Una mañana cualquiera

Dedos fríos en el cuello. Me sobresalto. La sensación de un cuchillo de plano en la piel que rompe la tibieza del lecho. Quiero dormir., pero no me dejan volver al sopor. Quiero entrar, pero ya no es posible. Ahora los dedos suben hasta la mejilla y anuncian las palabras:
-¿Te gustaría hacer un viaje?-.
Me descoloca la pregunta. Sólo esperaba un “hola mi amor, es hora de levantarse”. No puedo contestar. Las palabras tropiezan en una garganta polvorienta. No quiero responder.
-Contestame. Un viaje los dos, lejos-.
El tono suave invita y arrulla. El malhumor que abre cada amanecer de mi vida se disuelve en la luz tenue de la mañana.
-Podríamos conocer lugares lindos- propone entusiasmada.
Mi conciencia numérica ya calcula con pereza los gastos de la utópica aventura en pareja. Tentadora oferta, pero lejos de nuestra economía. Al fin contesto con una especie de gruñido que pretende parecerse a un desencanto sutil. Insiste.
-Ya es hora de pensar en nosotros, en vos. Los chicos están grandes. Necesitamos un tiempo para nosotros. Te prometo un lugar soñado, lejos de todo y de todos. Y sin gastar casi nada-.
Me deleitaron aquellas extrañas palabras, inconcebibles en nuestra rutina diaria. Quizás por eso quería que no se apagaran. La estrategia estaba bien pensada. Decidí jugar. Una mano se escurre entre el brazo izquierdo y las costillas hasta encontrar mi pecho. Me envuelve un susurro cerca del oído.
-Es hora de tomar una decisión-.
Yo no quiero responder aún. Disfruto del juego mientras mi cabeza planea un viaje al paraíso. Debo pensar en todo como es costumbre: fechas, lugares horarios, costos. Todo debe salir perfecto. La mano impaciente sobre mi pecho me atrae hacia un cuerpo extrañamente helado que exige una respuesta.
-¿Sí o no?- suena en un tono impaciente, demasiado seco y alarmante -¿no querés probar algo distinto? Te juro que esto nos va a cambiar la vida a todos-.
Dispuesto a plantear los pro y los contra de aquella propuesta, acomodo mi cuerpo para enfrentar unos ojos a los que hace casi veinte años me rindo sin condiciones. Pero la mano detiene mi intento. Se clava en mi pecho y me produce un dolor punzante que me atraviesa y me paraliza.
El dolor se mezcla con el habitual llamado de los sábados por la mañana desde la cocina:
-Mi amor, ya está el agua para el mate-.
Aterrorizado, mis ojos descubren una horrible figura que se desvanece entre las sábanas. Una sonrisa cadavérica me ordena silencio con el dedo índice descarnado sobre unos labios pálidos, casi transparentes.
-Sólo tenías que decir que sí- susurra decepcionada. -Hay tiempo, pensalo-. Desparece.
El horror hunde mis labios en un silencio de otro mundo, mientras el profundo dolor en el pecho da paso a los latidos desenfrenados de un corazón al borde del abismo. El silencio se rompe con la voz de mi mujer:
-¡Cielo, se enfría el mate! ¿Se puede saber con quién hablabas?.

Marcelo Collazo – Desde la sombra

 

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