese abriendo una insignificante lata de alimento. Entusiasmado colocó el recipiente en el abridor mecánico, activó la apertura automática y se quedó observando con la inocencia del juego infantil cómo la pequeña rueda dentada se abría camino en la tapa de metal. Se mantuvo atento a que el mecanismo no fallara. Cuando el trabajo terminó, volcó el magro contenido de color grisáceo sobre un plato, asegurándose que nada se desperdiciara. La mujer esperaba en aquella operación una señal que nunca llegó.

Con la callada rutina de todos los días la comida llegó a la mesa. Los pequeños recibieron la mejor ración para que la próxima espera no se les hiciese tan larga, el joven una algo menor, mientras que ella armó sobre su plato algo bastante alejado de la dignidad, con las sobras recogidas, sin dejar ni una migaja.

Todo terminó rápidamente. Ante un gesto de la madre, el joven se encargó de llevar a los niños a la habitación, mientras ella ordenaba la cocina. Contabilizó nuevamente las provisiones y comprobó que en no más de dos días debería realizar otra incursión en busca de víveres. Las raciones eran cada vez más escasas y sus hijos necesitaban más de lo que el gobierno proveía. Todo aquello caía sobre su diminuta espalda. “Un viaje”, pensó. “Una boca menos que alimentar”. Pero ni siquiera tenía esa suerte. Demasiados seres hambrientos en la ciudad y muy pocos afortunados que podrían empezar de nuevo, y ella no sería uno de ellos. Un grano de arena en medio del desierto de la miseria.

Sus tres hijos dormían. Ella, sola, se sentó en la cocina mirando a ninguna parte. Su cabeza buscaba soluciones que la ayudaran a sortear tanta tristeza, tanto ahogo. Pero el horizonte no se dejaba ver, oculto detrás de la barbarie. Era horadar en un mar de telarañas interminables en busca de una luz que ya ni siquiera se insinuaba.

En medio de su búsqueda sus ojos llegaron a la lata de alimentos vacía que por un momento se había convertido en una estúpida esperanza, en algo vacío como su interior. Se levantó lentamente, sintiendo un cansancio de siglos en sus pequeños huesos. Estiró su brazo y la tomó. Observó su forma contra la tenue luz de la habitación y no pudo más que sonreír. “La salvación en una lata de alimento deshidratado”, se dijo con amarga ironía. Volcó por último la boca abierta del envase hacia su rostro y su amargura demudó en incredulidad. Volvió hacia la mesa en busca de una luz que desnudara el esquivo fondo del envase que se empecinaba por ocultar algo en la penumbra. Sus dedos exploraron hasta dar al fin con aquello que había captado su atención. Tiró de él cuando logró atraparlo en el índice y el pulgar… y todo se precipitó.

El pequeño trozo de papel adhesivo pegado sobre una fina placa de metal temblaba al ritmo de la mano que lo sostenía y de su corazón desbordado. Mientras la lata rodaba por el piso de la cocina la mujer regresó a su asiento. Sus piernas no podían sostenerla. Ahora el objeto era presa de ambas manos, mientras sus ojos leían incrédulos el pequeño mensaje impreso en el adhesivo amarillo. “Deposite su huella dactilar en la marca. Pronto recibirá nuestra visita”.

Era la oportunidad soñada para salvar a uno de sus hijos y abrir una esperanza para los demás, y para ella misma. Corrió a la habitación contigua y lo despertó. Su alma sintió empequeñecer cuando descubrió algo que las urgencias cotidianas habían anegado: su hijo mayor, ya adolescente, había resignado en aquel mundo salvaje la expresión fresca e inocente de la juventud. Dormía dominado por un gesto duro y cansado en cada músculo del rostro. Ese hecho casi imperceptible para cualquier mortal dictaminó una sentencia en los ojos de la madre.

Lo arrastró fuera de la habitación y sin que el sueño lo soltara lo obligó a colocar su huella sobre el papel adhesivo. Inmediatamente, el pequeño trozo de papel cambió de color y una pequeña luz roja cobró vida debajo de la huella, como un pequeño corazón de una nueva vida.

-¿Qué es esto?- preguntó aún aturdido.

-Nuestra suerte cambia, iré a preparar tus cosas-.

El muchacho seguía entre las penumbras del sueño y el desenfreno inentendible de su madre, quien pronto estuvo de regreso con un pequeño bolso en sus manos. Mientras organizaba todo lo necesario para la partida de su hijo, en medio de un frenesí incontrolable, sus palabras tropezaban unas con otras intentando una explicación sobre lo sucedido y lo que se avecinaba. En busca de claridad el muchacho la detuvo con un sacudón que la regresó al menos por un momento a la cordura.

Cuando al fin comprendió a medias de qué se trataba toda esa locura, sintió miedo. Su madre percibió la presencia del terror en los ojos de su hijo y lo alejó  con besos y caricias interminables, algo que el muchacho creía haber vivido alguna vez como en un sueño muy borroso, en algún rincón de la lejana niñez.

-Pronto estaremos otra vez todos juntos- dijo su madre -eso prometieron-.

Ya no hubo tiempo para la tibieza. Alguien llamó a la puerta. Ella, con los ojos iluminados, recompuso su postura para recibir a los visitantes. Arregló con dignidad su maltrecho atuendo, al mismo tiempo que secaba esas lágrimas inoportunas.

Abrió y se encontró con los mismos hombres que había visto por la ventana. El más alto, vestido en un elegante traje negro pidió con mucha amabilidad permiso para ingresar a la vivienda, mientras preguntaba con una gran sonrisa quién era el afortunado que había activado el dispositivo. La pequeña mujer señaló con orgullo a su hijo que observaba con temor y desconfianza a esos extraños que invadían su hogar. Ante una señal del hombre elegante, los otros dos se acercaron al joven y tomaron su mano para autenticar la huella dactilar. Una breve afirmación desató una lluvia de felicitaciones sobre sus espaldas. La pequeña mujer restregaba sus manos ansiosas.

-Prepara tus elementos personales- sentenció el hombre, sin soltar el hombro del muchacho -sólo lo indispensable. No necesitarás más-.

Un pequeño bolso fue más que suficiente para albergar sus pertenencias. En pocos minutos, sólo con el tiempo justo como para acariciar los rostros de sus dos hermanos pequeños que aún dormían y abrazar a su madre, los hombres apuraron la partida. En ese último abrazo intentó que el olor de la mujer se quedara profundo en su recuerdo, como una forma de llevarla con él. Pero ella no permitió extender aquella agonía, su alma no lo resistiría. Lo separó con fuerza su cuerpo y le ordenó que obedeciera a los hombres en todo. Ya no quiso ni siquiera mirarlo.

Los hombres y el joven caminaron juntos hasta el vehículo, ante la mirada curiosa de algunos y los gritos amenazantes de otros que eran mantenidos a raya por las fuerzas de seguridad. Antes de entrar al vehículo, el joven encaró con firmeza al hombre sonriente y le dijo:

-Tengo que volver por ellos pronto, este lugar no es bueno para ellos-.

Con la imborrable sonrisa a cuestas, el hombre de negro le respondió:

-Muy pronto. Eres el afortunado que alimentará los sueños de tu familia. Antes de lo que te imaginas estarás con ellos-.

Miró por última vez la ventana vacía de su viejo hogar y entró en el transporte. Allí se encontró con otros cinco afortunados esperaban por su nueva vida. En el camino se repitió la ceremonia y dos personas más se sumaron al grupo. Todos, sin importar edad o condición, intercambiaban miradas alegres y cómplices, pero nadie se atrevía a aventurar palabra sobre lo que encontrarían en su nuevo hogar. Y todos compartían dos cosas: las marcas de una pobreza ilimitada que ninguno pretendía ni podía disimular y la ilusión de borrar todo aquel infierno de sus vidas.

El vehículo blindado atravesó la ciudad en ruinas. Todos sus ocupantes descubrían con horror la inmensidad era el infierno en donde habían vivido todos esos años. La gran urbe que alguna vez había sido cuna del progreso y de la prosperidad sin límites, construida toda ella con desmesura y lujos inútiles se había convertido en una madriguera donde cada centímetro debía defenderse con la vida. Aquel inmenso rompecabezas derrumbado sobre sí mismo parecía no tener fin. Varias horas recorrieron un paisaje que terminó en la monotonía y el acostumbramiento al horror, a marchas y contramarchas ante la aparición de escenas de violencia y de intentos de asaltos constantes.

Todos vieron con alivio y cierto entusiasmo que al fin se alejaban del laberinto. Las construcciones se hacían cada vez menos frecuentes y de a poco el paisaje se convirtió en un llano monótono y seco, quebrado sólo por una cinta gris que los conducía en medio de la nada. Todos ellos estaban exhaustos por las emociones del día y por la demora para llegar al fin al destino soñado. En cada cabeza el futuro tenía formas diferentes, algunas inverosímiles, pero todas ellas coincidían en la idea de una vida nueva.

Al fin, una mirada perdida entre los sueños y el agotamiento descubrió una columna de humo a lo lejos. Su voz entusiasmada alertó a algunos y despertó a los otros. Un murmullo y el entusiasmo renovaron el ambiente y las miradas curiosas. Por fin, la voz del hombre sonriente se hizo presente por un parlante anunciando el arribo.

-En pocos minutos llegaremos, sólo permanezcan en sus asientos hasta que se les indique descender del vehículo-.

Poco después la insignificante columna de humo descubierta en el horizonte se había transformado en una chimenea monumental que sobresalía de unas no menos monumentales instalaciones. En nada se parecía aquello a una nueva ciudad. El joven se tranquilizó pensando que todo aquello tendría una explicación lógica. La ilusión era demasiado grande para ceder ante el temor.

El vehículo traspuso el acceso al predio y atravesó una enorme puerta que se cerró inmediatamente luego de su paso. Allí se detuvo. Lo único que percibieron los ocupantes fue el sonido de las puertas del conductor y su acompañante. La oscuridad era casi total. Luego, el sonido de otro vehículo que parecía detenerse junto a ellos y de nuevo la voz del hombre, esta vez no tan amable, invitándolos a bajar.

No hubo tiempo de buscar explicaciones o exigirlas. Algo invisible y nauseabundo penetró en sus sentidos, mientras todos los afortunados ganadores eran aferrados con violencia por individuos enmascarados. Apenas tuvo tiempo de recordar el último abrazo y el olor de su pequeña madre antes de caer en un profundo sueño.

Mientras tanto, en el gran infierno, los días se acumulaban en una cansada espera. Muchos eran los afortunados que partían y otros tantos que esperaban ilusionados la soñada reunión con los suyos. Lentamente las familias se desmembraban, pero a su vez los que quedaban podían subsistir de mejor forma, ya que eran muchas menos bocas que alimentar y el gobierno había puesto en marcha nuevas procesadoras de alimentos que, a partir de flamantes adelantos de la tecnología, habían logrado sintetizar todo tipo de sabores. Por ejemplo, un sabrosísimo y novedoso alimento hiperdeshidratado, con todos los elementos nutricionales necesarios para una dieta balanceada hacía furor en la diezmada población; un sabor desconocido para las nuevas generaciones, y la base de ese alimento, según de rezaba en el envase era, nada más y nada menos que deliciosa, auténtica y jugosa carne.

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