Redención

La humanidad no muere, pese a todo no muere,

porque el hombre lleva adentro

un maldito demonio: el diablo de la creación.

La casa de ceniza—Abelardo Castillo

Alguien, como al pasar, prendido de alguna anécdota familiar que se moría en el tedio de un domingo, mencionó su nombre. Quizá por impresión o por simple empatía, la triste vida de Juan quedó prendida en algún rincón de mi memoria. Sepa disculpar el lector alguna que otra incomprobable disgresión; no son más que una de las tantas formas con que la verdad busca la luz en la palabra.

Nada en la vida de Juan Iribarne le pertenecía por completo. Desde su agenda, a la que se sometía con resignación, hasta su forma de vestir, estaban regidas por una fuerza superior que no admitía resistencia. Los horarios marcaban el ritmo constante de sus días; cada minuto estaba asignado a una tarea. Una aceitada maquinaria marcaba el ritmo de todas sus acciones y le servía para sostener una postura obsecuente que le permitía vivir sintiéndose aceptado como una pieza más de un mundo que lo ignoraba.

Todos con los que compartía alguna actividad, tarde o temprano lo sometían al doloroso exilio del olvido. Pero Juan parecía no sufrir esa soledad… o quizás, simplemente prefería no ver. Para él era más sencillo asignarle a la envidia aquel profundo silencio que lo rodeaba.

Pero una vez afuera de su rutinaria realidad, ya cumplidas sus obligaciones, caía en un vacío que le causaba espanto; un punto ciego en el que no había límites impuestos y que lo dejaba a la deriva. Allí se convertía en víctima de su peor enemigo: el tiempo libre.

En uno de esos tantos momentos aciagos, el destino quiso que encontrase una tarea que iba a cambiar su vida. Un mañana de otoño, mientras caminaba sin rumbo, buscando el amparo del sol otoñal, una pequeña figura de madera tallada lo llamó su atención. Estaba ubicada en un rincón casi secreto a la vista de los caminantes, en la vidriera de una tienda de antigüedades. Estaba rodeada de elementos castigados por el tiempo y el olvido.

No era frecuente que algo lo apartara de su marcha a ningún lugar. Esa esbelta figura lo atrajo con un poder tan enigmático que, por un instante, toda su maquinaria mental dejó de funcionar.

No hubo lugar para la culpa. Antes de tomar conciencia de lo que estaba sucediendo, se encontraba dentro de la tienda, contemplando con fascinación la delicada pieza. Se trataba de un gaucho tallado en madera, en una actitud contemplativa, como si ante sus ojos se hubiese manifestado el universo entero en su máximo esplendor. No era mucho más grande que la palma de su mano extendida, lo que no impedía que cada pliegue reviviera la pasión que el autor había puesto en ella. La examinó con detenimiento. Sus dedos recorrieron cada golpe de gubia. Podía sentir la vida en cada surco, y esto lo arrancó salvajemente de su mundo gris para siempre.

Dos horas más tarde, Juan descendía resuelto del tren que lo sumergía en su refugio suburbano. Hizo todo el viaje con su preciado tesoro apretado contra su pecho… mejor dicho, contra su corazón: la figura que lo había cautivado ahora lo acompañaba, junto con dos piezas de madera virgen listas para ser trabajadas. Dentro suyo empujaba por salir una incontrolable ansiedad por crear algo con esos elementos.

Los días siguientes se le diluyeron en un continuo que lo encontró sumergido en la búsqueda y el estudio de todo lo que necesitaba para llevar a cabo su proyecto. Reordenó el pequeño galpón que dormía en los fondos de su casa. Buscó entre los viejos objetos acumulados durante años algo que recordaba haber comprado un tiempo atrás. Entre tanto recuerdo heredado por fin lo halló: envuelto prolijamente, por fin tuvo frente a sí un juego de herramientas para tallar madera. Ahora, aquel gasto que había hecho preso de un impulso irracional y que le había causado tanta culpa, cobraba sentido.

Sus obligaciones poco le importaron. Adujo la enfermedad de un pariente radicado en la provincia de Córdoba, y con ello logró una licencia de un par de semanas. Se olvidó de sí mismo y cualquiera se hubiese llevado la impresión de encontrarse ante el más desdichado y abandonado de los seres del mundo. El alimento importaba sólo lo necesario como para mantenerlo concentrado en su labor. Casi al borde de la licencia, luego de hacer algunas pruebas menores, se sintió seguro como para dar comienzo a su gran obra.

A esta altura creo indispensable advertir al lector sobre la actitud con la que encaró el proyecto: en ningún momento atravesó su mente ningún tipo de duda sobre su aún no probada aptitud para aquella tarea. Algo en él no le permitía dudar sobre el éxito que alcanzaría. Simplemente otro Juan había nacido en el señor Iribarren, justo en el momento en el que posó por primera vez sus ojos sobre aquella estatuilla, en aquel guardián que poseía la llave de su negado destino. Si su abandono causaba una profunda tristeza, el estado en el que cayó al empezar su obra era tal, que nadie hubiese dudado que Juan estaba sometido por el demonio de la locura. Pero ya nadie lo recordaba.

Su licencia expiró. El teléfono sonó insidioso durante las primeras jornadas. En las siguientes el buzón no pudo contener la cantidad de cuentas y notificaciones recibidas (entre ellas una que anunciaba su despido). Noches y días fundieron sus límites naturales para pasar a ser un tiempo sin tiempo. El agotamiento físico y las heridas en las manos no lograron disminuir el ritmo de su labor. El momento de finalizar su obra se aproximaba. Un empecinado estado febril taladraba sus pocas fuerzas. De sus castigadas manos brotaban dolores indescriptibles.

En una fría y silenciosa madrugada de agosto, casi sin notarlo, Juan se encontró frente a su obra terminada. Dominado por dolores inimaginables, tomó entre sus manos el Cristo tallado, y con una felicidad sin límites, inundó a su espíritu el mismo estremecimiento que le había producido aquel gaucho mirando al infinito. Sólo atinó a recostarse con esfuerzo en un sillón de mimbre para apretar receloso entre sus manos el único objeto que le había dado sentido a su mísera existencia.

Los primeros reflejos de la helada mañana comenzaban a filtrarse en el improvisado taller, cuando el timbre interrumpió inoportuno su merecido descanso. Transitó un tiempo entre las tinieblas del sueño y la vigilia, se incorporó como pudo y, sin soltar su tesoro se dirigió a la puerta. Con inmenso dolor logró abrirla para encontrarse frente a frente con la inesperada visita de la muerte.

Con una sonrisa cómplice y casi paternal, el oscuro visitante le preguntó:

-¿Terminaste?-

Juan asintió. El temor ya no tenía lugar en su alma. Dejó ver el fabuloso Cristo entre sus dedos desgarrados, con el alivio de quien salda una deuda.

La muerte, que de arte conocía bastante, expresó con aire de suficiencia:

-Conocí muchos artistas que hubiesen vendido su alma por lograr algo así, y de hecho lo hicieron por mucho menos-.

La muerte lo había nombrado. Sintió por primera y última vez en su pobre vida que era alguien. Y no precisamente Juan, el encargado de los trámites, sino Juan, el artista.

Días más tarde, su castigado cuerpo era llevado por manos ajenas a un cementerio de las afueras de la ciudad. Fue sepultado en una tumba sin nombre, en medio de otros tantos que han pasado por este mundo sin la efímera gloria con la que nuestro héroe logró cerrar su camino. Su Cristo ahora se encuentra en la vidriera de alguna tienda de la ciudad, a la espera de algún espíritu atrapado que busque, sin saberlo, la redención.

La historia de Juan llega a su fin, y humildemente este relator compartió con ustedes su primera creación, lograda no sin esfuerzo, habiendo perdido en algún momento los límites naturales entre las sombras y la luz. Quisiera contar con más tiempo para poder transmitirles la fabulosa sensación ante la obra terminada… pero sabrán disculparme, alguien llama a mi puerta.

3 comentarios sobre “Redención

Agrega el tuyo

  1. Te leí con las ganas de ir descubriendo ese final… gracias por compartir… y también admiro la valentía de poner letras en el papel (blog)… es parte de la gran labor de un escritor… iniciar y decir, obra terminada… ojalá no demores mucho.. para contarnos que tocan tu puerta y con él entregas el segundo relato.. me gustó mucho…

    Le gusta a 1 persona

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Blog de WordPress.com.

Subir ↑

A <span>%d</span> blogueros les gusta esto: